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Antijesuitismo barato

Han coexistido en la Historia -hablo del pasado- dos formas de antijesuitismo. Una fue consecuencia de las luchas de poder en la iglesia y las naciones de Europa y en ella destacaron dos cosas. La primera el análisis que de la Compañía hace Voltaire, tanto en el plano social, como en el de la conducta de los individuos que la formaban. En ese análisis, Voltaire acierta y se equivoca a partes iguales. Pero hay que decir que en él -que es ácido y vasto y ha calado más allá de su época- llega a escribir lo siguiente: "se ha hablado tanto de los jesuitas que, tras haber ocupado la atención de Europa durante dos siglos, han acabado hartándola, bien por ser ellos los que escriben, bien porque se ha escrito tanto pro o contra esta comunidad singular, en la que es justo reconocer que han descollado y descuellan aún hombres de mérito". (Pensemos, desde Mallorca, en el padre Batllori y su revisión lulística desde Montesión, por ejemplo, o ahora mismo en el cardenal Ladaria).

La segunda cosa es su expulsión de España por el rey bueno e ilustrado, Carlos III, uno de los mejores que hemos tenido. Esa expulsión -fruto de la época: también fueron expulsados del Portugal de Pombal y de la Francia monárquica- fue un error tan grande para la cultura y la religión del país como la expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos lo fue, entre otras cuestiones, para su economía. Otro gallo hubiera cantado con el oro y la plata de América de haber tenido una red de inteligentes banqueros judíos y la decadencia española no sólo no habría sido la misma, sino que hubiera salido de cualquier atolladero.

Aquella expulsión culminó con la disolución de la Compañía por parte del Papa (que había pertenecido a los franciscanos, ojo), disolución que duró más de cuarenta años. Hay que decir que las razones esgrimidas, tanto en España -propulsores del motín de Esquilache- como en Portugal -instigadores de un atentado contra el Rey- y Francia -incompatibilidad con la monarquía- tenían su punto más que delirante. Pero tanto da: calaron y las consecuencias fueron implacables. De esos hechos y sus consecuencias perviven aún ciertas rentas, ya pocas, aunque nadie -yo mismo he acudido a la enciclopedia- sepa de su fantasioso origen. En cuanto al delirio, también la actualidad es partícipe del mismo por muy variadas y distintas vías, pero el antijesuitismo no es una de ellas, porque la presencia y el poder de los jesuitas en Europa se ha reducido a mínimos e incluso en la enseñanza han sido superados desde hace tiempo -sigo en Europa- por el Opus Dei. Otra cosa es América donde la herencia de sus extraordinarias y ejemplares Reducciones -popularizadas en el siglo XX a través de la película La Misión- sobrevive en otros campos, tanto de la enseñanza como de la solidaridad con los pobres.

No lo es, digo, y quizá me equivoque visto lo visto -resabios- en los últimos tiempos. He visto, a veces muy de cerca, ciertas distorsiones alrededor de los jesuitas y su mito que aún persisten. Porque existe un mito jesuítico, basado en la inteligencia y la cultura y la verdad del voluntarismo ignaciano, tan importantes en la formación de un individuo, y una interpretación del mismo por parte de aquellos que nunca los trataron, o fueron educados tanto por otras órdenes religiosas, como por la escuela laica. Esto ha favorecido dos tendencias: la de los que no estudiaron en los jesuitas y han hecho lo imposible, deslumbrados por un vacío no necesariamente racional, para que sus hijos lo hicieran, y la de quienes son habituales de un antijesuitismo visceral y compulsivo que ni siquiera procede de Voltaire y que se proyecta sobre sus antiguos alumnos por el hecho de serlo. Simplemente los jesuitas les caen mal, sin que razonen nunca por qué, y les achacan incluso las faltas y errores personales o políticos de esos alumnos. Qué cosas.

Hace unos meses publiqué en estas páginas un artículo donde trataba del antimallorquinismo de los mallorquines o de cómo gusta hacer la pascua a nuestros coetáneos, especialmente si destacan en algo. No inventé nada: está formulado desde Miquel dels Sants Oliver y el nacionalismo acuñó el término auto-odio allá por los 70. Fui criticado por un amigo de esa escuela, por cierto, que quizá tuviera algo de razón porque en aquel momento no pensé en la herencia trasnochada del antijesuitismo. ¿El motivo de mi artículo? Una lamentable mezcla de noticias repetida en dos ocasiones. La primera el día que se nombró nuevo obispo a un joven mallorquín. La segunda el día del cardenalato del ahora monseñor Ladaria. Ambos días se deslizó junto a sendas noticias la crónica distorsionada e insidiosa de unos hechos que han salpicado al nuevo cardenal. Hechos que muy poco tienen que ver con su interpretación periodística. Una vez más se escupía sobre uno de los nuestros porque era, precisamente, uno de los nuestros. Por nada más.

Esta semana ha vuelto a ocurrir en estas mismas páginas. Y me pregunto si incluso lo de "los nuestros" tiene matices. Me pregunto si el cardenal hubiera pertenecido a otra comunidad religiosa de corte más autóctono, el tratamiento habría sido el mismo. A las pruebas del pasado local podríamos atenernos para responder que en absoluto: no lo habría sido. El trato hubiera sido diferente -quizá no habría habido trato y sí mucha tinta de calamar- y la calumnia inexistente. No estaría mal que de los jesuitas nos ocupáramos, si nos da la gana, quienes los conocemos y se apartaran quienes, más allá de los tópicos, casi todo lo desconocen e ignoran sobre ellos. Aunque aparenten lo contrario.

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