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Las siete esquinas

Polarización

La polarización política está presente en todas partes. Nadie parece capaz de entender las razones del otro o de intentar ponerse en su lugar.

El otro día, ordenando libros en las estanterías, me encontré con un libro dedicado por un autor catalán al que conocí hace años y con el que compartí charlas y confidencias. El libro está dedicado, y es un libro al que le tengo cariño -lo leí y me gustó-, pero ahora, diez años después de haberlo firmado, ese autor es un convencido independentista y escribe textos furibundos contra los que no pensamos como él. En su día, yo también le regalé un libro, y se lo dediqué, y en el supuesto de que no se lo regalara al primer desconocido que se encontrase por la calle, me pregunto si lo seguirá teniendo en su biblioteca o lo habrá lanzado a un contenedor, sabiendo que yo soy ahora eso que se llama un "unionista", o "constitucionalista", o peor aún, un "leticio", como se nos llama con desdén a los que creemos en la Constitución de 1978.

La polarización política que vivimos desde hace cinco o seis años ha traído estas cosas. Y esa polarización -y la tensión y el odio y el desprecio hacia los que no piensan como tú- está presente en todas partes. Incluso en Operación Triunfo, por ejemplo, donde los astutos guionistas seleccionan a los participantes en función de sus preferencias ideológicas, para poder ofrecer enfrentamientos políticos en vivo que disparen las audiencias y que calienten los ánimos del público. También lo vemos en los humoristas, en los tertulianos, en los documentales. Por desgracia, nadie parece capaz de entender las razones del otro, o de intentar ponerse en su lugar, o de hacer un ejercicio de humanización del adversario, para convertirlo en un ser humano y no en un monigote odioso al que sólo se le pueden soltar garrotazos.

Hay gente que disfruta viviendo en este mundo polarizado (los programas televisivos tienen más éxito y los periódicos digitales tienen más clicks). Y por eso se hace todo lo posible por dirigir la información y por crear un guión de la realidad que se adapte a este modelo con dos bandos irreconciliables. Y con un dogma inamovible: "Si no estás conmigo, estás contra mí". La cosa les parece muy divertida a los haters y a los trolls, pero no lo es en absoluto. Durante la guerra civil y la posguerra, esta polarización se tragó a algunos de nuestros mejores talentos, que desaparecieron de repente porque no encajaban en ninguno de los dos bandos. Eso le pasó a Chaves Nogales, a Clara Campoamor, a Arturo Barea y a muchos más. Y en Mallorca, eso le pasó a Maria Antònia Salvà y a Llorenç Riber, acusados de ser demasiado tibios con el franquismo y por lo tanto poco respetables. Y no hablemos ya de los hermanos Villalonga, convertidos en fascistas de tomo y lomo, en vampiros, casi en monstruos de un cuento de terror. Y todo porque nadie intentaba ver los claroscuros, las razones vitales o el simple azar que había determinado las cosas.

La semana pasada, la escritora Antònia Vicens ganó el premio Nacional de Poesía por su libro Tots el cavalls. El independentismo de Vicens no me resulta nada simpático, pero si abro un libro suyo de poemas me encuentro una poesía tan esencial, tan hermosa, tan contundente, que me da igual quién la haya escrito. Y me alegro de que un país como el nuestro, que se rige por la Constitución de 1978 -tan odiada, tan despreciada-, sea capaz de hacer estas cosas: premiar a los que no creen en ella y no paran de repetirlo dondequiera que vayan. En cualquier caso, Tots els cavalls es un gran libro. Grandísimo.

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