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Daniel Capó

Una sociedad sin ancla

En una carta fechada en los años 30, el escritor alemán Ernst Jünger afirmó que lo propio de la modernidad no es la relativización del bien sino la rápida disolución del mal, que se dispersa como la neblina y corroe cada una de las facetas de la vida. Jünger se refería a la banalidad del mal un concepto que, años más tarde, popularizaría Hannah Arendt tras la experiencia del nazismo, aunque también se refería a la ausencia de cualquier anclaje moral firme que sirva de orientación, guía o patrón de conducta. Muchas décadas más tarde, ya cambiado el siglo, Zygmunt Bauman, un sociólogo polaco especialista en el Holocausto, acuñó la metáfora de "la sociedad líquida" para intentar explicar un mundo carente de raíces sólidas. Para Bauman, el adjetivo líquido bastaba para esclarecer la cesura abierta entre el mundo de ayer el de nuestros abuelos, para entendernos y el nuestro. Y, en efecto, no es exactamente que el bien y el mal hayan perdido sus límites precisos, sino que su descripción muta continuamente al amparo de los intereses inmediatos, las relaciones de clase, el deseo alimentado por el consumismo o la debilidad de los valores. Líquida sería nuestra relación con el empleo no necesariamente precario, aunque casi siempre lo sea, frente a la tradicional garantía de un trabajo de por vida; como líquidos son los flujos migratorios, las ideas por las que nos regimos, la deslocalización de las empresas o incluso la concepción de Estado.

Un mundo líquido es un lugar definido por el miedo a la incertidumbre. Para un psicoanalista, se trataría de un entorno opuesto al "apego seguro" que necesitan los niños para madurar. Se diría que unos límites estables engendran confianza; la disolución de lo sólido, en cambio, inquieta. De ahí que tanto el populismo como las pugnas identitarias sean un signo particular de nuestro tiempo. El populismo ofrece soluciones sencillas a problemas complejos y se nutre de la ansiedad ante los cambios. Los movimientos identitarios chocan entre sí a partir de unos valores fijos que cohesionan al grupo y le proporcionan solidez frente a los otros grupos. Una de las consecuencias de la sociedad líquida es precisamente su fragmentación en unidades menores, motivada por cuestiones ideológicas, religiosas, lingüísticas, territoriales o económicas. La sociedad líquida vive siempre al borde de la disolución.

Con el paso de los años, Zygmunt Bauman se convirtió en una especie de gurú mediático que frecuentaba los congresos mundiales. Sabía que la dialéctica del poder, que enfrenta al fuerte con el débil, sigue rigiendo en las relaciones sociales. Acuñó el concepto de "detritus humano" para referirse a los millones de personas que sobreviven sin expectativas laborales y que han sido excluidas por el sistema productivo. Escribía libros a una velocidad de vértigo: dos o tres al año, pequeñas monografías que desarrollaban alguna intuición, sin ahondar en exceso. Tal vez, más que un pensador profundo, fue un gran intuitivo, un hombre con un olfato especial para detectar los leves movimientos sísmicos propios de nuestra sociedad. Reclamaba la urgencia de una ética global que contrarrestase a los nuevos poderes globales. En este sentido, sospecho que percibió con claridad la escasa capacidad de actuación de los Estados y la necesidad de algún tipo de gobierno mundial. La Historia le hizo ser o bien un optimista cansado o bien un pesimista reticente. Pero nunca dejó de creer en la inteligencia y en la habilidad humanas para solucionar los problemas y construir espacios provistos de sentido y esperanza. Por supuesto, siempre que estemos dispuestos a asumir el riesgo de pensar y de confiar en el futuro.

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