17 de octubre de 2017
17.10.2017
Tras la senda de Ortega y Gasset

Conversación con tres filósofos sobre la universidad

17.10.2017 | 01:07
Conversación con tres filósofos sobre la universidad
¿Es la universidad un problema filosófico? Para Ortega, Jaspers o Unamuno sí lo era y puede decirse que lo es hoy, máxime cuando la universidad española actual genera un sinnúmero de interrogantes, o cuando la presión mediática no deja de acosar a la ciudadanía con cuestiones tales como ¿por qué ninguna universidad española está entre las doscientas mejores según algunos rankings? o si el profesorado llegará a ser prescindible con el avance de las nuevas tecnologías. Endogamia, procesos de selección, calidad de la docencia o subordinación a la tarea investigadora en detrimento de la primera y viceversa son cuestiones que no resultan ajenas al lector cotidiano. El caso balear no es ajeno a todas estas cuestiones, de hecho puede decirse que tras 39 años de vida universitaria desde que se fundara la UIB no ha sido ésta ajena a polémicas de uno u otro signo y el futuro de la sociedad y la economía del archipiélago se gesta en buena medida en el kilómetro 7,5 de la carretera de Valldemossa. El jueves 28 de septiembre tuve la oportunidad de dialogar con tres filósofos en una tertulia del ciclo "Sapere Aude" en el Club Diario de Mallorca a propósito de la universidad española. Miguel Ángel Quintanilla, Armando Savignano y Vicente Sanfélix hicieron un diagnóstico casi unánime: la misión de la universidad es formar ciudadanos y producir conocimiento útil para la sociedad al margen de cualquier mentalidad empresarial; la universidad tiene que inculcar en el joven ciudadano el amor al saber por el saber mismo. Sin embargo, no parece ser esa la doctrina que guíe la práctica real de la política universitaria nacional.

Miguel Ángel Quintanilla, catedrático emérito de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la universidad de Salamanca y exsecretario de Estado de Universidades durante los años 2006-2008, amén de otros cargos y distinciones académicas, tiene la visión privilegiada de quien ha pasado más de media vida entre la política y la universidad. Entre otros logros suyos está la modificación de la ley orgánica de universidades, ley que rige el funcionamiento orgánico de las universidades españolas así que podemos decir que es, en cierto modo, el padre del espíritu de la ley, lo que no implica que el hijo le haya salido no poco tarambana. No es Quintanilla hombre de oscuridades y aborda con claridad buen número de problemas más allá del simple diagnóstico certero de los mismos. Así, en cuanto a la polémica surgida en torno a los famosos rankings universitarios Quintanilla lo tiene claro: no constituyen un buen sistema de evaluación de nuestras instituciones académicas, sino un artificio televisivo dirigido al gran público. Puntuar en ellos es relativamente fácil si se aplica una receta tan prosaica como contratar premios Nobel aunque sea a tiempo parcial. Curiosamente otras instituciones de educación superior españolas como las escuelas de negocios (ESADE, ESERP o IESE) están muy bien valoradas a nivel internacional. A su juicio el mayor mérito de la universidad española en democracia es que ha propiciado un sistema tremendamente igualitario. Otra cosa será si quiere optarse por un sistema más elitista a riesgo de dejar fuera de la formación académica a buena parte de la sociedad española. Sin embargo, apunta Quintanilla "no nos lo creemos, no creemos que nuestro sistema universitario funciona bien". Otro asunto que en los últimos años ha tenido cierta notoriedad pública es la endogamia. Opina Quintanilla que el tema se ha planteado mal pues no se trata de una selección ciega la de un profesor universitario, de hecho, considera que no hay ningún sistema perfecto que permita escoger buenos profesores y propone aplicar la fórmula "si quieres un buen profesor pregunta a otro buen profesor", fórmula que en nuestro sistema actual está condenado al fracaso, pues las cartas de recomendación –instrumento de contratación básico en las universidades que sí aparecen en los rankings– está terminantemente prohibido por ley. En suma, la universidad española padece un exceso de regulación administrativa y un déficit considerable de academicismo; lo óptimo sería apuntar a un sistema más académico y menos funcionarial. Para Quintanilla la misión de la universidad, por seguir con la reflexión iniciada por Ortega y Gasset, es clara: se trata de enseñar, investigar y generar ciudadanos libres. No basta con aplicar el lema kantiano de sapere aude, sino que hay que atreverse a hacer. No se trata de mantener el modelo de institución universitaria como si de una empresa se tratara, sino el de una institución que sea un paradigma del interés social por el aumento del conocimiento. Por mucho que se preconice el uso de tecnologías de información y comunicación (TIC) en la docencia parece obvio que Google no sustituirá a Harvard.


Vicente Sanfélix, catedrático de Filosofía en la universidad de Valencia es más escéptico en cuanto al cumplimiento de los fines de la institución universitaria. Su análisis completa el de Quintanilla y, con precisión de cirujano a punto de hundir el escalpelo se pregunta si hay alguna función que ésta debiera cumplir y no está presente. Tiene claro que el sistema universitario español tal como está constituido ha propiciado un ascenso social de determinados colectivos favoreciendo la igualdad de oportunidades, sin embargo alerta tanto del peligro de la masificación como la aparición de nuevos bárbaros debidamente titulados. Lo que sí está claro a su juicio es que la clase política ha demostrado una irresponsabilidad absoluta en política educativa y sigue siendo imprescindible un pacto por la educación. Como Quintanilla, pese a una confianza en el progreso, insiste en la necesidad de la interacción cara a cara, la relación entre profesores y estudiantes e incluso entre maestros y discípulos, pues ni la escritura ni las TIC pueden suplir esa intimidad que ha dado lugar a las grandes mentes de la cultura occidental.


Quizás sería adecuado que la clase dirigente, los que hacen o deshacen leyes educativas que, a fin de cuentas, no dejan de ser decisiones políticas, prestaran cierta atención a lo que claramente es una visión privilegiada sobre la realidad en la que se mueven. Más allá de sus despachos e indicadores más propios de tecnócratas afines a una asepsia imposible está el ámbito de lo que realmente importa y, para eso, hay que hacer filosofía y si no se sabe, al menos escuchar. La filosofía siempre ha tenido esa función: enseñar a vérselas con la realidad y son precisamente estos tres un ejemplo de lo que conlleva esa faena a la que circunscribimos nuestras esperanzas de futuro. En ese punto irrumpe el reetrato con perspectiva histórica que nos hace un extranjero muy familiar, pues lleva dedicándose más de cuarenta años al estudio del pensamiento español. El profesor Armando Savignano de la universidad de Trieste trasluce un cierto punto irónico, pues detecta desde hace décadas una tendencia a hablar mal del propio país. Savignano insiste en que la universidad es siempre el reflejo de una sociedad, eso sí, un espejo un tanto peculiar, pues a la vez que la representa, no ofrece sino una perspectiva y actúa en ella, hasta cierto punto, una élite. La misión de la universidad, recogiendo la concepción laica del término "misión" estaba clara para Ortega y Gasset: difundir la ciencia y la cultura. No cree el pensador italiano que la cosa haya variado en exceso ni que deba hacerlo, eso sí, deberá estar siempre a la altura de las circunstancias del momento.

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