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Diario de Mallorca

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Enfermedades

La era del ego ha puesto de moda exhibir las propias enfermedades como un trofeo de caza

Tuve la fortuna de nacer en una familia donde estar enfermo era una fiesta. Una fiesta privada, pero fiesta. Me explicaré. Éramos -somos- muchos primos-hermanos, hijos de mi madre y sus tres hermanas y casi todos de muy parecida edad (por cierto: allí aprendí los valores del matriarcado sin desdén hacia la figura del patriarca, como aprendí tantas otras cosas esenciales que me han beneficiado en la vida y ninguna era de valor material. Lo material era algo ajeno que se dejaba para otros). Pero vuelvo a las enfermedades.

Al ser, ya dije, tantos y de edades tan parecidas, cuando uno no tenía la gripe, tenía bronquitis, una fractura de hueso o sarampión, le operaban de apendicitis o pillaba -casos extremos- una pulmonía o una hepatitis. Nada que no ocurriera en otras familias. Pero lo habitual era la gripe -en los colegios no había calefacción y en las casas sólo chimeneas y salamandras o "xubesqui"-, gripe que yo solía pillar con la llegada de los feriantes del Ram. Imaginen mi desolación los años en que los demás se iban al látigo, el balance, o los coches de choque y yo tenía que guardar cama -loados sean los cielos- entre una novela de Salgari y un álbum de Tintín. Menos mal que los efectos de la fiebre siempre me gustaron y siguen gustándome (cada uno se droga como puede).

Pero he hablado de fiesta. Salvo en las enfermedades muy contagiosas -repito el "muy"- tíos, tías y primos visitaban al enfermo. Quizá esas visitas derivaran en último extremo del cumplimiento de una obra de misericordia -visitar al enfermo- pero en mi familia se convertían en otra cosa que entraba, ya dije, en lo festivo. En caso de gran peligro de contagio la visita se hacía desde el umbral de la habitación y se continuaba luego en la sala con los adultos. Pero eso siempre permitía al primo o prima más intrépidos escapar de la sala y volver al cuarto del enfermo y estar un rato a solas con él. Eso ocurría, repito, con las enfermedades más contagiosas. Con las otras la fiesta era por todo lo alto. Y en ambas había regalos. Regalos modestos -unos soldados de papel recortable, una ensaimada, un libro, un helado, una revista, o un pequeño ajedrez de imán, el colmo de la modernidad (esto ya era regalo de padrinos)-. Estas ceremonias no dejaban espacio a la queja y desdibujaban el posible dolor hasta hacerlo casi inexistente.

Pero al mismo tiempo que se celebraba que una enfermedad permitiera vernos más de lo que nos veíamos normalmente, que era mucho, también se sabía que las enfermedades eran asuntos exclusivamente familiares. Quiero decir que no se les daba ninguna publicidad de las mismas más allá del ámbito estrictamente familiar. No eran moneda de cambio, ni elementos -como he visto en otros más tarde- para dar pena o mover a interés o compasión. Nada de eso: ni palabra fuera y a disfrutar sus consecuencias entre hermanos y primos y a padecer sus síntomas en silencio y sin queja. Esto era así y ninguno de nosotros se saltaba la tácita norma y digo tácita pues nadie nos la explicó: se aprendía por la piel, el instinto, la costumbre, o como quieran llamarlo. Cuando oí por primera vez, ya en la juventud, la frase "a can Tal o a can Cual es moren de salut", pensé que era un buen lema, pariente de aquel del ministro británico Disraeli: "Never complain, never explain" (nunca compadecerse, nunca dar explicaciones) y parecido a lo que se practicaba en casa (y me parece a mí que en bastantes casas de la época).

En el actual afán de transparencia inquisitorial, control informático, cámaras en la calle y un etcétera infinito, se han perdido muchas cosas buenas y todas tienen que ver con la privacidad. Esto, combinado con la era del ego, donde todo el mundo opina, parlotea y se muestra hasta lo indecible, ha puesto de moda exhibir las propias enfermedades como un trofeo de caza o un modo de llamar la atención y conseguir -si se es de la cofradía de los famosetes o aspirante a serlo- portadas de revista y reportajes en el interior. Entre un perrito de peluche rosa y cualquier otra cursilería, estos personajes explican que tuvieron un tumor o dos, o que combatieron tal o cual grave enfermedad sin pudor ninguno. Se me dirá -la tontería ya es norma- que eso se hace para solidarizarse con aquellos que padecen en soledad la suya. Pero es difícil creer que no sea otra forma de narcisismo en el edificio de cristal en que hemos convertido una sociedad donde todo ha de ser espectáculo. Hasta la manera de pagarse un tratamiento médico.

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