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Eduardo Jordà

Groupies

Paul McCartney escribió una canción sobre una chica que se coló en su casa, por la ventana del cuarto de baño, para robarle el pantalón del pijama (otras versiones dicen que se llevó una foto del padre de McCartney). En el mundo del rock se llamaba groupies a estas chicas que perseguían a todas horas a los rockeros. Hay una foto famosa, tomada en el interior de una limusina, en la que se ve una guitarra eléctrica, una estrella de rock ( Sting, el cantante de Police) y a su lado, tendida sobre el asiento, una chica desnuda. Una chica muy guapa, por cierto. El rock, en su imagen icónica, era eso: dinero, drogas y sexo, mucho sexo. Y quienes lo proporcionaban solían ser mujeres, claro, las groupies, aunque también hubo un groupie masculino que perseguía a todas horas a Courtney Love y que gracias a ello ocupa una minúscula nota a pie de página en la Wikipedia. Pero lo importante es que todo el mundo conocía las reglas del juego: sexo rápido, amoríos de una noche - one-night stands, lo llamaban en América-, y luego, a la mañana siguiente, una foto firmada, tal vez un disco dedicado, un beso rápido bajo la ducha, y eso era todo. Y si te he visto, no me acuerdo.

Que yo sepa, nadie esperaba mucho más de esas situaciones, y la mayoría de chicas que se iban a pasar la noche con un rockero sabían muy bien lo que querían y lo que iban a encontrarse. Quizá alguna soñase con convertirse algún día en la pareja de por vida de ese hombre o en la madre de sus hijos, pero eso no era lo habitual. Yo conocí a una chica que seguía la pista del cantante de un grupo español, y por lo que me contó (que no fue mucho) sobre la noche que pasó con él, los dos tuvieron lo que buscaban. Ni más ni menos. Imagino que ahora, visto con el paso del tiempo, ser una groupie no debía de ser algo especialmente divertido, sino más bien sórdido y deprimente, pero cuando uno es joven le suelen gustar estas cosas. Además, lo que hacían las groupies de hace cuarenta años -o cuarenta días- no es muy diferente de lo que suelen hacer las mujeres que tienen ganas de pasárselo bien cuando acuden a ciertas despedidas de soltera con boys a tutiplén. Es sexo, sexo puro, sexo sin afecto y sin compromisos y sin la más mínima inversión emocional, y quien lo busca sabe muy bien lo que se va a encontrar. Siempre que sea consentido, siempre que se realice sin violencia ni intimidación, todo el mundo sabe a lo que juega y a lo que se expone. Y si un rockero o una rockera te invitan a su habitación de hotel, puedes dar por hecho que no va a ser para conversar sobre las novelas de Thomas Pynchon.

Algunas feministas radicales consideran que las groupies son una prueba de la existencia de un machismo tóxico y autoritario, pero si algunas mujeres rockeras hubieran dejado un diario de sus actividades, o las hubieran contado en alguna autobiografía sin pelos en la lengua, no creo que sus historias fueran muy distintas de las epopeyas eróticas de Mick Jagger o de Rod Stewart. Es cierto que esas historias no se conocen tanto, y supongo que en eso ha intervenido un cierto pudor femenino, pero yo estoy seguro de que si Janis Joplin hubiera llevado un diario, contando lo que hacía día a día en sus años de vida más frenética -que terminaron muy pronto a causa de la heroína-, lo que pudiera contar sería igual de escandaloso que lo que sabemos de la vida de Elvis o de David Bowie. Y lo mismo pasaría, creo yo, si se supiera lo que hacían durante sus largas giras, de hotel en hotel, algunas cantantes como Joni Mitchell (que tiene muy buenas canciones sobre esas historias de una noche). O como Rickie Lee Jones. O como P. J. Harvey. Y como tantas y tantas más. Y muy bien que hicieron, si lo hicieron porque les apetecía hacerlo y hubo consentimiento mutuo y no molestaron ni engañaron a nadie.

Estos días, en las redes sociales, se ha acusado a un rockero español de acoso y de abusos sexuales simplemente por hacer lo que los rockeros de toda la vida hacían con las groupies. Y a partir de unas simples charlas de WhatsApp y unos cuantos testimonios, sin pruebas de ninguna clase y sin denuncias ante los juzgados -y siempre bajo el anonimato-, se le ha acusado de cometer delitos graves, como el acoso sexual, que han originado un linchamiento en toda regla. A mí, la conducta de estos rockeros que se aprovechan de la ingenuidad o de la mitomanía de algunas mujeres me parece despreciable, pero estamos hablando de personas mayores de edad que sabían a lo que jugaban cuando subían a la habitación de hotel. ¿O es que se creían que las iban a recibir con una banda de mariachis y un anillo de boda? Pero la epidemia de victimismo que vivimos, en la que todo el mundo quiere proclamar a los cuatro vientos -henchido de saludable indignación moral- que ha sido víctima de un atropello abominable, nos está devolviendo a los peores tiempos de la inquisición y la censura. Y dentro de nada, antes de que nos demos cuenta, volveremos a vivir bajo un puritanismo histérico que verá por todas partes abominación y pecado y gente que debe ser denunciada por su mala vida.

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