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Monstruos

Mercè Rodoreda y Simone de Beauvoir tenían la misma edad (las dos habían nacido en 1908) y los mismos intereses (los libros, la libertad interior, la condición femenina), pero Rodoreda no soportaba que la compararan con la escritora francesa. Para Rodoreda, Beauvoir había creado una visión tétrica del feminismo que se fundaba en el odio a los varones y en una visión exclusivamente amarga de la vida. Las feministas como la Beauvoir le parecían "mujeres espantapájaros". Y cuando Marta Pessarodona le regaló dos libros de la Beauvoir, la Rodoreda le pidió que no le volviera a regalar tochos como aquéllos, porque Beauvoir era "una senyora intel.ligentíssima que no puc veure ni en pintura".

En cierta forma, el feminismo inspirado en Simone de Beauvoir es el más extendido hoy en día. Ese feminismo puritano que acusa a Woody Allen de violador y pedófilo sin tener ninguna prueba, o que considera que cualquier clase de coqueteo o insinuación por parte de un varón son prácticas que deben ser extirpadas de la vida diaria, y que incluso pretende someter el ritual de la seducción a una especie de contrato mercantil en el deban estar estipulados todos los pasos permisibles, parece surgir de la visión espartana que Simone de Beauvoir tenía de las relaciones entre hombres y mujeres. Es ese feminismo que apenas deja oportunidad a la duda y que siempre considera a los varones violadores en potencia o maltratadores a la espera de encontrar una oportunidad. Es el feminismo que condena sin remisión a cualquier sospechoso en unos juicios sumarísimos cuyo veredicto está dictado de antemano. Es ese feminismo fanatizado que niega a las mujeres la posibilidad de exhibir su cuerpo porque eso es una muestra de cosificación femenina y de mercantilización inaceptable. Es ese feminismo totalmente ideologizado que acusa al heteropatriarcado de todos los males del mundo. Es ese feminismo que usa sin saberlo (o sabiéndolo) los mismos métodos de la caza de brujas con que se condenaba a la hoguera, en el siglo XVII, a cualquier mujer que se hubiera atrevido a hacer cosas que no le estaban permitidas.

Y detrás de todas estas actitudes está, sí, Simone de Beauvoir, la autora de El segundo sexo y de Los mandarines, la mujer que compartió su vida con Sartre aunque cada uno vivía en su casa y llevaba una vida amorosa independiente porque había amores "contingentes" y amores "necesarios". Una mujer muy inteligente -como decía Rodoreda- y también muy atractiva, fría, segura de sí misma, complicada y difícil. Y contradictoria, sí, contradictoria. Hace poco, en 2008, se difundieron unas fotos que nadie se imaginaba porque en ellas Simone de Beavoir aparecía desnuda. Las había hecho un fotógrafo americano -Art Shay- en Chicago, hacia 1950 o 1951, cuando Simone de Beauvoir vivía una historia de amor con el escritor Nelson Algren (el autor de Walk On The Wild Side, sí, el mismo título que la canción de Lou Reed porque éste le robó el título). Art Shay era amigo de Algren, que nunca tenía un céntimo y vivía en un apartamento de diez dólares a la semana que no tenía baño ni ducha. Cuando Simone de Beauvoir fue a Chicago a pasar unos meses con Algren, este le pidió a su amigo Shay un apartamento con baño del que no tuviera que avergonzarse. Shay se lo prestó, y fue allí fue donde captó a Beauvoir en el baño, de espaldas, arreglándose el pelo frente al espejo, en una pose sensual que muchas de sus admiradoras considerarían "cosificadora" o "mercantilizada". Cuando publicó las fotos -muchos años después de la muerte de Beauvoir-, Shay contó que la escritora se dio cuenta de que la estaba fotografiando, pero se limitó a reírse y a seguir con lo que estaba haciendo. "Eres un chico malo", dijo, y siguió a lo suyo. Estaba claro que Beauvoir no veía nada malo ni deshonroso en las fotos. Incluso alguien tan estricta y tan consciente de sí misma podía permitirse un pequeño toque de hedonismo y de depravación.

Lo digo porque estaría bien recuperar ese toque de hedonismo y de sensualidad. No se trata, por supuesto, de defender a un violador como Harvey Weinstein ni de tolerar o justificar los abusos. Para nada. Se trata sólo de que no se imponga esa visión puritana, histérica y en el fondo reaccionaria que está convirtiendo a muchas feministas actuales en réplicas de aquellas severas damas victorianas que sólo veían pecados y aberraciones por todas partes, y que acusaban a cualquiera que se saltara las normas de ser un monstruo que debía ser condenado al infierno. Se trata de eso, sólo de eso.

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