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Matías Vallés

Los golpistas de Yoko Ono

Yoko Ono fue detenida en Mallorca en abril de 1971, en compañía de un John Lennon que todavía no había compuesto Imagine. Ambos tuvieron que declarar durante siete horas como imputados en el juzgado de guardia, acusados de secuestrar en una guardería a la hija de un anterior matrimonio de la japonesa. Quedaron finalmente en libertad condicional y la causa no llegó a juicio. Desde entonces, es improbable que la artista disolvente se haya visto implicada en alguna otra acción penal en España.

Hasta que llegó 2017. El fiscal general, el fallecido José Manuel Maza, concedió el año pasado a Yoko Ono un papel de estrella invitada en su macroquerella contra los líderes independentistas catalanes. La japonesa compartía el cameo con Julian Assange, aunque ninguno de estos seres perniciosos coronaba la estridencia de un texto donde se acusaba a los promotores del procés del retroceso económico de Cataluña, que desgraciadamente no fue sustanciado por los datos reales. Habrá que imputar al Instituto Nacional de Estadística.

Este ejemplo de acusación creativa solo demuestra que en la Fiscalía General del Estado también se considera que Yoko Ono causó la ruptura irreparable de los Beatles. La japonesa abdujo a John Lennon, no es de extrañar que Maza también apuntara en vísperas del referéndum a "miles de catalanes abducidos" por el independentismo. Los fiscales incubaron largamente la ofensa, aguardando al momento idóneo para sustanciar la venganza aplazada por la destrucción de la banda. Es curioso que la malignidad flagrante de una pintora golpista, que atenta sin discriminar contra grupos musicales o contra países enteros, no haya lesionado de modo irreversible su prestigio planetario.

Yoko Ono no es el único extremo en que la macroquerella ha quedado por debajo de sus expectativas sanatorias, pese a que nadie discutiría la combatividad del juez Llarena. El primer año de prisión de Jordi Cuixart y de Jordi Sánchez tampoco ha resuelto una situación envenenada. Un observador con prejuicios concluiría incluso que la prisión preventiva perpetua plantea más problemas de los que cicatriza. El encarcelamiento no interrumpe el camino hacia una independencia que siempre pecó de ficticia, pero sí impide una reconducción de la crisis que no sea humillante para quienes están condenados a desdecirse.

Tanto la cárcel como la fuga de gobernantes, una mudanza que los jueces alemanes transformaron en exilio, parecían el final del camino para los presuntos golpistas. La estela del president de la Generalitat huido prolongaría su mecha durante apenas una semana, antes de ser devorado por el insaciable ciclo informativo de 24 horas diarias. Así lo determinaron vibrantes analistas, que no han tenido tiempo de rectificar al contemplar a Puigdemont y su flequillo al más puro estilo beatle en la lista restringida de candidatos al Nobel de la Paz, por encima de una Yoko Ono a la que cabe suponer celosa de la pujanza mediática de sus discípulos golpistas.

La Generalitat vio frustrada su quimera de que la comunidad internacional le franquearía la independencia. Sin embargo, el mundo tampoco ha demonizado a los golpistas de Yoko Ono con la intensidad requerida por Madrid. Hoy mismo, el grado de popularidad internacional de Puigdemont supera a la suma de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, sus dos interlocutores en La Moncloa. La fama no da la razón, pero los seres humanos tienden a ser comprensivos con sus celebridades.

Más allá del bizantinismo de debatir si se trata de presos políticos, encerrar sin juicio al Govern catalán al completo puede ser una medida penalmente irreprochable, pero resulta contraproducente en lo social. Vuelve a cumplirse la misteriosa leyenda que Leonard Cohen anotó en sus Canciones de amor y odio. En la contraportada del disco, se lee que "encerraron a un hombre, porque quería gobernar el mundo. Los muy estúpidos, encerraron al hombre equivocado". En efecto, la cárcel aloja a quienes podían contener un desbordamiento y reconducir las aguas. El aniversario demuestra que no se ha doblegado la voluntad de los presos. Además, han ganado dimensión heroica entre sus partidarios. No es lo mismo jalear a Oriol Junqueras que a Rodrigo Rato, aunque Esperanza Aguirre no lo entienda.

Por acabar con la canción icónica que compuso Lennon el mismo año en que fue detenido con Yoko Ono en territorio español, Imagine un Congreso con los cuatro grandes partidos estatales por debajo de los cien diputados después de las próximas generales, y con treinta escaños nacionalistas en la cámara. ¿Quién se atreverá a despreciarlos por golpistas?

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