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Marga Vives

Por cuenta propia

Marga Vives

Maestros

Si no se acuerda usted de ninguno de sus maestros probablemente significa que ha tenido muy poca suerte en la vida. Yo, por ejemplo, recuerdo a don Genaro, con aquella expresión severa con la que nos escrutaba cada vez que teníamos que salir a la pizarra a resolver una ecuación. A la que pronunciaba tu nombre, un sudor frío te alfileteaba la espina dorsal. Y sin embargo, y aunque en el examen su veredicto era implacable, aquél viejo profesor de matemáticas de la EGB se empeñaba en quitarle hierro al hecho de equivocarnos, porque de los errores, decía, se aprende. Puede que por cosas como esta me venga a la memoria de vez en cuando.

A Antoni Benaiges lo han rescatado del olvido un puñado de cuadernillos, una imprenta y el recuerdo de quienes conocieron a ese maestro de la República que un buen día llegó a un pequeño pueblo perdido del interior de España dispuesto a enseñar a los niños a aprender. Como opinaba, a la contra de una creencia de la época, que "la letra con sangre no entra", se las apañó para que sus alumnos, que no verían muchos libros por casa, se engancharan a las correrías del burrito Platero, aquél que según Juan Ramón Jiménez era "tan blando por fuera que se diría todo de algodón". Después les involucró en la confección de unos cuadernos que llenaban de dibujos y redacciones tipografiadas, que ellos mismos se imprimían en el aula. De esta manera demostró que con pocos medios pero con entusiasmo se pueden hacer maravillas. Con su pequeña imprenta portátil escenificó en el siglo XX la misma revolución que este artilugio había provocado en la Edad Media, cuando arrebató a la exclusividad de unos pocos la cultura y el conocimiento.

Como era un activista de la escuela laica y pública para todos, de la necesidad de saber para ser libre, a los falangistas no les hacía ni pizca de gracia y al estallar la Guerra Civil fueron a por él, le arrancaron los dientes, lo pasearon desnudo por las calles y al final lo fusilaron a escondidas. Hace ocho años se exhumó una fosa común en La Pedraja (Burgos), muy cerca de donde había desaparecido. Sus restos no estaban entre el centenar de esqueletos que fueron hallados, pero con la apertura de la fosa fue como si se hubiera roto un silencio de décadas.

Y eso es precisamente lo que ha fotografiado Sergi Bernal, el autor de las instantáneas de una muestra itinerante que recala ahora en Palma y que habla de memoria y de educación y de cómo ambas van indisolublemente unidas. Porque aunque Antoni Benaiges solo era un buen maestro que trataba de romper las ataduras del analfabetismo sobre la gente humilde de las zonas rurales, a sus enemigos no les bastó con matarlo y sepultarlo sin paradero, y dictaron su "separación definitiva" del Magisterio, como si con ello pretendieran que nunca hubiera existido ni él ni su obra. No lo lograron y la consecuencia son esta exposición, además de un libro y el documental El retratista, en los que se cuenta esta historia nacida a pie de fosa, gracias a los testimonios de quienes les conocieron y a los cuadernos que sobrevivieron a la quema. No se lo pierdan si son ustedes de esas personas que creen en la empatía y en su poder de transformación.

Hoy, lejos de ese oficio arriesgado de los maestros republicanos, se debate cuál es la profundidad de la vocación. La figura del docente ha caído en una nebulosa, se debilita socialmente su autoridad emocional e intelectual. Y en paralelo se discute si la forma de enseñar es la más adecuada, se buscan pactos políticos para darle una orientación determinada, se dicta una ley educativa sin haber consolidado la anterior y se suprimen o devalúan materias humanísticas. Y en medio de todo eso se viene a cuestionar quién está habilitado para aprender a enseñar. En un par de años se normalizarán las pruebas selectivas de acceso a los estudios en Educación Infantil y Primaria. Los aspirantes deberán demostrar sus competencias de razonamiento y de madurez y se les someterá a una entrevista personal, como si aspiraran ya a un puesto de trabajo remunerado. Todo eso está muy bien, pero si del otro lado no se realiza la misma transformación del modelo educativo, si en lo político no se da una solución a los interrogantes sobre qué tipo de enseñanza queremos y necesitamos, al final lo que tendremos serán maestros entusiasmados pero que tienen que seguir enfrentándose al sistema y eso, ochenta años después, suena terriblemente desolador.

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