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Europa, 1932. España, 2014 (y II)

Parafraseando a Fray Luis de León, decíamos ayer que son muchos los paralelismos que pueden establecerse entre la situación actual y la de la Europa de entreguerras. La imposibilidad de los partidos políticos de representar los intereses de los ciudadanos y su esfuerzo en defender el statu quo, el descrédito de las instituciones democráticas y la pauperización de los ciudadanos ayudaron significativamente al auge de los totalitarismos. Una advertencia, una tentación que se repite en situaciones de miseria política, social y económica. Ahora bien ¿cómo es posible que los populismos obtuvieran un respaldo mayoritario? ¿Qué ocurrió en Europa para que el viejo continente fuera protagonista de uno de los episodios más vergonzosos de la historia de la humanidad? Hannah Arendt, entre otros autores, puede arrojar aún algo más de luz sobre estos interrogantes. Porque conocer la Historia debería servir para no repetirla.

En Los orígenes del totalitarismo apunta que los grupos totalitarios "eran similarmente vagos respecto a sus ulteriores objetivos reales y estaban sujetos a constantes cambios en sus líneas políticas. Lo que les mantenía unidos era mucho más un talante general que un objetivo claramente definido". Era mucho más eficaz la falta de concreción para atraer a las masas. Por otro lado, "la iniciativa siempre descansaba exclusivamente en el populacho, conducido por un cierto tipo de intelectuales". Ya en los años 30 se produjo una alianza entre los más desfavorecidos y las élites de muchos países entorno a los movimientos totalitarios; seguidores que jamás habían llegado a los partidos tradicionales. "Parecía revolucionario aceptar el desprecio por los valores morales. ¡Qué tentación la de elogiar las actitudes extremistas frente a un Parlamento corrompido y la carcoma de una sociedad que se derrumba!". Sin embargo, "etiquetar simplemente como estallidos de nihilismo la violenta insatisfacción por la época significa pasar por alto cuán justificada podía hallarse la repulsión hacia la situación". Razón no les falta a quienes critican la putrefacción del sistema, pero hay que recordar que "los miembros de la élite no pusieron reparos al hecho de tener que pagar un precio, la destrucción de la civilización, por el placer de ver cómo se abrían camino aquellos que habían sido injustamente excluidos en el pasado".

Quien asimismo ayuda a explicar el origen de la barbarie es Sebastian Haffner, periodista que vivió en primera persona el auge del nazismo, en Historia de un alemán. Cree que, para que el mecanismo de los totalitarios fuese perfecto, tenía que ocurrir lo que ocurrió: "La traición cobarde de todos los partidos y organizaciones en quienes habían confiado la mayoría de los alemanes en las anteriores elecciones". Frente a esta decepción, "Hitler prometía todo a todos, y esto lógicamente le proporcionó un enorme grupo de electores y partidarios aislados, compuesto por personas faltas de juicio, decepcionadas y empobrecidas". Coincide su diagnóstico con el del periodista español Manuel Chaves Nogales en La agonía de Francia. Exiliado durante la Guerra Civil, cuenta también como testigo directo la caída del país en manos de los nazis: "El gran señuelo del totalitarismo consiste en que, mientras la democracia mantiene a las personas en un estado de permanente impureza, el totalitarismo es un Jordán purificador maravilloso, aparece ante las masas como un arcángel resplandeciente". Haffner había advertido que "en Alemania, los tontos y los malvados iban aumentando y tornándose en amenaza", mientras quienes no simpatizaban con los totalitarios no tenían partido al que apoyar. Una vez que Hitler accedió al poder, el país cambió mucho en muy poco tiempo. Haffner se pregunta cómo es posible que todo fuese tan distinto: "¿Tal vez fuera precisamente porque todos estábamos tan seguros de que no podía ser de otro modo y confiábamos tanto en ello que no nos propusimos hacer nada para evitarlo?". Y es que, ante los primeros atropellos a las leyes y a las personas, no pasó nada. Hasta que "nos habíamos adentrado en lo imposible demasiado rápido y con demasiada intensidad como para que hubiese algún límite". Cayeron en la vergüenza sin oponer resistencia, con una "tranquilidad indiferente y engreída, inclinados a no tomar a los nazis muy en serio".

Con estos precedentes, no está de más recordar a las generaciones que han crecido en democracia que ésta no crece en los árboles. Que la lucha por la dignidad del ser humano, su mayoría de edad y su emancipación de servidumbres y supersticiones ha durado siglos. Que mantener estos logros ha de suponer necesariamente esfuerzo y sacrificio. No hay derechos sin deberes. En palabras del propio Haffner "en ocasiones uno sólo puede salvar la paz de su alma sacrificándola y exponiéndola". Chaves Nogales también atribuye la caída de Francia en manos de Hitler al egoísmo, a la negativa luchar en una guerra por unos valores en los que no se tiene fe: "La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones sin ningún sentido". Cree que las democracias no sucumben a los totalitarios si no están interiormente podridas: "En Francia actuaban con impunidad fuerzas antidemocráticas que estaban resueltas a hundir el país con tal de que se hundiese el régimen. El único pecado de la democracia ha sido no aniquilar esas fuerzas de destrucción antes de que provocasen la rebelión de las masas estimulando sus más bajos instintos". Los enemigos de la democracia se aprovechan de sus libertades para destruirla, desde dentro o desde fuera. La situación actual no es nueva; ahí están los libros. Sólo hace falta aprender las lecciones.

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