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Mayo 68

Las catarsis duran lo que duran las rosas, pero el estallido de mayo del 68 fue el impulso utópico que imaginó que la vida podía ser realmente diferente y también mucho mejor. ¿Lo pensaron todos los que participaron activamente en aquella tormenta de primavera? Probablemente, no. Para muchos se impuso el escenario, la épica que trae consigo la revuelta adolescente, una recreación del asalto a la Bastilla. Ese tipo de efervescencia superó seguramente a la materialización de la conquista. Incluso los que por edad jamás hubiéramos podido estar en París esos días, en los aledaños de la Sorbona, vivimos la ilusión presente o futura de vernos involucrados de una u otra manera en las manifestaciones que culminaban en escaramuzas, con la policía disparando gases lacrimógenos. O mismamente levantando una barricada. En cualquier caso, la derecha patriotera y colonialista de De Gaulle al igual que la izquierda comunista habían dejado de tener sentido para el revisionismo revolucionario que guió las protestas en las calles. Los contestatarios se enfrentaban en Francia y en otros lugares al sopor del triunfo de la liberación, a la policía de un gobierno burgués, como escribió André Glucksmann, y a la que usurpaba las mentes en las fábricas. Levantaban los adoquines del boul Mich para demostrar que debajo estaba la playa. "¡Sé realista, exige lo imposible!", decían. Pretendían la autogestión, una democracia participativa de las bases y una descentralización del poder económico. Era el frenesí de la comuna el que desplegaba sus tentáculos en forma de comités en medio de una táctica de choque como no se había visto hasta entonces. El mundo se escapaba en busca de una nueva dimensión, temblaban los cimientos porque si bien no se percibía detrás de aquello una voluntad que hiciera posible el cambio viable de las cosas, el escenario jamás se hubiera imaginado así, en todo su esplendor. La prueba es que el impulso utópico nunca volvió a ser tan evidente. Después de mayo, sin embargo, vino junio.

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