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Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

Las desastrosas consecuencias del cambio climático

Sólo un imbécil, despreocupado de todo lo que no sea puro negocio como el actual presidente de EE UU puede hacer caso omiso de las consecuencias desastrosas del cambio climático para presentes y futuras generaciones. Sólo un cínico irresponsable como Donald Trump puede desafiar al mundo poniendo al frente de la llamada Agencia de Protección Medioambiental a un personaje turbio y mendaz estrechamente vinculado a la industria petrolera. Sólo quienes no ven más allá de sus propias narices, como les ocurre a millones de estadounidenses que votaron a Trump, pueden no rebelarse ante tal tipo de decisiones, cuyas consecuencias son cada vez más en todo el mundo, también en Norteamérica. Pero hay quienes, a diferencia de Trump y otros negacionistas de su entorno, se toman por el contrario muy en serio, y no por razones altruistas, los efectos catastróficos del cambio climático. Me refiero a las compañías de seguros.

Una de las más importantes entre las europeas, la alemana a Munich Re, ha encargado su estudio a un físico y biólogo, experto en riesgos geológicos, el profesor Peter Höppe, quien está al frente de un grupo de treinta y cinco científicos. Los datos que esos expertos recopilan para la aseguradora indican sin lugar a dudas que las catástrofes naturales no han hecho más que aumentar y sus consecuencias son también cada vez más costosas para la economía de cualquier país, sea rico o pobre.

Según Höppe, desde comienzos de los años ochenta los episodios meteorológicos graves se han triplicado: en 1980 se registraron 248 mientras que en 2016 sumaron ya 772. En su mayor parte se trata de tormentas como las que se producen todos los inviernos en Europa o de tornados tropicales, explica el experto de Munich Re en declaraciones al diario Süddeutsche Zeitung.

Los huracanes Harvey, Irma y Maria, ocurridos todos ellos en 2017, fueron los más costosos de la historia con daños totales valorados en 250.000 millones de dólares, de los que sólo una parte -100.000 millones- estaban asegurados. El más que evidente calentamiento de la superficie de los mares y océanos hace que llegue más vapor de agua a la atmósfera, lo que genera cada vez mayores tormentas y precipitaciones de todo tipo, incluidas las del granizo, destructor de tantas cosechas.

Si esas catástrofes naturales son desastrosas para los países ricos, cabe imaginarse cuál es su efecto sobre los pobres, cuyos agricultores ni siquiera están en la mayoría de los casos asegurados. De ahí que la propia Munich Re haya fundado una iniciativa vinculada a la Universidad de las Naciones Unidas en Bonn con el cometido de desarrollar ideas sobre cómo asegurar a los habitantes de los países en desarrollo.

Uno de los proyectos en estudio es el bautizado como " Insuresilience": de " insurance", en inglés "seguro" y " resilience" (resistencia). Su objetivo es ofrecer en un plazo de cinco años a 400 millones de ciudadanos más que ahora la posibilidad de acceso a un seguro básico. Un seguro que no espere a que se origine el daño y a calcular su coste antes de indemnizar a los asegurados sino que actúe preventivamente cuando se produzca, por ejemplo, un largo periodo de sequía.

Una parte de las primas tendrán que ser subvencionadas por los países ricos, para lo que podría aprovecharse, explica Höppe, los 100.000 millones de dólares anuales que en la cumbre sobre el clima de París se prometió poner a disposición de los pobres para combatir allí los efectos del cambio climático. Los países desarrollados deberían asumir de una vez su enorme responsabilidad en el calentamiento del planeta y contribuir a reparar los daños que de él se derivan también y muchas veces principalmente para quienes menos culpa tienen. Otra cosa es que, como estamos viendo que ocurre con los refugiados, cumplan o no los países ricos aquello a lo que con tanto autobombo se comprometieron en la capital francesa.

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