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Eduardo Jordà

Escándalos

En los tiempos histéricos -y éste lo es- abunda la gente que parece destinar las veinticuatro horas del día a escandalizarse. Y cuando parecía que ya no quedaban beatas -esas señoras enlutadas que se pasaban la vida santiguándose por las cosas indecentes que las escandalizaban-, ahora resulta que todos, de un modo u otro, nos hemos convertido en beatas. Porque todos nos pasamos la vida escandalizándonos. Y por cualquier cosa, o mejor dicho, por cosas intrascendentes que en el fondo no deberían importarnos en lo más mínimo. Hace veinte o treinta años, si la memoria no me engaña, se hablaba muy poco de esta clase de escándalos y la gente parecía vivir de una forma mucho más sana. Pero ahora todo ha cambiado. Y un perverso inquisidor se ha instalado en plan okupa en nuestra mente y nos anima a escandalizarnos a todo aquel que haga o diga algo que nos parezca inadecuado. Y después de escandalizarnos, el paso siguiente es acusar a esa persona que nos escandaliza. Y cualquier cosa, repito, nos parece inadecuada. La Coca-Cola. O la Iglesia católica. O la cruz del Valle de los Caídos. O los homosexuales. O los machirulos. O a la Transición. O a la memoria histórica. O los trans. O las feministas. Y podríamos seguir y seguir. Da igual quién sea y lo que diga, porque tarde o temprano saldrá alguien muy escandalizado que exigirá una disculpa o una retractación o que incluso amenazará con emprender acciones legales contra la persona que la ha escandalizado. Y lo que es peor, acabará emprendiéndolas.

Esto es lo que les ha pasado esta semana al Gran Wyoming y al Dani Mateo por unos chistes sobre la cruz del Valle de los Caídos. El Gran Wyoming no me cae nada bien ni comparto sus ideas -en mis artículos lo he dejado muy claro-, pero es una tontería que se pueda enjuiciar a alguien por unos chistes simplemente tontos o gamberros o irreverentes. Ya sé que Wyoming y Mateo evitarán en todo momento los chistes o comentarios irreverentes sobre la religión musulmana, no vaya a ser que un fanático barbudo les dé algún día un susto. Eso está más claro que el agua. Pero parece que hemos entrado en una fase aguda de intransigencia -el escándalo continuado, las beatas que vuelven a controlarlo todo- que no permite expresar la más mínima discrepancia o burla o tontería. Los tuits de la trans Cassandra Vera sobre Carrero Blanco, por ejemplo, eran una tontería de muy mal gusto, y más en alguien que pretende ser profesora, pero imponer un año de cárcel por esos tuits parece una preocupante tomadura de pelo. Mal asunto.

¿Qué está pasando? ¿No se supone que éramos una sociedad abierta, tolerante, hedonista, en la que todo el mundo procuraba dejar en paz a su vecino? ¿No éramos los máximos defensores de la libertad de expresión? Pues parece que no. Y justo en un momento en que parece que no hay dogmas intocables ni valores morales que se impongan por la fuerza, es cuando se produce ese estallido incesante de escándalos que nos indignan. Y en la era del "selfie", cuando parece que nada le importa a nadie y todos vivimos en el relativismo más absoluto, es cuando los indignados y escandalizados se han convertido en los protagonistas principales de nuestra sociedad. Es decir, los escribas y fariseos -si lo decimos en términos evangélicos-, o bien las nuevas beatas que se han apoderado del discurso político. Como aquella doña Urraca de los tebeos (era del gran Jorge), que en 1999 hasta llegó a tener un sello de Correos en su honor.

Detrás de esos profesionales del escándalo se esconde siempre un delator. Y detrás de esa obsesión malsana por buscar hechos improcedentes o conductas inaceptables en cualquier frase banal o en el fondo inocua, siempre hay un acusador que señala con el dedo y amenaza y condena y está preparando un cadalso imaginario. Los años 70 fueron años de dogmatismo ideológico (ETA, los Grapo, los grupos armados de ultraderecha), pero en los años 80 y 90 parecía que habíamos entrado en una fase más tolerante, más amable, en que una especie de espíritu de Montaigne -comprensivo, irónico- se había ido extendiendo por nuestra sociedad. Pero eso se ha acabado y ahora nos tocado entrar en otra fase de oscuridad ideológica y de espíritu inquisitorial. Y cualquier cosa, por estúpida que sea, por intrascendente que sea, nos da motivos para escandalizarnos y sentirnos agredidos y exigir furiosos la cabeza de alguien. Mal asunto, se mire como se mire.

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