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Palma: no basta una vida

Ni, por supuesto, el nuevo año que iniciamos. Palma en lugar de la Roma, non basta una vita, título de aquella novela póstuma de Silvio Nero, periodista en el Corriere della Sera a mediados del siglo pasado, y traída hoy a colación para hacer justicia a la ciudad que he redescubierto tras décadas de mirar hacia otros lados.

No sabría decir cómo empezó el hechizo. Tal vez esa tarde cualquiera cuando, ya oscurecido y sin más propósito que el de abandonar por un rato tantas obligaciones autoimpuestas, dejé que las piernas me llevasen a su antojo y así, libre de objetivos, pasaron las horas en un crescendo desde la curiosidad al entusiasmo. Llevo aquí desde los treinta años y nunca antes había apreciado en su justa medida ese calidoscopio de formas y colores que desde entonces me prometí recorrer para confirmar, una y otra vez, que me he asentado en lo más parecido a un paraíso. Y no me refiero a la isla -que sin duda merece tal calificativo-, sino precisamente a una capital estigmatizada a veces por su masificación, denostada en ocasiones por la suciedad, lastrada por algunos de sus barrios periféricos y, pese a todo, no quisiera otra de poder elegir.

Desde el barrio al que me he mudado hace poco, son cuatro pasos hasta el Piccos para una pizza que da gusto. Más allá, en la calle Fábrica y con buen tiempo, hay mucho donde elegir -tal vez demasiado para la anchura de la calle-, pero las inmediaciones, de casas bajas y a ciertas horas, parecen todavía mirar hacia atrás y la sensación se hace nostalgia frente a un bar Cuba donde el aficionado podía hacerse con los necesarios cebos para pescar. Hoy dispone de una excelente terraza, aunque muchas otras no le vayan a la zaga y las de Can Alomar o el Nácar pueden paliar en alguna medida la añoranza por tantos lugares de encuentros y charlas hoy desaparecidos. Pero el Jonquet, antiguo barrio de pescadores, es adecuado contrapunto para evitar la melancolía. La bahía, desde ahí, ensancha el alma y es imán para llegarse hasta el Pesquero si acaso resistieron las previas tentaciones del paladar.

Una vez junto a los muelles, sin duda hacia el Portixol y, recién iniciada la andadura (en busca de inspiración no hay mejores pensamientos que los caminados, aseguraba Nietzsche), difícilmente podrán recordar, como bien sabe la mayoría de ustedes, imagen que pueda competir con la sin igual catedral y, junto a ella, el palacio. Más allá, el apunte de media docena de iglesias, y volver la vista atrás supondrá el nuevo deleite que proporciona la bahía y Bellver en lontananza, oteando unas aguas que a veces, de tan refulgentes, rechazan la vista y otras la apresan con sus cambiantes tonos. Sin embargo, he mudado el callejeo por las vistas de largo alcance y ya va siendo hora, si aún tenemos alguna o cualquier otra tarde, para seguir el periplo e internarnos de nuevo en calles y plazas hasta, desde Dalt Murada, perdernos en Canamunt.

La forma de una ciudad, decía el poeta, cambia más rápidamente que el corazón de un mortal. No obstante, por lo que a ésta se refiere y más allá de sus modificaciones, es todavía un vivo testigo de su propio pasado y ha guardado, como en cálido regazo, testimonios de lo que fue su ayer, lo que es sin duda bálsamo para las inquietudes de la cotidianidad y, bien sea al levantar los ojos hacia cornisas o balcones que de frente casi se rozan, bien dirigiéndolos a recoletos patios que albergan el silencio, se consigue una excelente medicina para prisas y ansiedades por lo que tiene el escenario de intemporal y, por eso mismo, ajeno a ocurrencias y avatares. Lejos de mi intención escribir una guía turística de Palma, aunque no pueda por menos que, siquiera por ser consecuente con mis sensaciones, intentar explicar/las/melas. Desde Cort es casi obligado llegarse a la preciosa iglesia de Santa Eulàlia sin perjuicio de, tras la visita, permitirse una caipirinha en el cercano Ambigú antes de seguir hasta San Francisco y el hotel aledaño desde cuya terraza se diría que puede tocarse la iglesia, a más de ser el mejor mirador para contemplar, en Semana Santa, la salida del paso de la Esperanza.

Y para cualquier otro rato, una plaza Quadrado ajena al trasiego y vuelta al ayuntamiento para llegarse después a la calle Concepción a fin de visitar el convento de las monjas agustinas: un remanso de arte e intimidad antes de, cruzado el Borne, enfilar San Feliu, en pleno Canavall, para dirigirse al Baluard. Y ni les cuento si coinciden con el solsticio de invierno y pueden contemplar, desde el mirador, el rosetón incendiado de la catedral y a continuación llegar hasta Atarazanas, aún bajo el influjo del luminoso espectáculo y, de nuevo cerca del mar, mezclar el mágico rojo con su cambiante azul.

Palma no es sin duda París, Florencia o Nueva York, pero es la que elegiría para que me albergue en los años por venir. Lo afirma un foraster e ignoro si tal condición resta o suma objetividad a la opinión pero, de tener oportunidad, es el regalo que pediré el próximo año los Reyes Magos: poder perderme en ella una y cien veces más.

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