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Diario de Mallorca

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Antonio Papell

Francia, el fracaso de los partidos tradicionales

Lo más significativo de estas elecciones presidenciales francesas que desembocarán en la entronización de Emmanuel Macron, un personaje sin partido que militó durante un breve periodo en el Partido Socialista pero que dice desconfiar de las clásicas organizaciones partidarias, ha sido el eclipse de las dos grandes formaciones de centro-derecha y centro-izquierda, ´Los Republicanos´ y el Partido Socialista, que habían vertebrado ininterrumpidamente la V República. Es la primera vez desde De Gaulle que estas dos fuerzas están ausentes a la vez de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

´Los Republicanos´ fue fundado en 2015 por Sarkozy (quien había sido presidente de Francia entre 2007 y 2012), sobre la estructura de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) que había sido constituida por el también expresidente Jacques Chirac con vistas a las elecciones de 2002, y que a su vez unificaba otras formaciones anteriores: el RPR, gaullista; la UDF, centrista y otros grupos de menor tamaño. El Partido Socialista, que hunde sus raíces en el siglo XIX, fue refundado en 1969 como un partido socialdemócrata semejante a los demás europeos, como el SPD alemán o el Labour británico, y en 1981 Mitterrand consiguió bajo sus siglas la presidencia de la República, que ostentó 14 años; más tarde, François Hollande cumpliría un quinquenio en el Elíseo, que ahora concluye. Pues bien: estas dos organizaciones han sido excluidas de la primera línea política y ya no compiten en la segunda vuelta carrera presidencial. Sus candidatos eran François Fillon -un ultraconservador ultracatólico, que ha sido sorprendido en un flagrante abuso al haber contratado como asistentes a su mujer y a sus hijos— y Benoît Hamon, un radical que no ha conseguido siquiera aglutinar a las distintas facciones de su formación.

El mensaje de los dos candidatos que han superado el filtro de la primera vuelta es, cada uno en su estilo, antisistema. Le Pen pretende una clara involución, que incluiría la salida de la Europa y de la OTAN, una introspección nacionalista xenófoba y racista, una vuelta al estatalismo y la autarquía. Macron, en cambio, quiere la modernización de las estructuras de poder, la ruptura de las inercias y el fin del anquilosamiento de las viejas organizaciones de poder; la flexibilización del sistema representativo, con una serie de elementos de contenido social que han contribuido sin duda al éxito de su propuesta, basada en un partido moderno de voluntarios, sin cuotas y muy ágil a la hora de actuar y llevar a cabo la campaña.

Es curioso -y alguno se ha cuidado de señalarlo— que ninguna de las dos organizaciones que celebraron solemnemente elecciones primarias internas, que fueron precisamente los partidos tradicionales, han conseguido pasar a la segunda vuelta. Es más: tanto Fillon como Hamon eran pésimos candidatos, lo que no hace sino demostrar que la democracia interna es un requisito necesario pero no suficiente para garantizar el acierto y el éxito. En este caso concreto, Fillon tenía máculas inconvenientes y carecía de atractivo, y Hamon llevaba en su programa postulados que desbordan claramente los códigos socialdemócratas por la izquierda hasta el extremo de poner en duda su compatibilidad con la propia Europa. ¿Cómo se puede aspirar a la mayoría si se defienden opciones excéntricas y, por ello mismo, confinadas en nichos y minoritarias?

Macron se ha labrado una buena imagen y parece tener ideas innovadoras y atractivas, pero en todo caso es sólo una apuesta de futuro que tiene que demostrarlo todo todavía. Su paso por el ministerio de Economía fue muy polémico y su programa tampoco coincide con aquellos balbuceos. Habrá que ver adónde llega este joven político de 39 años, al frente de la segunda potencia de la Unión Europea, que debería cooperar con Alemania en un liderazgo audaz que saque a Europa de su impasse, la rehaga del ´brexit´ y le otorgue un mañana.

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