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Bellocracia

Los biógrafos de Alejandro Magno cuentan que durante sus conquistas en la actual India, sitió y ocupó la capital del reino de Sopeites en la llanura de Lahore, donde tenían la costumbre de elegir como rey al más apuesto de sus ciudadanos. Y la elección no siempre debió resultar fácil porque, al parecer, nada más nacer el consejo real decidía si los recién nacidos eran lo bastante bien parecidos para merecer vivir.

Si los españoles actuales nos condujéramos por los mismos criterios para elegir presidente tampoco resultaría fácil la elección. Seguramente no es el caso, aunque visto que a ninguno de nuestros líderes políticos les falta buena apariencia, cabe preguntarse si es mera coincidencia, o bien estamos haciendo inconscientemente con los políticos poco agraciados lo mismo que los habitantes de Sopeites: eliminarlos.

Merece la pena no despreciar el poder de la belleza en las sociedades humanas, incluidas las corporaciones económicas y las organizaciones políticas. Pero también en otras muchas aparentemente menos proclives. Hace años, un eminente catedrático de filosofía me contó que un célebre colega teólogo le preguntó si no creía que sus respectivas carreras intelectuales se habían favorecido del hecho de que ambos fueran apuestos. Si no fuera porque el presumido teólogo no era bien parecido en realidad, aunque él lo creyera, la pregunta habría merecido en efecto una sincera reflexión de su parte.

En ese sentido, es conocida la antigua relación entre el teatro y la política, y la afinidad entre actores y políticos que se ha acentuado como parte del proceso de espectacularización mediática de la política, hasta el punto que hace más de veinte años Octavio Paz ya aseguraba que "las fronteras entre ambos se han desvanecido casi completamente".

Sin embargo, a lo largo de la historia sobran los ejemplos de intelectuales y políticos poco atractivos que disfrutaron de gran fama o poder. Al respecto, la antigua definición de la belleza como "lo que place a la vista", encierra una aclaración lateral pero importante para la historia política: influyera o no en la elección de sus gobernantes, en las ciudades y reinos de la antigüedad los hombres se conocían y habían visto entre sí. Pero en los imperios y reinos que dieron lugar a los estados modernos, los gobernantes ocuparon sus cargos sin que la mayoría de los ciudadanos los hubieran visto apenas. Es casi seguro, por ejemplo, que Lincoln habría tenido dificultades entre nosotros, y que Churchill y De Gaulle debieron su popularidad y ascendiente mucho más a sus voces y persuasión retórica que a su imagen; y hasta es posible que pueda decirse algo parecido de Hitler o Mussolini, incluso de Stalin y Maho, aunque estos infundieran también el magnetismo del miedo.

En cualquier caso, desde la victoria sobre Nixon del joven y apuesto presidente Kennedy, sabemos que la telegenia forma parte de los dones necesarios para el liderazgo político. Así que sabemos con certeza que la influencia del aspecto físico de los políticos no es un asunto despreciable.

El predominio social del soporte oral, escrito, radiofónico o televisivo ha modificado las posibilidades e idoneidades de los candidatos y de los gobernantes. Es seguro que las asesorías de marketing y comunicación política han medido ese influjo y han perfilado los grupos de población más proclives a dejarse influir por el aspecto físico. Tristemente, es casi seguro que los partidos políticos lo saben y lo tienen bien en cuenta. Y, aunque lo nieguen, también es seguro que los participantes en las elecciones internas de los partidos lo estiman, al menos a título de que el electorado general lo tendrá en cuenta.

De ahí que, casi imperceptiblemente, la política se haya transformado en una técnica de comunicación, donde los gabinetes de marketing ejercen su influjo bajo el complejo de Cyranos astutamente narigudos que soplan a los políticos lo que han de decir. Tal vez por eso no tengamos hoy auténticas personalidades políticas cuya voz resuene con la dureza de la responsabilidad ante la realidad, en vez de tanto recato edulcorado.

Todo lo anterior deja abierto el espacio para la aparición de otro producto del marketing ideológico: la bestia, cuya escandalosa incorrección, a veces revestida de radicalismo revolucionario vintage, está tan manufacturada como lo que crítica. De hecho, su supuesta antipolítica no es más que el extremo alternativo de este síndrome bipolar entre la bella y la bestia que atrapa a la política actual.

En uno y otro caso se pone de manifiesto que a falta de auténticas vocaciones políticas, el liderazgo público ya no aspira a hacer mejores las pasiones políticas de sus partidarios, ni a mejorar anímica y moralmente el país que quieren gobernar, sino que se limitan a surfear la ola de los estados de opinión guiados de sus merlines estadísticos.

Pero la causa de todo lo anterior no está, a mi juicio, en la confusión entre teatro y política. Al contrario, lo que hemos olvidado es la razón de esa antigua semejanza. Por eso ya no dejamos a nuestros políticos que sean verdaderos actores, pues la genuina representación requiere una interpretación creativa. En efecto, si fuéramos más al teatro tendríamos una comprensión más cabal de la política, y de cómo un buen actor recrea sin traicionar lo que representa llevándolo hasta donde solo es capaz su pasión y talento personal.

En vez de eso, los gabinetes de asesores y los políticos sin más pasión que la ambición, reducen la representación a ventriloquía -del latín ventris: vientre-, es decir, portavoz de vientre ajeno. Y no solo porque unos repiten lo que otros les apuntan, sino porque nadie les recomienda nada distinto de lo que creen que los votantes quieren oír.

La actual crisis de representación es resultado de la reducción a ventriloquía de la política guiada por la mercadotecnia, o, al otro extremo, por las pulsiones asamblearias que sustituyen los estudios de mercado por los referéndums de aclamación popular. Por eso las bellocracias y sus políticos están abocadas a satisfacer los vientres a los que dan voz, y los candidatos medran voceando promesas hechas con el diapasón de las tripas.

* Filósofo

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