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El relator

Llamaba la atención el nombre, porque relator, en lenguaje cotidiano, es el hombre que relata, el hombre que narra, el hombre que cuenta. Tampoco hubo aplicación de las reglas de género: no era la relatora, era el relator y por tanto se suponía que desde el principio había un acuerdo: el sexo de quien tenía que relatar. En este caso, masculino: el relator. Si nos quedábamos con eso saltaba un nombre: Gabriel García Márquez. Que de no estar muerto sería el relator por excelencia. Porque si lo meditan, el gitano Melquíades que abre Cien años de soledad es una bella metáfora del destino. El Procés como imán inventado por los sabios de Macedonia. El Procés como el catalejo y la lupa que incendia al que se pone debajo. El Procés como el hielo que todos quieren pero que se funde entre las manos. No tengo dudas: García Márquez sería un buen relator y además vivió en la Barcelona de los 60/70 cuando el Procés era menos que un microbio y la metamorfosis no había tenido lugar aún.

El relator, sí. Pero bajo este nombre se había sometido al ciudadano a una compleja confusión. La vicepresidenta del Gobierno, en una rueda de prensa equivalente a un galimatías de feria, fue desmenuzando el significado y el significante de la palabra relator y nos dejó turulatos. Relator, según ella -que desde que manda menta a la RAE para solventar asuntos que de la RAE nada- es el que apunta, certifica, conduce, da ideas (sic), para, introduce temas, modera, atempera y así hasta ampliar el campo semántico de la palabra al tamaño de la Vía Láctea, que ahora resulta que está abollada por sus extremos. Como el relator, sospecho, antes de empezar. Para acabar diciendo -la vicepresidenta- que el relator "no cobrará nada, lo hará por amor al arte". Y ahí estamos de acuerdo. El relator relata por amor al arte, pero cuando el relato está acabado, quiere que lo lean en una revista, o en un libro y cobrar por ello. Los relatores -y relatadores- no tienen remedio.

Pero si hacemos memoria veremos que existe una querencia socialista -no sé si inspirada por algún consejero áulico- por la palabra relato y sus derivadas. Empezó Zapatero con la necesidad de un relato, ¿recuerdan? Y en esa necesidad y en ese relato lo que había era cierta voluntad de narrar el pasado inmediato de forma diferente. Es decir, como no había sido ni existido nunca. Se empezó con el relato de la Transición -que estaba más que relatada- y ahora parece un edificio amenazado por la piqueta, con lo entero y bien que nos había salido. Con lo que uno llega a la conclusión que relato y relator encierran un peligro de aúpa. Y sobre todo, la sospecha de que ambos prescinden del principio de realidad, tan necesario en política. Al demandar un relator se desea hacer literatura, es decir, crear una realidad distinta a la realidad misma. Y en el caso del Procés, me pregunto si el gobierno central no estará siendo víctima del síndrome de Emporion. O dicho de otra manera: el síndrome d'Empúries. Es decir, de una nueva modalidad del síndrome de Estocolmo, provocado por los orígenes fenicios que nos salpican.

Si así fuera, lo que se necesitaba era un relator ibicenco ú otro gaditano. Para estar a la par, digo. Para que entre fenicios anduviera el juego, que parece que el factor Fenicia -en el caso catalán- se olvida con facilidad o se tiene ahora desdibujado y camuflado por los hechos. Pero Fenicia dando gato por liebre y el síndrome de Ampurias -sintiéndose acomplejaditos frente al malabarista- continúan ahí. Y sólo pueden desentrañarlo -como Alejandro el nudo gordiano- un natural de Eivissa ú otro de Gadir, perdón, Cádiz y Tartessos, lugares tan fenicios como la catalana Empúries. Como verán, ya estoy relatando.

Todo esto, sin embargo, se ha ido a freír espárragos mientras escribía este artículo. La solemne y estrambótica figura del relator ha sido descartada por el gobierno con la excusa real o pretexto verídico de que "los independentistas han rechazado la mesa de diálogo", con o sin relator posible. Con lo que García Márquez estará con una sonrisa en los labios: el imán que atrae, el catalejo con la lupa que quema y el hielo. El hielo de Melquíades, que acaba derritiéndose. Todo lo que los independentistas exigían al gobierno (no diálogo, como dicen, sino "su" monólogo y que lo acepten) y el gobierno no podía conceder, sólo se sustenta sobre un relato en ausencia de relator. Bien tejido, bien publicitado, bien estructurado, pero relato, es decir, invención y deseo, no realidad. Y gobernar se hace sobre la realidad. Fin del relato y ahora a ver qué pasa: siempre es la Historia lo que pasa, no deberíamos olvidarlo.

En las novelas y en la vida la Historia va por debajo, afectándolo todo. Incluso en los que la ignoran afecta de una manera ú otra. La Historia es la Gran Prostituta de Babilonia, vejada y adorada, que no perdona. Nunca perdona y siempre está ahí, aunque no lo parezca. No hablo del constructo de los hombres -la Historia escrita por ellos, según opinen, venzan y gobiernen-; hablo de la Historia, que siempre está al margen del poder, al margen de la gloria, al margen de los intereses creados. Ella, la que arrolla nuestras vidas cuando menos lo esperamos. La que pasó por encima de Luis XVI, que el 13 de julio de 1789 había escrito en su Diario: "Nada". Y el 14 se tomaba La Bastilla. El relato de Versalles, lejos de la realidad de Francia. Pues algo así.

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