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Diario de Mallorca

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Antonio Papell

Rajoy, el hombre

En otro tiempo, el hecho de pasar a la historia contenía algunas resonancias épicas; hoy, la política se ha humanizado tanto, el personaje público ha tenido que descender tan a pie de calle que ya no hay nada mágico en el eclipse de un político, por encumbrado que haya estado. Rajoy, sin ir más lejos, habrá pasado en poco tiempo de ser el hombre en teoría más poderoso de este país a un vulgar registrador de la propiedad sin atributos, en un proceso simplicísimo que la inmensa mayoría y él mismo asimilaremos con naturalidad. Aznar fue, probablemente, el último "jarrón chino" de una breve secuencia de estadistas - Suárez- González-Aznar- que han sido vistos hasta cierto punto como "padres de la patria", como personalidades singulares que marcaron una era con su tinte mágico; Rodríguez Zapatero ya fue un presidente como de andar por casa, capaz todavía de impulsar algunos cambios trascendentales, pero tan cercano que ya no requería pedestales ni liturgias. Y Rajoy ha sido el artesano que ha pilotado a trancas y barrancas una nave que ha salido dando bandazos de la crisis, en un ambiente mediocre y deteriorado que lo ha sobrepasado ostensiblemente.

Tras una breve participación en la política gallega, Rajoy ejerció como registrador de la propiedad en Santa Pola (Alicante) entre 1987 y 1990. Aznar lo llamó a su lado y ya fue diputado en la cuarta legislatura (tras las elecciones del 29 de octubre de 1989), y permaneció en la Cámara Baja hasta que el pasado viernes presentó su renuncia. Ministro polivalente, lo fue desde 1996 de Administraciones Públicas, de Educación, del Interior, de la Presidencia y vicepresidente primero durante la segunda legislatura de Aznar, hasta que dimitió a finales de 2003 para hacerse cargo del encargo sucesorio. En efecto, había formado parte con Rato y con Mayor Oreja de la terna de delfines que, a la manera del PRI mexicano, el entonces presidente del Gobierno y del partido manejó para nombrar a su epígono. El personaje brillante, con iniciativa política y lustre personal, era Rato, pero seguramente Aznar no se fio de él. E hizo bien, por lo que más tarde hemos conocido.

El resto de la historia es ya cercana y no requiere glosa. A finales de 2011, cuando Zapatero adelantó elecciones desbordado por la crisis, Rajoy fue llamado por una mayoría absoluta de electores para aplicar el purgante. Con su proverbial flema, acató las recetas impuestas por el directorio europeo, aplicó recortes indiscriminadamente -nunca se podrá entender cómo llegó a mutilar incluso el derecho universal a la asistencia sanitaria-, laminó los derechos sindicales -incluso el de negociación colectiva al dar preferencia al convenio de empresa sobre el sectorial-, remoloneó cuando se le recomendaba que solicitase un rescate global (no pudo sin embargo eludir un rescate para el sistema financiero), y dejó hacer, probablemente sin mala voluntad , a sus conmilitones, que mantenían una gran maquinaria de enriquecimiento ilícito y de financiación ilegal del partido que no supo ver ni mucho menos combatir y eliminar. Rajoy se va ahora con la macroeconomía encarrilada pero con una desigualdad sangrante en la sociedad española, surgida con la crisis y que es la responsable de la emergencia de un nuevo populismo y de la fragmentación del abanico parlamentario.

El ya expresidente Rajoy llega, en fin, a la hornacina del relato nacional con más pena que gloria. Ha sabido, qué duda cabe, aplicar con aplomo la dolorosa cirugía del ajuste pero ni ha tenido el Estado en la cabeza ni ha tomado iniciativa alguna para orientar, encarrilar o paliar el conflicto catalán, que ha controlado con mano dura pero sin haber puesto un adarme de cordura sobre la mesa con el que empezar a buscar una solución. No quiero decir que se le pueda culpar de los excesos del soberanismo, pero sí digo con convicción que un estadista hubiera afrontado el drama de otra manera y hoy probablemente estaríamos en un proceso de reforma que aplazaría el conflicto otros cincuenta años. Se va, en fin, Rajoy sin pena ni gloria. Pocos partidarios y ningún adversario derramarán una lágrima por su ausencia.

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