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Diario de Mallorca

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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Hagan juego

Para ellos y ellas. Jóvenes y mayores. Ricos y pobres. Para los que viven en pueblos y los que habitan en ciudades. No, no es el eslogan de un refresco. Es la realidad del juego

En casa de mis abuelos, de pequeña, se hablaba de un tal Miquel. Alguien que vivía en la misma calle y que lo había perdido todo jugando a cartas. Ese todo no equivalía a una cantidad de dinero ahorrado o a unos ingresos del negocio. Era un todo en sentido literal. Mis abuelos vivían cerca de una cafetería. En el centro del local se erigía la auténtica protagonista: una catarata de monedas iluminadísima. Duros y pesetas estratégicamente colocados, a punto de caer. Solo les faltaba el empujoncito de la monedita que echábamos y que, ay, casi siempre fallaba. La accesibilidad de la máquina, la posibilidad del dinero fácil, el clin clin del premio que caía nos fascinaba. Todos los niños de la calle esperábamos a que nuestras tías nos regalaran un par de duros para echarlos a perder por una ranura. Todo, claro está, con el beneplácito del propietario del bar, al que le daba igual que una panda de menores se divirtiera con cosas de mayores. Un día, mi abuela me pilló in fraganti y me volvió a contar la historia de Miquel. Lo hizo mirándome a los ojos. En ese momento entendí, por primera vez, lo que ese todo significaba. Jamás volví a jugar. Adoro a mi abuela y su palabra es mi ley.

Jugar es muy fácil, apostar ni te cuento y endeudarse está chupado. Basta con salir del supermercado para que alguien te venda un boleto. O, mejor aún, una cartulina en la que hay que rascar (con una moneda, evidentemente) para descubrir si hemos ganado algo. El placer de la inmediatez nos hace vulnerables y esa tentación también llega al sofá. La película de los sábados se convierte en la ventana por la que, a la primera de cambio, se cuela un deportista de primer nivel que nos invita a conseguir dinero rápidamente. Sí, el mismo que también está en el póster que decora la habitación de nuestros hijos. Cuando alguien tiene la categoría de ídolo, es difícil contradecir sus consejos. A día de hoy, diecinueve clubes de fútbol (de veinte) están patrocinados por casas de apuestas y, según datos del Mercado de Juego Online, si comparamos un trimestre de 2018 con el mismo en 2016, hay un 14% más de usuarios activos. En las ciudades, las casas de juegos proliferan. Las inmobiliarias, también. No negaremos la idoneidad de esta radiografía urbana para los tiempos que corren. Solo faltan las heladerías en los cascos antiguos de las ciudades para hacer pleno al 15.

Las maquinitas nos invaden. Alcemos los ojos y miremos alrededor. Las familias comen con sus hijos y sus Nintendo. Los videojuegos están en las salas de espera, los restaurantes, las playas, los coches e, incluso, en las excursiones de los domingos. "Para el momento de la merienda", dicen. Me gusta poco eso de sustituir unos botoncitos por una conversación, pero menos el círculo en el que algunos se acaban metiendo. Comprar para tener jugadores mejores y pagar para recibir armas más letales y que mejor defienden a nuestros avatares. Suma y sigue. El siguiente paso es el préstamo fácil. A golpe de clic. Basta con registrarse. Es automático e inmediato. Y nadie se entera. Es silencioso. Como fue la partida de Miquel que, un día, sobrepasado por las deudas, decidió tirar la toalla.

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