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JOrge Dezcallar

La iniciativa de Kim Jong-Un

Decidido a no perder la iniciativa, el líder norcoreano se ha desplazado hace diez días a Panmunjon, en la línea de demarcación entre las dos Coreas fijada en el armisticio de 1953, para encontrarse con el presidente surcoreano Moon Jae-in y ser el primer líder del norte que pisa el sur en seis décadas. De hecho es la primera reunión entre el norte y el sur en 11 años y la tercera en 60. Es importante.

El objetivo ha sido acabar de una vez con las secuelas del conflicto de 1950 que dividió la península coreana tras un armisticio que ha constituido desde entonces un punto de tensión permanente entre las dos Coreas, EE UU, China, Rusia y Japón. Un acuerdo mantenido solo por la presencia de 30.000 soldados norteamericanos en Corea del Sur, por el apoyo soviético a Pyongyang y por el interés de Beijing de evitar una reunificación que extendiera la presencia e influencia de los EE UU junto a su frontera septentrional. Ese equilibrio inestable pero firme se ha mantenido durante casi 70 años hasta que la desaparición de la URSS llevó a Corea del Norte a tratar de garantizar su supervivencia convirtiéndose en potencia nuclear, a pesar de las vehementes quejas de una comunidad internacional que no fue capaz de impedirlo. La alarma de Seúl, Tokio y Washington ha sido compartida finalmente por Moscú y por Beijing cuando Kim Jong-un ha llevado demasiado lejos sus pruebas nucleares y, sobre todo, cuando ha montado las bombas sobre misiles de alcance intercontinental. Cuando Donald Trump ha amenazado con una acción militar preventiva y Xi Jinping ha cortado la exportación de petróleo con gravísimo daño para su débil estructura industrial, Kim se lo ha pensado mejor y su reflexión le ha llevado a darse cuenta de que ya había conseguido lo que quería, que había franqueado el umbral nuclear, que la supervivencia del régimen estaba garantizada y que a partir de ahora podría negociar en un pie de igualdad con Seúl y con Washington para poner fin a su aislamiento político, económico y comercial. Que quizás había llegado el momento de pensar en dar de comer a su famélica población.

Pero antes de dar el paso cogió un tren y se plantó en Beijing para obtener luz verde de Xi a sus proyectos. Imagino que allí hablaron a calzón quitado para que los acuerdos que se pudieran alcanzar no sobrepasaran las lineas rojas de China en su relación con los EE UU. Y para preparar el ambiente, mantener la iniciativa y descolocar a sus interlocutores, Kim ha ofrecido de entrada una moratoria nuclear y suspender también las pruebas de misiles... sin coste alguno por su parte porque ya no le son necesarias.

La reunión de cuidada escenografía en Panmunjon ha tenido resultados aparentemente optimistas pues se ha acordado iniciar conversaciones bilaterales para un pacto de no agresión que conduzca a una normalización de relaciones, y a poner fin al armisticio de 1953 para firmar una paz definitiva con vistas a una posible reunificación futura de las dos Coreas, algo que interesa a ambas para no ser "estrujadas" en un futuro no lejano entre China y Japón. También se ha acordado establecer una oficina de enlace, unificar la zona horaria, fijar reuniones de familias separadas y restablecer comunicaciones terrestres. Lo más importante es que proponen también la desnuclearización de la península coreana y eso exige hablar con los EEUU y con China.

En realidad, en la reunión de Panmunjon Moon quería alejar la perspectiva de conflicto y preparar el terreno para el encuentro Trump-Kim, y Kim deseaba tomar la iniciativa y aliviar las sanciones económicas que lastran su economía. Todo parece muy bonito pero el escepticismo está más que justificado a la vista de lo acontecido durante los últimos 70 años y no son pocos los que creen que Kim trata de ganar tiempo y simpatía internacional con unas iniciativas que en realidad pretenden aliviar las sanciones, meter una cuña entre Corea del Sur y Estados Unidos y crear las condiciones para exigir la retirada total de las tropas norteamericanas (como también desea China), enmarcando su propio desarme en una negociación multilateral de reducción de armas nucleares. Y hacerlo paso a paso y no de golpe como quiere Washington, de forma que condicione cada concesión suya a otra de los EE UU. Lo que los diplomáticos llamamos "la táctica del salami". De hecho Kim se podría haber apuntado ya un primer tanto si es cierto que Moon ha aceptado desvincular la inmediata normalización de relaciones entre norte y sur del desarme nuclear de Pyongyang y eso no gusta nada en Washington.

De modo que aunque Washington, Beijing, Moscú y Tokio hayan aplaudido, un cauto optimismo es de rigor. Kim exige garantías de no ser atacado e invadido por los EE UU y Trump dice que no hará ninguna concesión sin ver antes resultados concretos. De forma que estamos mejor que hace dos semanas pero todavía queda mucho camino por delante porque no es fácil pasar desde 60 años de conflicto a una paz duradera, porque lograr una desnuclearización completa, verificable e irreversible es muy complicado, y porque hace falta tiempo y mucha voluntad política para construir confianza, reducir tensiones y tranquilizar a los militares de ambos lados. En el fondo todo depende de que Kim renuncie a lo que ha sido la prioridad estratégica de Corea del Norte durante los últimos años: poseer su propio arsenal nuclear. Y eso no lo veo claro.

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