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Matías Vallés

Trabajo o familia, puestos a elegir

Claire Tomalin es quizás la autora de biografías más famosa del país que encarna el género, véase Gran Bretaña. Después de penetrar hasta las entrañas de Charles Dickens o Jane Austen, la redactora jefe literaria de publicaciones como el Sunday Times ha escrito una autobiografía deslenguada, sin omitir sus amoríos con escritores a quienes su celoso marido perseguía en coche para atropellarlos.

Una vida propia o La vida que me pertenece son traducciones discutibles de A life of my own, donde Tomalin ejecuta una máxima que le persigue desde que la esbozó por primera vez en un programa radiofónico. "Diría que mi trabajo es tan importante para mí como el amor de mi familia". Convendría matizar que sobre la inquisitiva escritora se ha abatido el variado repertorio de la tragedia. Sin embargo, todavía hoy escandaliza a los flemáticos británicos, al especificar que "puedes perder toda tu familia. En cambio, tu trabajo no se pierde". Su posición empeora al explicarla.

Ha llegado la hora de generalizar. La última frontera de los adictos al trabajo consiste en sobreponer expresamente su obsesión a las relaciones con el círculo íntimo que la tradición sacraliza. El impacto del manifiesto de Tomalin no solo reside en que sea cierto, sino en hacer acopio del valor necesario para admitirlo en público. Claro que en su autobiografía no considera irreverente describir su idilio de mujer madura con un veinteañero Martin Amis.

Hay trabajos absorbentes que son veneno para una familia en condiciones. El cine no plasma a un solo policía bien casado, con las novelas de Donna Leon o Petros Márkaris como llamativas excepciones. Sin embargo, también hay empleos fascinantes en que la familia queda arrinconada. La posibilidad de la comparación no se contempla con igual asepsia entre los bárbaros del Norte o los latinos del Sur, donde el círculo familiar se da por descontado.

Descendiendo de las pasiones a los números, el último barómetro del CIS establece con singular frialdad que un 83 por ciento de los españoles conceden a la familia una puntuación de diez, la máxima de la escala. Para calmar a los escépticos, la pregunta del sondeo no detalla si el concepto incluye a los cuñados. Todavía resulta más significativo que menos de un uno por ciento de los encuestados valoren a su ámbito familiar por debajo del notable siete. La conclusión estadística es que apenas unos miles de ciudadanos sostendrían la preeminencia de su empleo por encima de sus allegados. Y eso que la mitad de los sondeados dan un diez a sus trabajos, un entusiasmo que obligaría a revisar la validez de un trabajo que asigna ganadores de unas elecciones generales.

Puestos a elegir entre trabajo o familia, la disyuntiva tampoco se contempla con ecuanimidad según se le plantee al varón o a la mujer. Una parte inconfesable del shock provocado por Tomalin se debe a su condición femenina. Por encima de la ficción de las cuestiones resueltas, siguen vigentes el estereotipo y la ambición diferencial, o la agresividad adjudicada de antemano. Zapatero ingresará en la historia como el campeón de la paridad reconocido en todo el mundo. Sin embargo, los ministros de su primer Gobierno tenían una media de tres hijos, por un vástago para las ministras. Es un dato esclarecedor sobre la incompatibilidad entre familia y carrera profesional, que todavía se impone a la mitad de la población.

Los españoles aman o por lo menos necesitan a sus familias, pero esta predilección no se transmite a la organización social. Si así fuera, y en vez de sacrificar a la familia para salvar el trabajo, se podría sacrificar el trabajo para salvar a la familia. Sin embargo, la segunda opción está claramente subordinada a la primera, pese a tratarse de un país con familias de diez. Además, la visión romántica se tambalea al introducir la perspectiva acerada del consumidor. Frente al cirujano o al piloto de avión, no preocupa tanto la devoción familiar de estos singulares profesionales como su concentración absoluta en el trabajo. En cuerpo y alma, si no se tratara de una redundancia.

Cuando se le planteaba a Susan Sontag el dilema entre la música clásica y el rock, admitía la soberanía de la primera y añadía "pero, ¿por qué tendría que elegir?" Puede aplicarse esta táctica elusiva a la convivencia entre trabajo y familia, donde la respuesta más elegante también parece británica. "Doy más importancia a mi trabajo que a mi familia, y mi familia lo comprende".

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