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José Carlos Llop

Camp de Mar

El libro de este verano es un poemario y se titula Camp de Mar. La palabra poemario ahuyentará a los lectores, pero el topónimo Camp de Mar atraerá a algunos desertores, quiero creer. Los que se queden pertenecen a los Happy Few: leyendo Camp de Mar serán personas no sólo más cultas, sino mejores. Ocurre con la poesía, cuando lo es.

Andreu Jaume, su autor, es un mallorquín transterrado que lleva más años viviendo en Barcelona de los que ha vivido en la isla. Cuando regresa, lo hace olímpico y no se mezcla (como si no hubiera llegado aún y ya se está marchando). No se mezcla pero escribe una biografía sobre Thomas Harris en la misma casa de Camp de Mar donde vivió Thomas Harris. Así que Andreu Jaume es un hombre que escribe sobre un espía que fue coleccionista de arte y murió en Mallorca en un accidente de automóvil. Sobre él publicó una novela Antoni Serra, cuyo protagonista investigador tenía algunos rasgos míos -eso dijo al menos Serra en una entrevista que guardo- y es de los piropos que más me han gustado en esta vida. Pero aunque Toni Serra escribiera una novela y todos tengamos una teoría -más o menos real o fantasiosa- sobre Thomas Harris, no sabremos la verdad sobre el caso T.H. hasta que se acabe el libro que Andreu Jaume escribe cuando está en Camp de Mar y el fantasma de Harris bebe whisky de malta con él.

Andreu es anglófilo (y más cosas) y sabe que una biografía ha de ser minuciosa y extensa y que mientras uno la escribe hay tiempos donde se reposta en otra parte. Andreu Jaume no se conforma con poco. Edita la obra completa, se dice pronto, de Shakespeare y de Marlowe (a quienes traduce aquí y allá), revisa La tierra baldía de Eliot y publica -acaba de hacerlo- una edición maravillosa y canónica del poema eliotiano. Tanto reúne la poesía de Philip Larkin y de Zbigniew Herbert, dos grandes del siglo XX, como escribe en El País artículos brillantes y cargados de sentido común en medio del delirio habitual. Pero antes selecciona e introduce los textos críticos de Cyril Connolly, T.S. Eliot de nuevo, o Edmund Wilson, sin despeinarse, y revisa a Gil de Biedma desde una pasión intelectual que acaricia lo filial. Me dejo en el tintero muchas más cosas (ya lo he dicho antes: es anglófilo y más), pero sólo la mitad de lo dicho bastaría. Más todavía cuando uno cae en la cuenta de que a Andreu Jaume -aunque no lo parezca-todavía le faltan un par de años para cumplir los cuarenta.

Cuando lo conocí, sólo tenía veintipocos y ya hablaba como un hombre mayor de lo que es ahora. De vez en cuando, emitía una risa tan fresca como atronadora y con ella la lucidez que permite a su interlocutor ser más lúcido también de lo que es „o no„ habitualmente. Aquella noche charlamos de muchas cosas y la sintonía fue grande, pero hubo un momento „era verano y en la terraza, ya a oscuras, de un hotel con jardín y piscina„ en que sucedió. Pronunciamos al unísono un nombre -el de Carlos Barral- y ninguno de los dos hablábamos del editor o del memorialista, sino del poeta. El poeta rilkeano, oscurecido por las poéticas más cálidas de sus compañeros de generación. Nuestra devoción por la poesía barraliana remató la faena de aquella noche, que fue larga, salpicada de humor y con destellos inolvidables. Nos acompañaban Vila-Matas y Paula y todavía vivíamos en el siglo XX.

En todos estos años -donde Andreu Jaume también ha sido el editor en Lumen de dos de mis libros de poesía- nunca pensé que fuera un poeta clandestino. Y durante siete años -el tiempo de escritura de Camp de Mar- lo ha sido. La miopía era mía, porque su comprensión y disección de gran parte de la poesía del siglo XX no hablaba sólo de la sensibilidad y la inteligencia de un buen lector. Había algo más y ese algo acaba de mostrarse en Camp de Mar, libro del verano, ya dije, en Mallorca y su primer poemario.

Camp de Mar es un extenso poema donde la emoción está siempre mantenida a raya por la inteligencia, la observación y la meditación sobre esa emoción. Un poema donde está Rilke y está Eliot, está Auden y está Wallace Stevens: no es mala tradición para enmarcarse. Y donde hay una lectura de la Mallorca del siglo XX -y su paisaje-, alejada de la demagogia y el sentimentalismo. Es poesía metafísica y es poesía social y poesía íntima también. Es concentración de símbolos y conversación en voz baja. Pero para el lector del libro del verano, Camp de Mar es memoria. La del insular que necesita de otras islas. La del insular enraizado en el paisaje. La de una isla que para explicarse necesita del mito y de lo primigenio. Como necesita el hombre del amor para ser interpretado y hallar el lugar que le salva o le condena. Inglaterra o Grecia, las tierras de Darwin más allá. Todo eso está en Camp de Mar. Como están los veranos de infancia y las claves que han hecho de Andreu Jaume un mallorquín transterrado que cumple su Destino y de vez en cuando regresa (como si no regresara) para volver a irse. Camp de Mar es un libro al que regresar todos los veranos. Eso pienso hacer, al menos, con mis fragmentos favoritos -los cantos IV y el VII, que es verdaderamente espléndido-. No se lo pierdan, que un libro así no aparece todos los años.

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