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Esta semana me poseyó el lenguaje

La palabra justa o aquella otra que habíamos olvidado y de pronto vuelve uncida a la nostalgia, la frase lograda€ Muchos amamos el idioma propio, cualquiera que éste sea, por ser fuente de placer, y si escucho a veces en televisión la serie Puente viejo, durante un rato, no es por un argumento que desconozco sino para disfrutar de ese lenguaje en trance de pasar a la Historia por motivos varios: la prisa excesiva que pisotea el recreo verbal o los hábitos fomentados por las redes, que favorecen la autodigestión de las palabras hasta quedar sin desinencias o sólo con sus consonantes.

Afirmó Pessoa en su día que la precisión es la lujuria del pensamiento, y podría estar de acuerdo en que, cuando una palabra cae en desuso, algo pierde la sociedad. Porque ver el mundo es (apuntó Octavio Paz) deletrearlo del mejor modo posible. Sin embargo, no todas las palabras están al alcance de cualquiera y, como prueba, el propio nombre del escritor que he traído a colación. "Perdone: ¿quién le digo que la ha llamado?", preguntó la asistenta. "Octavio", respondió éste. "¿O qué?". "A ver, anote usted: Oviedo, café, tío, amor€ Y déle la lista cuando la vea".

Sin llegar a ese extremo, los registros varían según la formación del hablante, el contexto€ Y claro que pueden ser igualmente atractivos sin necesidad de cultismos; que en ocasiones el lenguaje no verbal puede suplir a éste incluso con ventaja o que, de vez en cuando, aparecen neologismos a los que echar mano y que nuestros abuelos escucharían boquiabiertos, de modo que este capote al idioma que hoy me motiva, tiene que ver más bien con errores, tics e idiolectos que no persiguen una mejor adecuación de las expresiones al tema en cuestión, sino que surgen del desinterés cuando no de la pura y simple inepcia para seleccionar, de entre los términos posibles, el idóneo.

¿Forzados por nuestros prejuicios o influidos por una percepción social distinta a la de antaño? Naturalmente que sí; en ambos casos y, por poner un ejemplo, yo puedo decir palabrotas en determinadas circunstancias pero me costaría decir "cagarruta". Ni siquiera como metáfora. ¿Por su fonética? ¡Quién sabe€! Tal vez debido a una olvidada asociación en el pasado o, de repetirla, por temor a ser relacionado con ella. "Sí, es aquel de la caga€". Sustantivos como subnormal, negro o marica, están mal vistos, aunque designen con claridad y figuren en el diccionario, por sus presuntas connotaciones negativas y habría mucho que debatir al respecto, pero no así otras derivas lingüísticas, resultado a veces de la simple pobreza verbal, pudores ridículos o producto de la moda. Es dicha constatación la que me lleva, como les digo, a escuchar cómo se expresan los protagonistas de Puente viejo; para sentir el hálito de un idioma en estado de gracia. ¿Caducado? Pues en tal caso, bienvenida la caducidad si fuera posible abrirle la puerta, porque estoy de prostituciones (libertad o justicia en boca de según quién), rodeos, sobreentendidos que no se entienden, eufemismos, comodines o diminutivos, hasta donde pueden suponer. Y me permitirán no ser más explícito.

De ser cierto que de cada palabra habrá que dar cuenta el día del juicio (Mateo, 12), para algunos - y ni les cuento de algunos políticos, muy españoles y mucho españoles- el juicio no acabará hasta las tantas. Porque si es palmario que a veces está el dardo en la palabra como reza el título de Lázaro Carreter, otras veces sólo se advierte una ventosidad. Y ni qué decir cuando reiteraciones y diminutivos se solapan, desde el "pelín" de Rafa Nadal a las dichosas y a la vez íntimas braguitas, que no hay modo de leer o escuchar en sus dimensiones normales y sin estúpida reducción que valga. Por supuesto que no se puede, ni se debe (y a veces no se sabe) decir todo pero, en tal caso, es una pesadez, por no decir pesadilla, escuchar una y mil veces lo de "evidentemente" mientras el interpelado piensa en cómo salir del atolladero. Aunque la evidencia brille por su ausencia. Y así hasta doce veces en 10 minutos como un día le conté en su programa de radio al cocinero Pinya.

Todo lo anterior, sin haber mencionado hasta aquí los nuevos palabros: anglicismos con equivalentes en castellano o cualquier otro idioma que se esté empleando. Estoy de memes, spoilers y trending topics hasta donde antes, con el agravante de que, muy pronto, también "pokemonear" se convertirá en expresión cotidiana para remitirse a cualquiera sabe qué aunque, seguramente, relacionado con el postureo. ¿Les suena? El caso es que, de ser verdad que uno/a no sólo se define por lo que dice sino por el modo de expresarlo, muchos vamos a tener que aprender, más allá de algunos significados, a soportar con una sonrisa a los usuarios de un idioma adulterado aunque de ninguna manera con superiores recursos.

Y, para terminar, podría estar de acuerdo con el verso de Ángel Valente: "Mientras pueda decir / no moriré". Pero decir con todas las sílabas. Presos del idioma y, a un tiempo, sus orgullosos dueños.

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