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La fragilidad de la democracia

Erdogan, que comenzó siendo como primer ministro un hábil gobernante democrático empeñado en que Turquía ingresara en la Unión Europea, se fue endureciendo ideológicamente hasta alentar un islamismo moderado pero chocante con el laicismo fundacional del régimen que había dejado instalado Ataturk. Tras abandonar voluntariamente la jefatura del Gobierno, consiguió ser elegido presidente „sin poder ejecutivo„ y ahora ha intentado que su partido islamista moderado, Justicia y Desarrollo (AKP), obtuviera la mayoría cualificada que le hubiese permitido erigir un régimen presidencialista del que él sería el gran líder, tras una deriva autoritaria que lo ha llevado a perseguir a los opositores y a radicalizar los signos religiosos del sistema. Por fortuna, el AKP ni siquiera ha conseguido la mayoría parlamentaria simple por lo que deberá gobernar en coalición. Las aspiraciones de Erdogan se han desmoronado.

En principio, se trata de un triunfo del pueblo turco, pero cuando un autócrata como Erdogan intenta marrullerías para afirmarse y perpetuarse y fracasa, siempre hay que temer que vuelva por sus fueros de otra manera y con otros subterfugios. La democracia es frágil y, por su propia naturaleza crédula y humanista, brinda a sus enemigos armas poderosas para destruirla. Por esto, los turcos deben estar muy atentos para que esta victoria, que mantiene a Turquía como un país laico, abierto y democrático, no sea un simple paso hacia otras tretas del ambicioso Erdogan.

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