Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

La canción de Sibelius

Si los psicólogos subrayan que la infancia es la tierra natal de la felicidad, la tradición actúa como una liturgia de la memoria. Igual que cada año por estas fechas, el bazar de la iglesia sueca anuncia la llegada del Adviento y de la Navidad. La luz frágil de las candelas, el olor untuoso de los bollos de canela y de azafrán nos recuerda que la oscuridad de los fríos meses de invierno no dicta el futuro y que la tierra, como la humanidad, vuelve a renacer cada primavera. La belleza de las tradiciones reside en que apela a algo anterior a nosotros, que se sustancia de algún modo en nuestra niñez y en nuestro hogar. No en vano, el doctor Johnson, hace ya siglos, aseveró que "el objetivo de toda labor humana debe ser conseguir un hogar feliz". Esas emociones vehiculadas por los ritos, las tradiciones, la memoria y, por supuesto, también por la esperanza de un futuro mejor, constituyen los pilares de esa casa ordenada que debe ser la vida, incluso cuando cae la noche y arrecia la ventisca. Hay un pasaje de las epístolas morales que Séneca escribió para su amigo Lucilio en el cual el filósofo cordobés se pregunta cómo debe comportarse el hombre asediado por las desgracias. En su respuesta apela a Júpiter el mayor de los dioses quien, "una vez destruido el mundo, confundidos los dioses en uno, quedando poco a poco inactiva la naturaleza, se recoge en sí mismo entregado a sus pensamientos". Entregarse a uno mismo también significa confiar en esa gratuidad gozosa que nos conceden los rituales de la memoria.

Voy con mis hijos al bazar de la iglesia sueca, como mis padres fueron conmigo. Recuerdo que, en esa pequeña capilla, se casaron unos tíos míos hace ya tres décadas. Recuerdo las luces de la noche y el puerto que se divisa desde sus ventanales. Recuerdo la textura del libro que yo leía sentado en el suelo. Recuerdo el olor de la bollería escandinava como un estandarte de la avidez del deseo. Veo a mis hijos bailar una canción en inglés después de comer, como me imagino que mis padres me vieron a mí. Y les oigo dar gracias en un idioma suyo, que ya les es ajeno y que seguramente nunca comprenderán. Ese suave fluir de la vida, que va sumando capas mientas otras quedan veladas, va surcando el tiempo. El historiador inglés Owen Chadwick dijo en una ocasión que, entre las capacidades del hombre, no se encuentra el dotarse de una consistencia que podamos considerar perfecta. Andamos así a tientas, guiados por la luz tenue de las estaciones. Veo a mis hijos y me pregunto qué recordarán ellos de la felicidad privada de sus padres, incluso cuando sabemos que el amor deja huellas que a menudo cicatrizan mal. No existe un amor limpio.

El domingo, poco antes de irnos del bazar, subió al altar de la iglesia sueca disfrazado de Papá Noel el que fue durante treinta años el bajo principal de la Ópera de Estocolmo: Martti Wallén. Pidió permiso para interpretar tres villancicos a unos amigos finlandeses que se sentaban en nuestra mesa. Cerró con una canción de Jean Sibelius, la voz ya ajada, quebrada, la musicalidad intacta y soberbia. Poco a poco, el murmullo de la gente se fue apagando ante a lo que Steiner denomina una "presencia real", la sustancia de una emoción que el oyente reconoce como verdadera. En etsi valtaa, loistoa, se titula el villancico; "Yo no ansío ni el poder ni la gloria ni el oro?", dice en castellano. Y, mientras iba entonándola, pensé que el arte detiene el paso del reloj al igual que hacen los ritos, la tradición y la memoria. Y que en la voz de Wallén resonaba un tiempo muy antiguo, que debió ser el de su niñez, como lo ha sido para la mayoría de nosotros. Un tiempo constituido por una oscuridad nevada, el calor del hogar, la luz de unas brasas, la esperanza de la Navidad, unas músicas, el olor de las especias y el vino caliente. Y, por un instante, tuve la seguridad de que ese himno de Sibelius valía por toda una oración.

Compartir el artículo

stats