Opinión | Las cuentas de la vida
Daniel Capó
Sin tiempo libre
Con jornadas que llegaban a superar las 65 horas semanales, a principios de la década de los ochenta los japoneses empezaron a utilizar la palabra kar?shi para designar las muertes causadas por el exceso de trabajo. El kar?shi sería la consecuencia del estrés laboral: los ictus y las embolias entre los jóvenes; los infartos tempranos en esa franja de edad, estrenados los 35, en la que Dante Aligheri situó "la mitad del camino de la vida"; los suicidios - un tercio del total, según la policía nipona - causados por el burnout; los accidentes de tráfico y, quizás, también algunos tipos de cáncer. Vidas marcadas por la rutina asfixiante de la productividad, que terminan en una muerte precoz, como antes caían los jóvenes en el frente de guerra o por una infección casual. Víctimas de una ilusión de libertad, el kar?shi expresa la idea de ese caminar irreflexivo y confiado, casi adolescente, hacia la propia destrucción. En una entrevista para el periódico madrileño ABC, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que, "en nuestra época, el trabajo se presenta en forma de libertad y autorrealización. Me (auto)exploto, pero creo que me realizo. En ese momento no aparece la sensación de alienación. De esta manera, el primer estadio del síndrome burnout (agotamiento) es la euforia. Entusiasmado, me vuelco en el trabajo hasta caer rendido. Me realizo hasta morir. Me optimizo hasta morir. Me exploto a mí mismo hasta quebrarme. Esta autoexplotación [?] va acompañada de un sentimiento de libertad". Un sentimiento, claro está, fraudulento, engañoso y arriesgado, aunque, con el avance de la tecnología y los efectos del análisis estadístico, la idolatría del rendimiento ya forme parte de nuestro ADN cultural. Todo se mide desde la productividad, incluido los ámbitos más íntimos: "Ni siquiera el ocio o la sexualidad - prosigue Han - pueden rehuir el imperativo del rendimiento". Se cuantifica el número de coitos, el minutaje de los mismos, la calidad de los orgasmos (o su ausencia), la tasa reproductiva de las parejas y la infidelidad conyugal, ya sea desde la perspectiva de género o de clase. El erotismo queda así reducido a la métrica industrial. Del mismo modo, el ocio se sumerge en los baremos presuntamente objetivos del best-seller. ¿Cuántos libros vende cada autor? ¿Cuántos seguidores consigue un pensador en Twitter? ¿Qué tipo de cine se descarga? Según los últimos estudios de los Big Data, resultan suficientes diez "me gusta" en Facebook para definir nuestro perfil psicológico y sólo cuatro compras con la tarjeta de crédito para encajarnos en una determinada categoría de consumidor. El estigma nos persigue desde el inicio de la transparencia tecnológica: no estar a la altura de lo que señalan las estadísticas, de la productividad creciente, del rendimiento exigido, hasta que llegue el fatal desenlace del kar?shi.
Para la prensa internacional, Asia se presenta como la potencia emergente dispuesta a desafiar la tradicional primacía de Occidente. Las manufacturas asiáticas penetran en Europa al igual que una ciclogénesis explosiva, alterando los viejos equilibrios del ecosistema industrial. Los datos del estudio PISA demuestran la notable superioridad escolar de los alumnos del Extremo Oriente sobre los nuestros. Los ingenieros hindúes copan Silicon Valley. Los mejores matemáticos del mundo llegan de Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Shanghái. Son lugares donde rige una competitividad extrema bajo la doble divisa de la ambición profesional y de un sentido cuasi religioso del trabajo. Se habla mucho de la expansión de la American Way of Life, pero se podría acudir también al reverso asiático: un horizonte sin huelgas ni tiempo libre, definido por el dogma del trabajo productivo a cualquier precio y en cualquier momento. Realmente, no es sino un totalitarismo como cualquier otro, que dejará su buena ristra de víctimas. De hecho, ya están aquí, las víctimas digo, en forma de muertes tempranas, de enfermedades laborales, de estrés y de depresión, de enormes diferencias salariales y patrimoniales, de un altísimo paro estructural que convive con el multiempleo. Faltos de un claro punto de equilibrio, Byung-Chul Han ha titulado precisamente uno de sus últimos libros La sociedad del cansancio. Sin duda, parte del actual malestar social y político tiene su origen en la fatiga que provoca un espejismo carente de futuro, escaso de esperanza. Como fantasmas que se adentran en una espesa niebla.
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