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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

El kiosco

Soy de pueblo. Crecí pensando que todo el universo se concentraba en un par de calles. Ahí donde estaba la farmacia, el colmado, el mercado, el horno, la papelería y poco más. Por eso soy fan de la proximidad y de todo lo que ésta conlleva. Los barrios y las redes que se establecen dan estabilidad, generan calidad de vida y alejan el demonio de la soledad. Me gusta ver cómo mis vecinos se alaban los geranios entre sí y lamento que la de al lado se esté volviendo sorda. Cada noche, sobre las nueve, habla con su hijo que vive en Madrid. Lo hace a grito pelado. Media comunidad sabe que a Santiaguito le ha plantado la novia. La pareja que vive en la escalera de enfrente tiene niños pequeños. El padre los saca a patinar cuando tiene la tarde libre. Aprovecha para invitar a otros vecinitos de la misma edad. Ése es, seguro, el principio de una gran amistad. Dos portales más arriba vive una señora muy mayor, en una casa tan austera que por no tener no tiene portero automático. Ya no sale a caminar porque le duelen las piernas. Los que la visitan se plantan delante del portal y la llaman por teléfono. Dos minutos más tarde se abre una ventana y se desliza una cesta con una llave dentro. Alguna vez que se ha quedado sin pan se asoma a la ventana y espera pacientemente a que pase alguien conocido. No tiene apuro en pedirle a cualquier vecino que se acerque hasta el horno y le compre un panecillo "de los blanditos, tipo viena". Todos lo hemos hecho en alguna ocasión. Lástima que ahora ya no podemos hacerle el favor. No hay pan para ella, ni para nosotros. El horno cerró y en su lugar hay una tienda de tatuajes y piercings en la que suena Guns N' Roses a todo volumen.

A pocos metros de nuestra calle hay un kiosco de los de toda la vida. Desordenado y caótico. Con expositores, torres de prensa local y nacional y olor a papel. La mayoría de sus paredes están forradas de periódicos y revistas. Ahí donde no hay diarios, hay libros. Superventas de tapa blanda, portadas oscuras y letras brillantes. Hay expositores con postales y los coleccionables se apilan en el suelo. Para pagar hay que sortear las chuches y detrás del mostrador hay cromos, cajas con lápices, bolígrafos y libretas de espiral. Mientras un kiosco subsista aún hay esperanza para el barrio. Su existencia significa muchas cosas. Quiere decir que hay comunidad. Que viven personas que hacen vida de barrio y no solo van a dormir. Gente que pasea, compra un periódico o se toma un café. Significa que hay personas que leen, que eligen un diario porque confían u otro porque les gusta un articulista. Quiere decir que hay niños que hacen colecciones de cromos y estudiantes que compran sus libretas. Un kiosco es el paso previo a la entrada en una librería.

En los últimos años muchos han abandonado el barrio asfixiados por los precios, la masificación y el mercantilismo. El kiosco también. Cerró hace unas semanas. Una muy mala noticia. En su lugar abre una heladería de helados cremosos, colores chillones y coberturas de fantasía. Es la cuarta que abren en la misma calle. Es evidente que el mercado manda. Aunque lo que manda no tiene por qué ser necesariamente mejor para la mayoría.

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