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Juan Tapia

Nuestro mundo es el mundo

Juan Tapia

¿Desorden estabilizado?

En el último trimestre del 2017 España ha atravesado con la DUI (Declaración Unilateral de Independencia) de Cataluña su peor crisis política y constitucional desde el 23-F del ya muy lejano 1981. ¿Cómo está a principios del 2018 tras la aplicación del 155 y la revalidación por los pelos de la mayoría absoluta independentista?

La respuesta simplificada podría ser que hemos pasado de una situación de crisis aguda y explosiva a otra de desorden algo estabilizado. El 155 funcionó porque paró la aventura independentista. Las elecciones posteriores -inevitables y que Rajoy acertó al convocar- no han ido tan bien. El secesionismo se quedó en el 47,5% y bajó dos décimas respecto al 2015, pero aguantó su mayoría absoluta.

La explicación -siempre subjetiva- es que la prisión de algunos dirigentes secesionistas hizo que la campaña no se centrara sólo en el fracaso político, económico y diplomático (Europa) de la DUI, sino que irrumpiera también la demanda de libertad para los que muchos catalanes, según encuestas solventes, creen que son presos políticos. Sin este factor, el independentismo seguramente habría perdido su mayoría y el pronóstico sería más optimista. Pero también es cierto -esta semana lo hemos visto- que ahora la actuación de los tribunales va a hacer que los independentistas se tienten la ropa antes de volver a las andadas.

Cataluña no se va a incendiar de nuevo pero la situación no se va a arreglar y la pretensión de Puigdemont (que ganó la batalla interna del independentismo pese a haber perdido ante Inés Arrimadas y C´s) de ser elegido telemáticamente y sin volver a España lo demuestra. Pero el independentismo no está en condiciones de volver a hacer otro acto de ruptura.

El problema es que esta estabilización sólo relativa de la crisis catalana puede impedir que mejore la calificación crediticia de España y lastrar -como el propio Rajoy admite- las perspectivas económicas que de otro modo serían muy positivas. España está creciendo al 3% en una UE que ha salido de la crisis y en la que el paro ha caído al 8,7%.

Pero lo peor del desorden estabilizado (hipótesis optimista) es que va a dificultar la normalización política de España con un gobierno que está muy lejos de tener la mayoría parlamentaria. Cierto que la amenaza de Podemos se va diluyendo -por los continuos errores de Pablo Iglesias y la estabilización del PSOE-, pero es difícil que con dirigentes independentistas en la cárcel y pendientes de juicio el PNV vote los presupuestos del 2018, que ya están fuera de todo plazo civilizado. Apuesta por la estabilidad de España pero no a costa de problemas internos (Guipúzcoa), o de dar argumentos a Bildu.

La falta de presupuestos no sería buena para la economía y a Rajoy le complica el cuadro político. ¿Puede acabar la legislatura o se verá obligado a convocar elecciones generales junto a las autonómicas y municipales de la primavera del 2019? Y con este panorama la tentación de Albert Rivera de entrar ya -aprovechando su éxito electoral catalán- en campaña electoral contra Rajoy y el PP se incrementará. Además, a ello podría incitarle la presión de una parte de la derecha española (la nebulosa de FAES) que atribuye -y atribuirá- a la indecisión de Rajoy toda la responsabilidad de la crisis catalana.

Rajoy, gracias a algunas decisiones impopulares pero efectivas como la reforma laboral y a la política monetaria de Mario Draghi en el BCE, ha superado el grave escollo de la crisis económica. Pero todavía tiene por delante -y no sólo él sino toda la clase política española- la asignatura catalana.

Alemania e Italia en busca de gobierno

No hace un año que fue elegido pero el presidente Macron ya se está erigiendo -pese a que Francia no es Alemania- como un hombre clave en la UE. Esta semana ha hecho una visita oficial de tres días a China en la que, además de promover las relaciones y confirmar la venta de 184 Airbus 350, ha señalado que los países europeos deben relacionarse con la potencia asiática de forma coordinada. Si Europa quiere pesar ante China, o ante Trump, no puede tener 25 posiciones distintas.

Macron fue luego a la reunión en Roma de los siete países de la Europa del sur (Francia, Italia, España, Portugal, Grecia. Malta y Chipre) que intentan coordinar sus intereses y que se ha centrado en el control de la inmigración, asunto en el que Italia ha hecho progresos. Frente a la alarma del 2016 de 181.000 desembarcos (se temía un 30% más el 2017), el número final ha sido sólo de 105.000.

Pero la UE no tendrá un semestre fácil. La economía va bien, el índice de confianza está en máximos y el paro ha bajado hasta el 8,7%. Pero dos países relevantes -Alemania e Italia- tienen gobiernos interinos. Tras las elecciones de octubre -en la que los populistas no tuvieron el éxito temido pero entraron con fuerza en el Bundestag-, Alemania sigue sin gobierno. Tras el fracaso de las negociaciones con liberales y verdes, la CDU de Merkel y los socialistas del SPD han empezado esta semana negociaciones -parece que bien- para volver a la gran coalición de los últimos cuatro años. Pero no será fácil porque los dos partidos no tuvieron buenos resultados y no se prevé que haya gobierno antes de la primavera. Y con Alemania así, Europa no avanzará.

Y el 4 de marzo hay elecciones en Italia. Tres grandes grupos se disputan el poder. El Partido Democrático de Renzi y el actual primer ministro Gentiloni (socialdemócrata y europeísta), que pese a una correcta gestión -en inmigración y economía- no está en su mejor momento por la pérdida de prestigio de Renzi tras el fallido referéndum de diciembre de 2016 y la escisión de su ala izquierda. El populista Movimiento 5 Estrellas, que ha moderado algo su actitud antieuro pero que preocupa mucho en Bruselas. Y finalmente una coalición de derechas liderada, a sus 81 años y pese a estar inhabilitado, por Silvio Berlusconi. En esta coalición la Liga Norte y Hermanos de Italia son contrarios al euro pero Berlusconi dice ahora que Italia no puede abandonarlo. Su gran promesa es un IRPF flat, del orden del 20%, que podría ser letal para un país que tiene una deuda publica del 150% del PIB.

Ningún partido tendrá mayoría, habrá que ir a una difícil coalición y quizás lo menos malo sería un pacto entre el Partido Democrático y Berlusconi, que seguramente debería romper con sus socios electorales. No es una opción que entusiasme, pero Bill Emont, el exdirector de The Economist que hace un decenio afirmó que Berlusconi era un lastre, acaba de declarar al Corriere della Sera que no es lo peor que podría pasar.

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