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Jose Jaume

Puesta de largo

El PP presenta en sociedad a las jóvenes promesas que Mariano Rajoy ha incorporado a los cargos de meritorios de la dirección nacional del partido. La convención que se abre hoy en Madrid, se ha diseñado para dar inicio a la campaña electoral que nos llevará a las elecciones generales de noviembre o diciembre, dependiendo de que al Gobierno, en otra de sus alambicadas contorsiones, le dé por aprobar en octubre los Presupuestos Generales del Estado. Uno de los debutantes de la puesta de largo preparada por los populares es Pablo Casado, formalmente vicesecretario de comunicación. Casado ha exhibido rápidamente unas maneras muy llamativas. Descolgarse con que en Grecia hay una insólita situación de violencia y de robos a mansalva a los pensionistas no es una temeridad enunciada contra todas las evidencias, sino, simplemente, el resultado de los ardientes deseos de un petimetre de agradar a su jefe. Nada muy distinto a lo dicho por Cristóbal Montoro en el Congreso de los Diputados sobre las colas que los jubilados tienen que soportar en Atenas para cobrar su pensión. Cáritas puede ilustrar al señor ministro sobre las colas en demanda de comida que se multiplican por las ciudades españolas o los problemas que tienen las nuevas administraciones locales y autonómicas para abrir en verano los comedores escolares. Discursos que siguen disciplinadamente la estela del enmarcado convenientemente por el presidente Rajoy, al asegurar que si Grecia votaba no en el referéndum abandonaría el euro sin remisión.

Los populares han decidido que para ganar las elecciones generales han de pintar un cuadro tremebundo de lo que está acaeciendo en Grecia contraponiéndolo al esplendoroso futuro que nos aguarda a los españoles si seguimos confiando en Mariano y los suyos. Por ello, nos advierten de que PSOE y Podemos, el primero por haberse entregado al segundo y éste por ser un trasunto de Syriza, el partido del primer ministro Alexis Tsipras, no es que no sean de fiar, que no lo son, sino que confiarles el gobierno de España es adentrarse en el reino del irás y no volverás. Rajoy y los que le siguen enuncian, en un a veces no muy afinado coro, que de ninguna manera se ha de abandonar la senda reformista (eufemismo con el que se evita nombrar a las cosas por su nombre, que no es otro que el de recortes y estrecheces a mansalva), la que ha evitado a España el rescate. No se cita el de las cajas de ahorro, los más de cien mil millones de euros que, en contra de lo enfáticamente prometido, sí estamos pagando los ciudadanos.

Hasta el mismo día de las elecciones, en el PP no se dejará de reiterar que Podemos es un partido radical, de izquierda extrema (existe un absurdo temor a utilizar la terminología clásica: extrema izquierda y extrema derecha), acompañado con la coletilla de que el PSOE ha tirado por la borda su tradicional ideología moderada de centro izquierda para abrazarse al populismo extremista. Tampoco Ciudadanos es de fiar, aunque no se le pueda encasillar en el apartados de radical, extremista o populista. Le están buscando las vueltas por algún otro lado.

Al PP le convendría leerse con calma y sosiego las encuestas que elabora el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en cuanto a la posición ideológica en la que los españoles percibimos que están situados nuestros partidos políticos. Se toparán con el dato de que simétricamente se considera al PP tan de derechas como de izquierdas a Podemos. De uno, extrema izquierda, a diez, extrema derecha, resulta que el PP es puntuado con un ocho y medio, muy cerca de la derecha extrema, para utilizar la terminología políticamente correcta, y Podemos de la izquierda extrema con un dos y medio. Mayor simetría imposible. Así que el intento de desplazar a Podemos hacia posiciones tan radicales y afirmar que el PSOE es su inopinado compañero de viaje, tiene la contrapartida de que el PP transita por los márgenes opuestos, siendo considerado por los ciudadanos tan extremista como lo es Podemos, solo que ubicado en los indeseados lindes de la derecha extrema.

No es razonable pensar que a los populares les vaya a dar por modificar su estrategia, por muchas relecturas que lleven a cabo de las encuestas del CIS. Se va a apelar directa y concienzudamente al voto del miedo. El PP sabe que a finales de año se las verá con una situación muy difícil, peor que la deparada por las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo. No padecen el espejismo de que es posible lograr una nueva mayoría absoluta, pero sí albergan la esperanza de llegar al centenar y medio de diputados, frontera a partir de la que es factible gobernar en minoría con la ayuda de quien sea, pero seguir gobernando. La estrategia es la descrita: alentar el voto del miedo y hacer ver que Podemos y PSOE pueden llevar a España a una situación muy similar a la que está sacudiendo Grecia.

¿Funciona hoy el voto del miedo? En Grecia, evidentemente, no. En España las apuestas se decantan a que tampoco lo hará. En las municipales y autonómicas no lo ha hecho, y mucho menos en las ciudades, donde la progresión de la nueva izquierda ha sido mucho más llamativa de lo que se esperaba. Madrid y Barcelona son hoy dos capitales nítidamente volcadas hacia la nueva izquierda, lo que preocupa no poco a los socialistas. Junto a ellas hay muchas otras que han visto un inopinado desplazamiento de las preferencias de los electores hacia esa izquierda que en el PP se denomina populista y radical: Valencia, Cádiz, Zaragoza, La Coruña y hasta en Palma, donde, por primera vez en su historia, contará en el plazo de dos años con un alcalde que no será el resultado del bipartidismo que ha venido imperando hasta hoy.

Las elecciones generales van a marcar el final de una época, la iniciada con la Constitución de 1978. Nos estamos adentrando velozmente en un tiempo nuevo en el que la invocación al voto del miedo está condenada al fracaso. El PP lo va a intentar. Hará todo lo que pueda para no verse obligado a ceder el poder tras haberlo manejado cuatro años con una mayoría absoluta que a unos pocos meses del final de la legislatura es evidente que se le ha atragantado. Solo así puede entenderse el estilo bronco que tanto desde el Gobierno como del partido se ha impuesto. Es verdad que no están en condiciones de cambiar de discurso. Ni pueden, ni saben, ni quieren.

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