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El capitalismo y la vejiga

Decidida a epatar a los burgueses, la nueva alcaldesa de Barcelona acaba de nombrar jefa de comunicación de su Ayuntamiento a una artista del posporno que ejerce entre otras habilidades la de orinar de pie en la vía pública. Los burgueses ya no están para muchos asombros a estas alturas, de tal modo que la provocación sólo ha encontrado eco entre unos pocos carcamales (y no todos de la derecha).

Si acaso, la rompedora política de personal de Ada Colau ha permitido que muchos tuviesen o tuviésemos noticia de la existencia del mentado posporno: un movimiento que al parecer lucha contra la opresión capitalista de género. Si el capitalismo oprime la vejiga, por ejemplo, lo adecuado es combatirlo ejerciendo la libertad de hacer pis en la calle, como la recién contratada directora de comunicación del consistorio barcelonés.

Hay algo de entrañable en este deseo de hacer la revolución desde instituciones tan municipales y espesas de suyo como los ayuntamientos. El catecismo del buen revolucionario sugiere que el poder ha de tomarse al asalto para cambiarlo todo, si bien es cierto que en algunos países, tal que México, se aplican fórmulas intermedias.

Ese modelo, ya intuido por Valle-Inclán en su novela de tierra caliente Tirano Banderas, ha alcanzado su más perfecta expresión en el Partido Revolucionario Institucional que gobierna en México casi desde los tiempos de Pancho Villa. Ahora podría implantarse también en España, donde la izquierda anticapitalista se ha hecho con las alcaldías de las grandes ciudades del país.

Ser revolucionario e institucional a un tiempo plantea algunas contradicciones, naturalmente. Puede darse el caso, por ejemplo, de que un alto cargo (o alta carga) de la nueva política municipal vaya por ahí alentando a hacer aguas menores en la rambla, por más que el Ayuntamiento que le paga sancione con multa esos desahogos. En tal circunstancia no queda sino elegir entre el cuidado de la higiene pública y las reivindicaciones urinarias del movimiento posporno. Todo a la vez no puede ser.

Ya el historiador François Guizot estableció a este respecto que "no ser revolucionario a los veinte años demuestra falta de corazón, y serlo después de los cuarenta demuestra falta de cabeza". La novedad en el caso de los insurgentes institucionales de España es que ya ni esperan a cumplir la preceptiva cuarentena para encaramarse como los burgueses de toda la vida a las alcaldías, los parlamentos y quién sabe si también al Gobierno del país.

Ocurre entonces que los revolucionarios de tan temprana arribada al poder se ven en la disyuntiva de compaginar sus ideas anticapitalistas con el cobro de una nómina que los obliga a respetar ciertas convenciones burguesas o, simplemente, profilácticas. La de no mear en la calle, un suponer.

Tal es el dilema que ahora se le plantea a la recién estrenada alcaldesa Ada Colau en Barcelona. O bien deroga las ordenanzas que sancionan con multa de 300 euros a quien se alivie la vejiga en la calle, o llama al orden a su nueva jefa de comunicación para que deje de promover esos modales.

A fin de cuentas, el posporno no debe de ser tan revolucionario como lo presentan, si se tiene en cuenta que el productor de algunas de las primeras películas pornográficas en España fue el rey Alfonso XIII. Salvo que fuese un adelantado de la revolución institucional, que todo podría ocurrir.

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