Suscríbete 1,5 €/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Valls, el nacionalismo y Ciudadanos

M anuel Valls, francés y español nacido en Barcelona, ex primer ministro de Francia con el socialista Hollande y desclasado ideológicamente en el país vecino tras el surgimiento del centrista Macron y la débacle del PSF, ha decidido presentarse a la alcaldía de la Ciudad Condal de la mano de Ciudadanos pero no en una operación de partido sino al frente de una plataforma en que las siglas de la formación de Albert Rivera, el primer partido de Cataluña en las últimas elecciones autonómicas, se desvanecerían. El pasado 26 de septiembre, Valls realizaba su declaración de partida: reconoció entonces ser "un hombre de izquierdas": "vengo del socialismo francés con principios y valores republicanos -añadió-, pero soy un candidato independiente". "Habrá partidos que me apoyarán, como Ciudadanos, y lo agradezco, pero quiero que sean más. Tenemos tiempo. Algunos han dicho que no, pero yo mantendré el diálogo abierto", concluyó. En la sala, había aquel día un único representante del partido naranja, el diputado autonómico Ignacio Martín Blanco.

Ya en aquella ocasión, el candidato propuso "la creación de una plataforma ciudadana transversal desde una base amplia y sólida. Nuestra Barcelona no tendrá más enemigos que la pobreza, el paro y la falta de seguridad", dijo Valls, que defendió "una Barcelona y una Europa como antídotos del populismo". También entonces lamentó que Barcelona sufriese "los efectos del procés" independentista. "La ciudad -añadió- tiene que pensar en ella misma y no en proyectos que tienen que ver con la confrontación constante y la utilización de espacios públicos con elementos independentistas que excluyen a buena parte de los barceloneses". Valls defendió que la ciudad "tiene la capacidad para ser el inicio [de una nueva etapa] y rebajar la tensión y ser punto de encuentro y convivencia".

En otras palabras, Valls no se propone encabezar un proyecto nacionalista españolista capaz de descabalgar al proyecto soberanista del nacionalismo catalán sino que pretende sacar a la ciudad del avinagrado conflicto para convertirla en "punto de encuentro y convivencia", capaz de facilitar la superación del conflicto.

Desde esta perspectiva, era perfectamente lógico que Valls tendiera la mano al PSC-PSOE, una formación que siempre ha pretendido mantenerse al margen de la pulsión identitaria del nacionalismo catalán sin incurrir en el pecado opuesto del españolismo primario. El equilibrio del catalanismo político, distinto del nacionalismo étnico que más o menos explícitamente ha abrazado el histórico pujolismo, es difícil pero es el que mantiene la mayoría social catalana, que, a pesar de todo lo sucedido últimamente, se sigue reconociendo muy mayoritariamente como "tan catalana como española" en las encuestas sobre identidad.

Ciudadanos no ha entendido esta posición, y ha manifestado su descontento. Ahora resulta -las cosas que se dicen en este país son inefables a veces- que el PSOE no es a su juicio realmente un partido constitucionalista sino que tiene afinidades inconfesables con los separatistas, por lo que no acepta la compañía del PSC en la empresa de Valls. Quien sostiene tal cosa, que lleva a afirmar acto seguido que Pedro Sánchez estaría dispuesto a ceder ante los independentistas con tal de conservar el gobierno, no sólo desconoce la historia de este país -donde se ve que el jacobinismo del PSOE ha sido un potente factor de cohesión- sino que entiende poco de lo que ocurre. Otra cosa es que el PSC, por principio, no acepte muy probablemente situarse en una plataforma ambigua que haga invisibles sus siglas.

De cualquier modo, Valls parece haber comprendido que la manera de sacar a Cataluña del atolladero no es acentuando la dicotomía unionismo-separatismo sino regresando a los elementos originales de la democracia parlamentaria, en la que el sentimiento de pertenencia proviene de una comunidad de convicciones y de la igualdad de todos ante la ley. Las guerras de banderas no llevan al pluralismo, y el futuro de los países maduros en los que hay problemas generados por la diversidad -cultural, racial, etc.- debe pasar inexorablemente por generar una creciente solidaridad interna basada en valores comunes, no en lograr la prevalencia de una posición sobre otra. El conflicto catalán no tienen solución en el terreno identitario, pero sí lo tiene, en la de la integridad democrática, en el del respeto a la diversidad y el mestizaje.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats