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La deriva política de Brasil es inquietante desde que la presidenta legítima, Dilma Roussef, fue descabalgada del cargo por el Parlamento mediante un procedimiento de impeachment, que dio paso a la presidencia de un personaje oscuro, Michel Temer, en medio de una probable confabulación que pretende parar los pies al Partido de los Trabajadores (PT).

El último episodio de esta pugna ha sido el encarcelamiento del líder histórico y expresidente del Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, tras haber sido condenado a doce años de cárcel por corrupción; su ingreso en prisión antes de que la sentencia sea firme ha generado nueva polémica, ya que le impedirá presentarse de nuevo a las próximas elecciones al frente del PT. Hay una gran campaña en favor de Lula, quien sería víctima de una especie de golpe de Estado incruento (por ahora) en el que ya se habrían significado incluso algunos militares en activo (vuelve la sombra del golpismo). Pero quienes están haciendo campaña en favor de Lula -Roussef acaba de estar en España con este fin- no aclaran la cuestión central: ¿es o no cierto que Lula aceptó un lujoso tríplex en Guarujá, cerca de Sao Paulo, como un soborno de la constructora OAS, a cambio de jugosos contratos? Sin disponer de este dato esencial, todo lo demás es literatura.

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