26 de noviembre de 2014
26.11.2014

El doble salto mortal del exiliado

25.11.2014 | 23:19
El doble salto mortal del exiliado
Juan Goytisolo entró, hace ya muchas décadas, en la historia de la literatura española del siglo XX con un puñado de obras acunadas en el serón del realismo social antifranquista del medio siglo. Eran –además de la impresionante denuncia viajera que tituló "Campos de Níjar"– ocho o nueve novelas, alumbradas entre principios de los 50 y los primeros 60, que desembocaron en la que, para muchos autores de libros de texto, representa su cima narrativa, "Señas de identidad".

Sin embargo, hace ya años, el propio Goytisolo redujo a su cabal proporción todas esas obras canónicas –que hace unas horas celebraron algunos comentaristas– y las calificó de "novelas de aprendizaje".

Ayer mismo, Goytisolo dio una segunda puntada en el mismo bastidor al afirmar: "Lo que he escrito a partir del último capítulo de 'Señas de identidad' es a la vez prosa y poesía". Una declaración que sin duda regocijará a quienes piensan que ahí, en ese último capítulo de "Señas de identidad", comienza el Goytisolo que merece la pena leer. Que también es el que, a veces, claro, cuesta más trabajo leer. No en vano es difícil encontrarlo en las góndolas de los supermercados.

Hablo, por supuesto, del Goytisolo de "Don Julián", pero hablo aún más del de "Juan sin Tierra" y "Makbara", las dos cumbres de su impulso experimental; o del anticipatorio de "Paisajes después de la batalla" y, por supuesto, del autor de esa joya, hija de un san Juan de la Cruz pasado por el tamiz del sida, que son "Las virtudes del pájaro solitario".

Todo ese rosario de obras maestras –publicado entre 1966 y 1988– nace curiosamente de una especie de doble salto mortal: la expatriación en Marruecos de quien, desde los años 50, ya venía siendo un exiliado. El joven burgués barcelonés que, con apenas 25 años, había encontrado acomodo de lujo para su antifranquismo en la izquierda exquisita de París, buscó diez años después más comprensión para su homosexualidad en el norte de África y durante 30 años repartió su tiempo entre París y Marrakesh.

Esta frecuentación de Marruecos –país en el que desde hace dos décadas reside todo el año– amplió el campo de su disididencia desde el antifranquismo juvenil hasta el estudio profundo de heterodoxos tan diversos como Molinos o Blanco White. En paralelo, las costumbres locales dilataron los umbrales perceptivos de su conciencia –dejando huella en su escritura– y su anclaje en la sociedad árabe le permitió comprender mejor el conflicto con Occidente. Pocas veces el exilio de un ya exiliado ha sido más fértil. Y pocas veces habrá tardado más un Estado en darse cuenta.

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