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Diario de Mallorca

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El sueño de un Brexit victoriano se esfuma

La realidad, ese plano físico que comprende todo cuanto existe de forma cierta y efectiva, es algo que siempre acaba por desmontar aquello que se construye sobre terrenos fantasiosos. Ideas, proyectos, ensueños? todo acaba recibiendo, tarde o temprano, su correspondiente e inevitable baño de realidad. Al otro lado del Canal de la Mancha pueden dar buena fe de ello.

Cuesta recordar, tras lo visto en las últimas semanas, aquellas escenas de triunfalismo que siguieron al resultado del intento de chantaje al Bloque con el que David Cameron dilapidó su propio Gobierno. "¡Hemos recuperado nuestro país!", exclamaba el siempre pintoresco líder del UKIP, Nigel Farage. "El nuevo acuerdo con la UE será uno de los más fáciles de la historia", auguraba el Secretario de Estado de Comercio Internacional, Liam Fox. El regreso de la vieja gloria imperial parecía certificar también el desmoronamiento del proyecto europeo. El curso de los acontecimientos, sin embargo, fue dibujando un escenario bien distinto.

Mientras Londres escenificaba indecisiones, contradicciones y pugnas internas que no se han resuelto, al menos aparentemente, hasta dos años después de aquel 23 de junio de 2016, Bruselas esgrimía en cambio firmeza e inflexión, consciente de que el tiempo corría y corre a su favor y de que el Bloque no saldría tan dañado, en principio, con una salida sin acuerdo como el Reino Unido.

La primera ministra, Theresa May, presionada por los plazos de la negociación y las tensiones internas, ha presentado finalmente una salida "suave" que traspasa muchas de las líneas rojas que ella misma había marcado en el pasado. Se alineará con la normativa arancelaria europea, sin poder participar en ella, y creará un área de libre comercio con Europa. No tiene muchas más opciones si quiere evitar, entre otras cosas, una frontera dura en Irlanda. Y a pesar de sus protestas, incluso los euroescépticos más puristas se resignan y aceptan ahora la muerte de toda ensoñación victoriana que les empujara a votar por la salida de la Unión. La realidad vuelve a dictar su ley.

Y por si fuera poco, no hay garantía alguna de que la Unión acepte sin más esta propuesta. Todavía falta mucho por negociar, dice Bruselas, mientras que en Londres apuran plazos, salvan gobiernos e intentan averiguar cómo jugar sus cartas. Quién lo hubiera imaginado hace dos años.

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