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Las cuentas de la vida

Pensar el futuro

El liberalismo tiene la obligación de pensar la crisis de nuestra época y atreverse a proponer un modelo más inclusivo y menos individualista

Si echáramos la vista atrás cuarenta años, comprobaríamos cuánto ha avanzado el país. No hablo sólo de la recuperación de las instituciones democráticas, perdidas con el franquismo, ni de la modernización de las costumbres. Hablo de infraestructuras, de transferencia de poder a las regiones, de políticas de bienestar, de renta per cápita, de esperanza de vida, de competitividad empresarial, de cultura financiera, de capital humano€ Hace cuarenta años, muchos municipios carecían de redes de alcantarillado, de centros de salud bien equipados, de polideportivos o de bibliotecas. Es cierto que se trataba de una pobreza digna, atenuada por la confianza en el progreso. Gracias al turismo, a una incipiente industrialización y a las remesas de dinero que llegaba de los emigrantes, España encaraba la década de los setenta montada sobre una ola de prosperidad económica, que se propagaba desde los planes de estabilización. La democracia trajo además una promesa de libertad y de equiparación con Europa. España no quería seguir siendo diferente -a pesar del famoso eslogan que popularizó el ministro Fraga Iribarne-, sino parte sustancial de Occidente, como le correspondería por su peso en la historia de los últimos cinco siglos. Y así fue en gran medida: he ahí el ingreso en la OTAN y en la CEE, la puesta en marcha del euro, la internacionalización de empresas, una sanidad pública entre las mejores del mundo y una red de infraestructuras de primer nivel. Sin embargo, la confianza en el futuro, que caracterizó la última mitad del siglo XX, ha dado paso a un profundo pesimismo en forma de malestar social. De nuevo, no es un fenómeno exclusivo de nuestro país, sino una atmósfera tóxica común a todo Occidente. ¿Qué le pasa a la democracia?, se preguntan los principales analistas políticos. ¿Es la crisis del modelo liberal, que emergió victorioso tras la caída del Muro de Berlín? ¿Se trata de una consecuencia imprevista de los procesos de globalización y de la intensificación tecnológica? ¿Tiene algo que ver la demografía y el notable envejecimiento de las sociedades con el aumento de la crispación? ¿O es que sencillamente nuestra clase dirigente no ha estado a la altura de sus promesas y se ha enredado en la defensa de sus propios intereses? ¿Por qué se ha perdido la fe en el sistema cuando vivimos sino en el mejor de los mundos posibles, sí en el mejor de los mundos que hemos conocido? Nadie tiene respuestas a estas cuestiones, aunque haríamos mal en desdeñarlas.

España ha progresado increíblemente, pero da muestras de fatiga. Parte de este cansancio surge de una desconfianza en la política, tras los múltiples casos de corrupción y los vicios inherentes a la partitocracia. Parte de este cansancio se articula como una reacción a lo que se considera una excesiva rigidez de las leyes, aunque, por supuesto, esto último sea discutible. Parte de este cansancio se origina en una creciente fractura social que ensancha las posibilidades de futuro para algunos -las nuevas elites globales- y las limita para muchos otros. Parte de este cansancio, en definitiva, no es ajeno a la ruptura de los circuitos de confianza que han sustentado tradicionalmente la sociedad, esas instituciones intermedias -la familia, la iglesia, un canon de valores establecidos- que dotaban de cierta solidez a un país. El mundo es un lugar mejor que hace medio siglo, más seguro y próspero, aunque paradójicamente también más cínico e inhóspito. El futuro ya no es exactamente algo que conquistar, sino el lugar amenazante de la angustia. Quizá -pensamos- nuestros hijos ya no vivirán mejor que nosotros.

En un largo ensayo publicado en el último numero de Letras Libres, Ramón González Férriz reclama que el liberalismo se abra a la vez hacia el conservadurismo y hacia la izquierda, que haga suya la defensa de los valores tradicionales de la comunidad -familia, patria, prudencia- y los habituales de la conciencia de clase -políticas de equidad, mayor justicia y cohesión-, para afrontar la crisis de la democracia occidental. En definitiva, atreverse a pensar un liberalismo más inclusivo y menos individualista. Pensar la crisis de nuestro tiempo es pensar el futuro.

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