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Diario de Mallorca

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Y ella con esos pelos

Cuando comenzó a emitirse el ya mítico programa La edad de oro, tenía quince años y España era una convulsión diaria. En fin, los fervores propios de la adolescencia, en la que uno pasa de la euforia a la depresión sin pasar por la aduana. Y allí estaba Paloma Chamorro presentando un programa que era el culmen de la irreverencia y el descaro. Su pelo no era casualidad, pues ese peinado reflejaba el caos reinante y era, sobre todo, una opción no sólo estética, sino política. Paloma Chamorro, no lo olvidemos, venía de entrevistar a Dalí, Miró, Mappelthorpe y a lo más granado del arte contemporáneo, en un programa que estuvo en antena ya muy avanzada la década de los 70. Por cierto, Dalí siempre fue más punk que los de Parálisis Permanente. Basta con atender a algunas de sus respuestas, absolutamente rompedoras, para percatarse de ello. Merece la pena ir recuperando imágenes de aquellos tiempos. Por ejemplo, Rosa María Sardá entrevistando a la propia Paloma Chamorro nos da la medida de lo que en verdad era la periodista madrileña que acaba de morir. Una mujer sensata y libre, culta y de una sensibilidad fuera de lo común. Pero España, como siempre, seguía siendo un país acostumbrado a los saltos vertiginosos. Del gris tirando a negro pasamos a un estallido de color que cegó y mareó a muchos. Un país sin Renacimiento y que vio de lejos la Ilustración, continuaba moviéndose a empellones, sin pararse a pensar, a reflexionar, a asumir y a digerir los nuevos planteamientos y propuestas estéticas y culturales. Y esa idiosincrasia tan violenta, le da al país una originalidad que puede ser muy atractiva, pero también insoportable. Atractiva por salvaje y, ratos, genial. Insoportable por palurda. Las bandas españolas viajaban a Londres y luego volvían a la patria acelerados. Los que no habían visto nada, aquello les parecía el no va más. El pelo, ya digo, de Paloma Chamorro mostraba el estado de ánimo de una juventud sedienta de novedades. Muchos habían llegado a Madrid directamente de sus pueblos y, sin comerlo ni beberlo, ya estaban en danza, metidos hasta las cejas en el ajo. Muchos no pudieron aguantar el tipo y acabaron por colapsarse, pues el viaje había sido excesivamente veloz y no pudieron asumir el vértigo. Sin duda, la frescura es atrevida, audaz y puede tener golpes de genialidad, pero también uno puede meter la pata con suma facilidad. Pero también es cierto que la adolescencia y la juventud están para eso: para meter la pata bien a fondo, pues de lo contrario uno se queda a medias y llega la madurez, y luego la vejez y uno se queda con unos deseos que, por edad, ya no le corresponden. Y el desfase es dramático.

Ahí estaba Paloma Chamorro, como una sacerdotisa de la posmodernidad hispánica, con su templanza a la hora de lidiar con entrevistados del todo imposibles por beodos o descerebrados. Filósofa en acción, que decía ella. Como lo era también el líder de Radio Futura, Santiago Auserón, que había leído en profundidad a Deleuze y había asistido a sus legendarios cursos en Vincennes. El pelo de Paloma parecía un caos, pero no lo era. Bajo ese pelo, existía un cerebro muy ordenado. Sin duda, la televisión era mucho más vibrante y cañera, con momentos altamente recomendables y estimulantes para cualquier sociólogo o catedrático de Estética. El lenguaje políticamente correcto, el de los cobardes, no se había inventado. Por supuesto, ni tan siquiera existía semejante expresión. He aquí uno de los peligros de pasar de la censura exterior a la autocensura. Una censura que nos aplicamos a nivel interno. En muchos casos, por cuestión de prudencia, puede ser recomendable. Pero en otros, lo cierto es que nos instalamos en el ridículo por miedo a expresar lo que pensamos. Ahí estaba Paloma Chamorro, dando manga ancha a las declaraciones y poses de sus entrevistados, a menudo vergonzantes, pero que había que mostrar al público sin cortapisas. No en vano, España venía de un gris tirando a negro y, por supuesto, no eran tiempos de medias tintas, de matices y demás. Eran tiempos de tralla y colorido. Muchos se quedaron en esa tralla y en ese colorido, pero lo cierto es que existían personas con sus respectivas cabezas muy bien amuebladas a pesar del lío, a pesar de que parecía imposible pensar y argumentar en un país que deseaba vivir en una juerga continua y que necesitaba la frivolidad como el yonqui la aguja, y todo lo que sonase a existencialismo sartreano o a canción protesta era arrojado sin miramientos a algún contenedor de la calle Barquillo. Y era lógico, pues imperaba el espíritu festivo y el derroche, el derecho a no dormir y al morreo indiscriminado por las esquinas de un Madrid desaforado.

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