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Matías Vallés

Blesa, veinte años después de Conde

El presidente de Caja Madrid fallecido replicó los vicios y signos externos del banquero gallego en Banesto, sin que la similitud de comportamientos disparara ni una señal de alarma

El Rey condecora a un banquero que acaba en la cárcel. La respuesta al acertijo parece elemental, Juan Carlos de Borbón y Mario Conde. Pero también sirve para el mismo monarca y Miguel Blesa. Con la diferencia de que la segunda condecoración se produjo veinte años más tarde. Parafraseando a Oscar Wilde, la primera equivocación puede atribuirse al infortunio, pero la reiteración obliga a calibrar una actitud descuidada. Algo funciona mal en los servicios de inteligencia, y nadie puede descartar que el vigente jefe del Estado siga honrando a altos financieros con un destino comprometedor.

A Esperanza Aguirre no le gustaba Blesa, otra prueba del excelente olfato de la política madrileña. Claro que pugnó para sustituirlo con Ignacio González, de acuerdo con su acentuada costumbre de nombrar únicamente a altos cargos con vocación presidiaria. Pese a esta dudosa perspicacia, la prensa de la capital bebe los vientos por la expresidenta de la provincia de Madrid, a la que no pierde oportunidad de plantarle un micrófono para que derroche casticismo analítico.

El presidente de Caja Madrid replicó los fallos y vicios de Conde, sin mostrar jamás un asomo de la inteligencia o astucia del abogado del Estado gallego. Pese a este similitud de comportamientos, no se disparó ni una señal de alarma ante la deriva babilónica de Caja Madrid, avalada por las izquierdas socialdemócrata y revolucionaria. Hay que invocar de nuevo a los servicios de inteligencia, equivalentes a las brujas de Macbeth pero aquí amordazados.

Blesa es el único personaje con arrestos suficientes para lanzarle al Congreso que viajar en un coche blindado resulta muy incómodo. En su comparecencia parlamentaria, no le dio tiempo a quejarse de la calidad del caviar que servía en sus ágapes, mientras hundía Caja Madrid. También Conde desfilaba con sus guardaespaldas perfectamente distribuidos por las instalaciones náuticas, para interceptar cualquier agresión de un remero. La protección como signo externo.

El banquero gallego se pagó a Adolfo Suárez y a Juan de Borbón, su emulador también recurrió a la seducción económica de altos vuelos. Entre Conde y Blesa no se reprodujo el modelo según el esquema paternofilial, se calcó con exactitud. Las supuestas entidades de vigilancia ni se inmutaron, repasen las suculentas dietas cobradas por sus integrantes en las sesiones en que se decidía que nada olía a podrido en la caja que ha costado 24 mil millones de euros a los ciudadanos, cerca de los mil euros per cápita. Recuérdese por siempre que Rajoy solo desplaza a Rodrigo Rato de Bankia tras recibir el pronunciamiento imperativo de Mario Draghi. Un amigo de Bárcenas no podía detectar rasgos anómalos en la salida a Bolsa del banco madrileño.

Blesa recibió premios por su gestión bancaria. No importa si se los concedieron o si los compró, pero en qué lugar quedan los foros en que fue agasajado. De nuevo, los reconocimientos llovían cuando el precedente de Conde había vacunado presuntamente a las altas capas contra el papanatismo de la adoración bancaria. Los aires pretenciosos acompañaron al amigo de Aznar hasta el final. Incluso en el momento siempre privado e improvisado de la muerte, se anunciaba su frecuente refugio en una finca cordobesa de 1.600 hectáreas, porque el acoso de las víctimas de su gestión acentuaba la angustia del confinamiento en su vivienda madrileña. Tras perder sus ahorros, no todos los acosados por las preferentes disponían de un ámbito de millones de metros cuadrados, ni siquiera de un balneario donde lamerse las heridas.

Los tiempos que vivió Blesa no exculpan al expresidente de Caja Madrid, pero lo sitúan en su contexto. Eran los años en que Urdangarin compraba tres pisos de golpe a una inmobiliaria mallorquina, o un palacete en Pedralbes. Así se publicó, pero nadie arqueó una ceja. La constructora que vendió apenas se escudaba en que "debían tener unos ahorros". Los entonces Duques de Palma podrían haber adquirido tres, seis o veinticinco viviendas. Hasta que no se desencadena la crisis, no se advierte la magnitud de cantidades que quedaban amortiguadas por la irresponsabilidad ambiental.

Es injusto hablar de complicidad, pero se pecó de indolencia ante la corrupción. En todos los condenados, Blesa o Conde, cabe distinguir el punto en que se debió intervenir porque enloquecieron. Más adelante, aparece el momento en que el despeñamiento se hace inevitable. No hay marcha atrás, y los políticos que se habían comprado no pueden atenderles porque tienen cita con el dentista.

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