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Tribuna

El independentismo tentador

Vaya por delante que estoy alejadísimo de las veleidades identitarias que conducen, casi siempre a la desolación, a la desilusión, a la melancolía e incluso a la contradicción; vean sino la papeleta de Mrs. May, obligadamente independentista con respecto a Europa, que precisa ser necesariamente unionista en cuanto a una Escocia, que considera tomar la misma decisión emprendida por el Reino Unido, ya no tan unido; kafkiano. Recuerdo la anécdota que me contó hace ya años un europeo que durante la época de la guerra de Biafra, estaba en Nigeria como trabajador de una empresa de holandesa de dragados, que relataba el lamento de un nativo sufridor de la campante terrible guerra de independencia de Biafra: "!ay¡ Boss, estábamos mejor con los ingleses". África, está llena de países, como Nigeria, independizados en los sesenta y que han dado el resultado que todos conocemos y cuyas consecuencias atiborran cientos de pateras en el Mediterráneo y no pocos conflictos intestinos. Tengo para mí que los europeos, perpetraron dos acciones letales en el Continente Negro (qué quieren, a mi me parece bonito ese calificativo, aunque parezca políticamente incorrecto) la de imponer su colonialismo sobre aquellos territorios y la de abandonarlos a su suerte cuando la cosa se complicaba.

Tampoco me atraen en demasía los nacionalismos, del tipo que sean, aún cuando solo sea por las enseñanzas que la historia nos aporta en cuanto a su uso y abuso; sin ir más lejos las dos grandes contiendas europeas, causantes de un porrón de millones de muertos, fueron iniciadas por esas fistulas nacionalistas; Gabrilo Princip, un nacionalista serbio-bosnio, desató los perros de la primera gran guerra, mediante dos disparos (ya predijo Bismarck en 1878, con buen ojo que "alguna maldita tontería en los Balcanes será la causa que encienda este barril de pólvora en Europa"), que provoco el asesinato entre europeos durante cuatro años, conflicto sin el cual, no se entiende la aparición del otro tótem del enfermizo nacionalismo, una tal Adolfo Hitler. Sobran comentarios.

Quizá sea mi actual actitud debida a que me parecen más fiables, más confiables las formas de pensar, de actuar, de conducirse en sociedad que provienen de la reflexión sosegada y tranquila que las vienen causadas y medicadas por las reacciones puramente sentimentales, y no es que el sentimiento sea por si solo negativo, pero lleva siempre en su seno el peligro de ser interpretado erradamente, virulentamente; el amor de los humanos desgraciadamente está tan cerca de la ternura como de los celos.

Pero que quieren que les diga, los que vivimos en estas aisladas islas, y no es una redundancia, en ocasiones nos parece que debemos estar haciendo algo mal. Respóndanse a ustedes mismos, ¿Qué les ha parecido la noticia de los últimos días de ese viaje del Presidente del Gobierno del Estado a Cataluña como Papa Noel de Marzo?, ¿no les ha dado una cierta sensación de envidia perfectamente combinada con un ligero toque de cabreo interior?

Personalmente me resulta casi injuriante y por demás molesto que se hable con tanta alegría de infraestructuras, de corredores mediterráneos, de cercanías, de comunicaciones, y de una lluvia de millones para tales fines, seguramente necesarios para cada una de las comunidades de que se trate, incluida la catalana, cuando aquí se nos discute, se nos regatea de forma cicatera una ayuda mínimamente económica para poder transitar por la geografía estatal a través del único corredor que, a modo puente aéreo berlinés, nos mantiene conectados con el exterior; me descorazona que el señor Rajoy se desplace cortésmente hasta Barcelona, para hacer gala de todo lo que se va a hacer para mantener a Cataluña abierta al mundo, y aquí se mantengan las puertas de entrada de nuestras islas vetadas al control de los de aquí y dirigidas desde la centralidad por los de allí, y por demás alejadas de las reales necesidades padecidas en estas tierras. Y me descubro esas interiores ansias de quitarme de encima a todos aquellos que mantienen ese status quo, que causa no pocos de los males de los ciudadanos de estas islas, desconocimiento, desconsideración, falta de conexión, carestía por encima de lo deseable de importaciones (incluidos los combustibles) que tienen que pagar los isleños por encima de los la tierra firme y de las exportaciones, encarecidas por la misma patología, y en general reducción de la competitividad de nuestra industria.

Le he escuchado al señor Rajoy más de una vez la obviedad que él defiende el derecho a la igualdad entre los españoles, los isleños no podemos estar más de acuerdo con ese deseo; nosotros, los de aquí, también queremos ser considerados pero sobre todo tratados como iguales, y la igualdad se entiende tratando a los iguales igual y a los desiguales de forma desigual; pues bien, en estas tierras la primera, la máxima desigualdad es la geográfica, la insularidad. Trátesenos de acuerdo a esa desigualdad y corríjase.

Ahora el señor Rajoy acude a una Cataluña turbada por el clamor diferenciador, con regalos y chuches dinerarios, lo que tiene toda la apariencia de tener como objetivo el querer calmar el berrinche independentista; me pregunto si no nos estaremos equivocando no aparentando ese mismo berrinche identitario-nacionalista los efectos de conseguir los mismos resultados, logrados por otros. Aconsejaba Voltaire que si veíamos a un banquero suizo saltar por una ventana que hiciéramos lo propio, porque seguro que habría algo que ganar; pues eso.

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