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La bella ombra

Una de las cosas más importantes que se hicieron en Mallorca durante el siglo XX, fue la literatura de Llorenç Villalonga. Gustará o no, pero esto es así. Habrá dos o tres cosas tan importantes como ésa, quizá cuatro, pero poco más. No sólo esto: nuestra memoria -la memoria de la sociedad mallorquina- estaría más enferma de lo que está -y ya lo está bastante- si no existieran Mort de dama y Bearn, Els desbarats, incluso. Villalonga fue tan metáfora de la isla que incluso murió de alzhéimer, como nosotros morimos ahora de mentira y desmemoria. Pero si después de este Fahrenheit 451 que vivimos queda algo y algunas personas buscan el rastro de lo que fue y de lo que aspiró a ser Mallorca, ahí estará la literatura de Llorenç Villalonga -elevando la isla por encima de lo que era- para iluminar el camino y recordar lo que ya no sabemos.

A los pocos años de morir, el ayuntamiento de Palma decidió dar su nombre a la plaza conocida popularmente como de les belles ombres -sobre la muralla- por los ombúes que la pueblan. Ombú es un nombre bonito (y exótico como una novela de Salgari), pero Bella ombra aún lo es más (bonito y musical). Para sustituir ese nombre, el calibre de quien lo hiciera había de ser muy consistente. Pues bien: todos encontramos de lo más natural -no recuerdo ni una queja, no recuerdo siquiera que sorprendiera- que fuera Llorenç Villalonga quien diera nombre a esa preciosa plaza abierta al mar, plaza por la que el escritor paseó muchas veces.

Que la literatura es una casa y además tiene las puertas abiertas a todo aquel que se le acerque es una gran verdad. Pero también lo es que el acercamiento ha de ser respetuoso, o no ser: menudos son los escritores -los que lo son de verdad- con las formas. Podríamos decir incluso que la literatura puede ser un hotel, pero sólo como esas grandes casas que acaban por convertirse en hoteles. Y que la moda de poner el nombre de un escritor a un hotel -o el nombre de distintos escritores en una cadena de hoteles- no está bien ni mal -existe, por ejemplo, un Hotel Kafka-, pero estaría mejor que sus dueños y accionistas los leyeran a fondo antes de utilizarlos como marca y acercarse así al nombre con el respeto que se merece. Es decir, como quien se acerca a un bien superior, que no otra cosa es la literatura.

Ayer se publicaba en Diario de Mallorca un gran reportaje sobre los nuevos hoteles-boutique que van a abrirse en Palma. Y resulta que uno de ellos -el que se está construyendo en la plaza Llorenç Villalonga, antes de Les belles ombres (y ambos nombres, ahora que lo pienso, son casi sinónimos)- va a llamarse Hotel En Llorenç. Así como suena, En Llorenç, tan popular en su pueblo que tanto nos vamos de putas con él, como subimos a Lluc a pie. No sé qué habría dicho Villalonga con familiaridad tan excesiva como vulgar cuando no se ha tratado o querido a la persona así nombrada, pero alguna maldad habría deslizado como quien parte una manzana con la daga envenenada por una sola cara de la hoja. Ya saben a quien habría ofrecido la media manzana envenenada mientras él mordía la otra media.

Hotel En Llorenç: con dos cojones. Del que, además, no caben dudas sobre a qué Llorenç se refieren, manoseándolo con alevosía, al encontrarse el edificio en la plaza Llorenç Villalonga. Ni siquiera como gracia tiene ninguna y que no intenten engañarnos diciendo que es un homenaje. Cualquiera que haya leído a Villalonga sabe que le habría sentado a cuerno quemado. Desconozco quién -o quiénes- es el propietario de este hotel que espero cambie de nombre antes de inaugurarse -sugiero, gratis, Hotel Bella Ombra, gracias-, pero de momento no ha demostrado ni gusto, ni educación, ni conocimiento de la ciudad ancestral donde se establece. De su memoria y trato. Todo lo contrario y todo lo contrario es lo que resume el nombre que quieren dar al establecimiento.

Del conocimiento de la obra villalonguiana ya no hablo por no faltar. No tomar el nombre en vano y no hacer uso indebido de los nombres y las cosas debería ser la norma en lo público (y un hotel está en la calle). Porque estoy seguro -y eso habría sido lo correcto- de que ni se les habrá pasado por la cabeza consultar el asunto con su heredero, quiá. Con el heredero del escritor, digo. De haberlo hecho, hubiera sido cuestión de su criterio permitir la propuesta -cosa que no creo- o rehusarla con una sonrisa y un par de buenas palabras (somos mediterráneos). Pues el nombre de un escritor es una marca, una patente que el tiempo y la calidad de la obra conceden y que nadie puede usar para su provecho (y menos aún, disimulando). Lo contrario -aunque pase como una ‘gracieta’ más de la dislocada vida contemporánea- o es usura, o es insulto. O ambas cosas a la vez.

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