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Joan Riera

TEMPUS EST IOCUNDUM

Joan Riera

¿Qué transporte quieren los mallorquines?

Se anuncian nuevos planes para prolongar hasta el Parc Bit la línea de metro de la Universitat pero lo cierto es que en Mallorca jamás hemos tenido una política de transporte público digna de tal nombre

El Govern, que en cuatro años no ha dado ni un paso en materia de transporte público, acelera ahora la prolongación hasta el Parc Bit de la línea de metro de la Universitat. Un brindis al sol de Francina Armengol y Marc Pons porque con unas elecciones dentro de doce meses nadie sabe cómo está escrito el futuro.

Lo cierto es que en Mallorca jamás hemos tenido una política de transporte público digna de tal nombre. Jaume Matas se sacó de la manga un metro no anunciado en campaña y que nadie reclamaba. La prueba está en que lo utilizan poco más de 60.000 usuarios al mes, muy lejos del medio millón de pasajeros de Málaga, la segunda ciudad con menos viajeros entre las siete españolas con suburbano. Como escribió el consultor Gregory Carmona, el de Palma está "fuera de los criterios de sensatez".

El anterior pacto de izquierdas, presidido entre 2007 y 2011 por Francesc Antich, se propuso llevar el tren hasta Alcúdia y Artà. Con la primera línea ni siquiera se alcanzó un acuerdo sobre el trazado, por lo que fue descartada. La segunda se comenzó a construir bajo la dirección política de los pesemeros Biel Vicens y Antoni Verger. Se compraron convoyes que sólo servían para el tramo Manacor-Artà, se construyeron edificios y se allanó el recorrido. Con un pequeño detalle. No había acuerdo sobre el paso por el interior de la ciudad de las perlas. El entonces alcalde Antoni Pastor rechazaba frontalmente la propuesta de la Conselleria. Y otro problema, la electrificación se había detenido en s'Enllaç. Tras ganar las elecciones, José Ramón Bauzá y Biel Company renunciaron al proyecto y al convenio firmado con Madrid. La herencia: edificios y trenes inútiles y un recorrido reconvertido en vía verde para paseantes y ciclistas.

Durante el mandato de Aina Calvo en la alcaldía de Palma se gastaron recursos y esfuerzos en un tranvía que tenía que enlazar la plaza de España con Son Sant Joan y s'Arenal. Otro plan que ha acabado en el cajón del olvido. La lista podría continuar con vías ferroviarias a Calvià pensados en tiempos de Francesc Quetglas o con un tren elevado que llegaría al aeropuerto, pero es hora de entrar en la segunda parte de la ecuación.

Los mallorquines se lamentan cada día de los atascos en las carreteras. Problemas en la vía de cintura en cuanto se produce un accidente leve. Colas de más de veinte minutos en el tramo final de la autopista de Inca en las horas punta de entrada al trabajo. Esperas interminables en algunas carreteras de acceso a las zonas turísticas cuando asoma el calor. Todas estas circunstancias provocan las quejas de los ciudadanos y se trasladan al debate parlamentario. La sensación de isla saturada se extiende como una mancha de aceite entre residentes y visitantes.

Tenemos un transporte público insuficiente y unas carreteras saturadas. En esto coincide casi todo el mundo. La solución parece sencilla: construyamos los 1.200 metros de Metro, perdón por la redundancia, entre la UIB y el Parc Bit y ya no habrá problemas de aparcamiento en el núcleo tecnológico. Intensifiquemos las frecuencias de tren -de momento han reducido los servicios- y se acabarán los atascos en la entrada a Palma. Hagamos un gran concurso de transporte interurbano por carretera y odiaremos el coche.

Por desgracia, en esta ecuación se debe tener en cuenta otro factor: ¿qué desean los mallorquines?, ¿cuántos estarían dispuestos a renunciar al coche?, ¿aceptará cambiar un individualismo atávico?, ¿un mejor transporte público reduciría el uso del privado? Sin las respuestas a estas preguntas, cualquier política de transporte está abocada al fracaso.

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