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Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

El eje franco-alemán, a la espera

El gobierno francés teme que se prolonguen más de lo debido las ciertamente difíciles negociaciones entre socialdemócratas y la CDU/CSU de la canciller Merkel para formar una nueva gran coalición en Alemania. Tras el fracaso de las anteriores conversaciones entre cristianodemócratas, cristianosociales bávaros, liberales y Verdes para formar con extraños compañeros de cama un gobierno de nuevo signo, Alemania parece resignada a seguir la fórmula ya acreditada.

Sin embargo, las negociaciones se presentan más difíciles que en otras ocasiones: los socialdemócratas no parecen dispuestos a sacrificarse una vez más en aras de la razón de Estado sin obtener a cambio importantes concesiones. Por ejemplo, quieren acabar con la medicina de segunda y de primera: el seguro médico público, obligatorio para todos los ciudadanos, y el privado, al que pueden acogerse los empleados que superan una cierta franja salarial y los autónomos.

La queja cada vez más generalizada es que los mismos médicos ofrecen un trato distinto según si el enfermo es beneficiario de un seguro público o puede permitirse un seguro privado. En ese y otros temas como la acogida a los inmigrantes económicos, a los que la CSU y el ala derecha de la CDU de la canciller Angela Merkel quiere fijar un tope, la urgente construcción de viviendas sociales, la precariedad del empleo o la fiscalidad, las posiciones son todavía distantes.

Los tres partidos de la Gran Coalición han visto cómo sobre todo el tema inmigratorio ha hecho crecer el apoyo a la derecha más nacionalista y xenófoba -la de Alternativa para Alemania- y temen que continúe la sangría de votos de seguir como hasta ahora. Pero Europa apremia: una Europa a la que algunos pintan con los colores más negros: crisis de refugiados, Brexit, escepticismo ciudadano, crecimiento de los partidos xenófobos y también de la derecha más autoritaria entre los nuevos socios: Polonia, Hungría, República Checa.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha hablado de una refundación de Europa, algo que nos recuerda aquella "refundación sobre bases éticas del capitalismo" del que habló otro presidente de ese país, Nicolas Sarkozy, y que quedó, como era de esperar, en agua de borrajas. Macron trata de contrarrestar con su ambicioso proyecto europeo la contestación que sufre en su propio país por su nueva legislación laboral, de carácter marcadamente neoliberal, y las fuertes restricciones, con el pretexto de la lucha antiterrorista, de los derechos ciudadanos.

Así propone, entre otras cosas, la creación de un ministro europeo de Finanzas, un seguro común de desempleo, un presupuesto y un Parlamento de la eurozona, además de completar la unión bancaria y una política común de defensa. De algunas de esas propuestas, como la mutualización de la deuda o el seguro común de desempleo, los partidos alemanes no quiere ni oír hablar porque cualquier amago de solidaridad europea provocarían una mayor fuga de votos hacia la extrema derecha.

A los reparos que plantea Alemania al proyecto francés se suman los de una Europa del Este en la que crecen el autoritarismo y la desconfianza hacia los "burócratas" de Bruselas a la vez que el rechazo a las "imposiciones" germanas en temas como las cuotas de refugiados. Los países del llamado grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), cuya integración en la UE tanto benefició a la industria y a las exportaciones germanas -mano de obra barata y mercados-, se muestran cada vez más recelosos de su poderoso vecino al que algunos han llegado a acusar de querer colonizarlos.

Igualmente preocupante para el proceso de integración europea es el hecho evidente de que esos antiguos países comunistas están mucho más interesados en las subvenciones que reciben de Europa que en compartir unos valores democráticos cada vez más en entredicho por el avance de los partidos autoritarios de corte populista. Para ellos, como para esa Gran Bretaña que ahora vuelve las espaldas a Bruselas, la UE es interesante casi exclusivamente como zona de libre circulación de capitales, mercancías y trabajadores. Pero ésa no es la Europa con la que muchos un día soñamos.

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