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José Carlos Llop

Confusión

Supongo que hay tanta confusión en considerar que al que quiere prohibir la venta de la Coca-Cola en el senado no le gusta la Coca-Cola, como en pensar que todos los curas son castos. Quiero decir que la culpa -si la hubiere- no está tanto en la incoherencia -o el cinismo- de quien se toma una Coca-Cola después de haber defendido su prohibición, como en los que creen en la pureza de aquellos que quieren prohibir la Coca-Cola -o lo que sea- porque en el fondo consideran que prohibir es una de las mejores formas de ejercer el poder. La culpa -si la hubiere- está en los que sienten esa necesidad de pureza y prohibición, cuando muchas veces no saben ni mirarse a sí mismos. Eso sí, exigir a los demás, todo lo que se pueda.

La pureza suele ir por barrios y va desapareciendo a medida que nos acercamos al poder, o a nuestro propio interés, donde todo son excusas y justificaciones. En política ha vencido el maquiavelismo de manual barato y en la sociedad, el egoísmo es la moneda de cambio. Y en ese lugar llamado poder -el que sea- la pureza es una cuestión de los otros, no propia. Como en el interés egoísta. Ha ocurrido siempre y ahí están las crónicas y los libros de historia. Quien pidió un par de Coca-Colas en la barra del senado, desea llegar al poder -ser senador ya es detentar un fragmento- y por tanto ya puede -en su vida privada- ir haciendo lo contrario de lo que predica. La contradicción es humana, pero convinimos que en la mujer del césar es mejor que no exista.

? No es novedad. Todos sabemos de gente que cobra sus alquileres -o parte de ellos- en negro y después se queja de los recortes en la Seguridad Social, o de que el transporte público está fatal y votarían a Lenin si lo tuvieran delante. O de tantos sitios donde se cobra lo mismo en negro que en blanco y la cantinela es idéntica y votarían a Trump o a Putin ´porque es la hora de los hombres fuertes´, qué horror. Pagar impuestos sabiendo todo lo que sabemos y que se dirime ahora en los tribunales, da bastante pereza, pero escabullirse y luego protestar y quejarse, lo que provoca es enfado. Al menos de los que sí pagan lo que toca. No sé si la expresión evangélica ´sepulcros blanqueados´ es adecuada para aplicar a los que los evitan y critican el estado de cosas, pero por ahí va. Como despotricar sobre lo mal que funciona el país y tener el dinero a buen recaudo fuera. Siempre me he preguntado de qué protestan. Señoritismo, supongo: lo hay en todo el espectro ideológico. O la fatídica -por el daño que acaba haciendo- expresión local: ´en parlar de mi no ric´. Quien más la practica es el que más suele reírse de los demás y exigirles.

? Ocurre en todos los campos. También en el intelectual donde quien defiende unas cosas, al mismo tiempo practica su contrario. O la de quien cree -siendo religioso- que el pecado se inventó para los demás. Moral y ética se utilizan en vano demasiadas veces. Lo mismo, o algo parecido, ocurre ahora con los alquileres turísticos. A nadie nos gusta lo que está pasando -fui el primero en avisar aquí del síndrome Venecia-, pero ¿pueden prohibirse? Yo no lo sé (ni tengo nada que alquilar), por eso pregunto.

Vivo en una ciudad francesa -ya me quedan pocos días- donde también se ven maletas con ruedecillas por sus calles y en internet, al buscar ´alquiler´, sólo aparece el precio diario. De hecho, en esta ciudad hay hoteles donde la tarifa de la habitación va cambiando según la demanda -en el plazo de horas, quiero decir. Y los precios de pisos y casas del centro -y el casco antiguo, puro siglo XVIII, es mucho más extenso que el de Palma- se han incrementado en los últimos tiempos una barbaridad. ¿Les suena? Los más jóvenes -y no tanto- se van a vivir a barriadas y pequeños pueblos de los alrededores que configuran la zona metropolitana. O al otro lado del río, lejos de las zonas donde han crecido y les hubiera gustado que crecieran sus hijos. Los parisinos -que en nuestro caso equivaldrían a los alemanes antes y a los suecos ahora- están comprando por toda la ciudad y los precios siguen aumentando y no paran. Hay inmobiliarias en muchas de sus calles y uno tiene la sensación de que Europa -sus mejores partes- está en venta. Pero por lo menos aquí están satisfechos y son muy amables entre sí; no sé si en casa podemos decir lo mismo.

Si se piensa en la Praga histórica, por ejemplo, la impresión es que la belleza ya sólo es un souvenir. Puro plástico, o decorado solemne; escenografías. Pero también es verdad que la belleza sola no basta y que de belleza no se come y en cambio de su vulgarización, sí. Entonces, ¿qué hacer? Todo sería una cuestión de civismo, supongo, de nada más, pero éste, ante el dinero, suele quedarse en otra noble aspiración humana. Que en nuestro país atraviesa los siglos pero no llega a instalarse.

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