14 de marzo de 2018
14.03.2018
Tribuna

Este año la Universitat Oberta per a Majors y yo cumplimos veinte años

14.03.2018 | 02:45
Este año la Universitat Oberta per a Majors y yo cumplimos veinte años
Quizás a quienes me conocen les parecerá que este titular no me va, a no ser que me haya quitado un montón de años de golpe. La verdad es que no me he quitado ni uno, porque el cumpleaños al que aludo en este titular, va unido al de la UOM. Un programa de formación a lo largo de toda la vida que bautizamos en su momento como Universitat Oberta per a Majors de la UIB, que este curso académico cumple dos décadas de existencia. Sí, son veinte años si tenemos en cuenta el tiempo transcurrido entre que lo diseñamos, lo pilotamos para el alumnado de Palma y, casi en paralelo, lo ofrecimos a todo el alumnado de las Illes Balears.

Creo que los proyectos y sus productos hay que verlos en perspectiva para poderlos valorar en su justo término. Cuando hablo de valorar no me refiero a la situación actual del proyecto, que ha seguido los cauces sobre los que se creó. Me refiero principalmente a cómo y desde que marco se originó dicho proyecto. Me refiero además al esfuerzo que supuso poner en marcha un proyecto nuevo, sin apenas referentes en España –ni teóricos ni prácticos-, y además conseguir el dinero para su financiación en un contexto poco posibilitador. Por una parte, porque los referentes culturales y sociales del momento estaban influidos por modelos explicativos del envejecimiento basados en la decadencia y en el déficit. Una cuestión que condicionaba todas las ofertas que pudieran orientarse a un colectivo descrito como "mayor" e incluso "viejo", muy basado en la oferta de residencias, centros de día, y ofertas lúdicas de entretenimiento variadas y muy poca o casi ninguna oferta orientada a la formación y al aprendizaje. ¿Para qué? En este modelo no tenían cabida. Y por otra parte, el contexto educativo en el que se insertó: la Universidad de las Illes Balears. Una institución diseñada en relación a los productos que ofrece, es decir: formación reglada orientada a la obtención de titulaciones de grado y de postgrado, en una franja de edad que entendemos como joven y que poco o nada tiene que ver con ese otro perfil: persona mayor deficitaria o en proceso de serlo, al que me he referido antes. Estos fueron los mimbres del momento, aunque en otros países tanto de la Unión Europea como de Estados Unidos, empezaba a gestarse otro modelo más positivo -que también impregnó a la mayoría de ámbitos del saber, especialmente a las ciencias sociales y a las ciencias de la salud-, basado en el aprendizaje a lo largo de toda la vida. Se trataba de influencias procedentes de varias áreas de conocimiento lideradas por la gerontología educativa, área de nuestra competencia, las que influyeron en el desarrollo de este proyecto tal como se concibió y tal como continua en la actualidad.

El éxito de los proyectos de esta naturaleza no solo tiene que ver con el hecho de que deben responder a las necesidades de las personas a las que se dirigen. El éxito tiene que ver también con el objetivo, los medios y la persistencia con la que se llevan a cabo, incluso con el viento en contra. En este tipo de asuntos, como en la mayoría cuando se hace uso de dinero público, las ocurrencias no sirven o, por lo menos, no sirven para permanecer en envidiable estado de salud durante dos décadas.


El resultado ya lo conocemos: en Balears tenemos ahora un proyecto de aprendizaje a lo largo de toda la vida con una experiencia acumulada de 20 años que está orientado a la formación educativa y cultural de los adultos mayores a partir de 50 años. En este proceso hemos aprendido muchas cosas. Para mí las mejores tienen que ver con lo que me aportaron las personas que formaron y forman parte de las instituciones que ayudaron a ponerlo en marcha; tienen que ver con el alumnado con el que hemos recorrido este camino, unas veces más cerca y otras más lejos, según la coyuntura política; y tienen que ver con el profesorado de la Universitat de les Illes Balears. Un profesorado con el que establecimos una relación muy especial fruto del momento. Con los más reticentes utilizamos nuestra mejor capacidad de seducción docente para motivarlos a entrar en las aulas; con otros recorrimos las islas, las carreteras y toda suerte de caminos. Íbamos cargados con el portátil y el cañón de proyección y también emocionados por llevar los conocimientos fuera de las aulas del campus, siendo conscientes de que empezábamos algo nuevo y apetecible. Enhorabuena amigos y gracias por haber hecho posible que este año la UOM y yo celebremos nuestro veinte aniversario.

*Catedrática de Universidad en la UIB

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