Cuando todos estábamos obnubilados por la corrupción y Cataluña, entre otras cuestiones menos nacionales, surgía una especie de partido político casi desconocido y de naturaleza entre asamblearia y populista. Como mascarón de proa un hombre joven y del todo atrevido, presente una y otra vez en tertulias televisivas capaz de aniquilar al adversario más cualificado con una retórica de libro. Nos llamaba la atención su coleta un tanto desaliñada, su camisa blanca de manga vuelta y unos tejanos provocativos, una imagen completamente desconocida en la selva política, imagen mucho más sindical que parlamentaria. Casi siempre aparecía rodeado de una guardia de corps, joven y no menos atrevida, con la inteligente intención de diluirse un tanto en el grupo, en la asamblea, en el conjunto? pero dejando caer que solamente él era el líder y representante cualificado. Había sido profesor universitario de política en los madriles, fundador de dos emisiones mediáticas, y se llamaba Pablo Iglesias, en un detalle memorístico que producía sonrisa e interrogación. No era el Pablo Iglesias socialista de antaño. Para nada. Era un nuevo Pablo Iglesias que asustaba a los socialistas españoles porque parecía situarse a su izquierda sin acatar obediencias clásicas. Mucho más marxista que los marxistas reciclados de Suresnes. Y aquí lo tenemos con su partido a cuestas, con una asamblea que le ha colocado en la cima del grupo como dueño y señor de sus fervientes partidarios y para escarnio de los dos grandes partidos que nos dominan. A sus 37 años, Pablo Iglesias es síntoma y realidad con su Podemos en la calle y en el parlamento europeo. Y ha llegado para quedarse. Y quedarse en plenitud de ambición y desparpajo. Pretende el poder puro y duro, echando por los aires el llamado "espíritu del 78" e innovando un tiempo nuevo. Que solamente él y alguien más del grupo suponemos que conocen y en algún momento nos lo explicarán de forma detallada. Una historia entre kafkiana y típicamente carpetovetónica. De momento, nos ha llegado el otoño. Suponemos que algo más tarde nos llegará el invierno. Y nuestra política se enfriará de purito escalofrío. Este hombre tiene detalles peculiares que auguran, más allá de críticas de medio pelo amedrentado, medidas novedosas. Yo no jugaría el típico juego del menosprecio. Me lo tomaría muy en serio. Y si no me creen, al tiempo.

Comprendo que el párrafo anterior es de una largura tremenda, casi ilegible para lo que se lleva en la actualidad. Pero está redactado con plena consciencia para procurar al lector una especie de tsunami verbal que esconda una realidad del todo imprevista y llamada a movernos los cimientos. Repetimos que vamos a vivir con Podemos y su Pablo Iglesias años y años, claro está que con sus evoluciones necesarias para alcanzar el poder, que de eso se trata, si se pretende cambiar la sociedad que amamos y odiamos al mismo tiempo. Porque el grupo y nuestro hombre son síntoma inequívoco de la hartura de los perjudicados por las soluciones económicas estructuradas desde la UE, para paliar el crack bancario. Estos tipos perjudicados van en aumento, pero es que además, como sucedió con los griegos en su momento, toman la calle con mayor frecuencia, entre otras razones porque en el parlamento de nuestra democracia carecen de voz decisoria entre tantos que pelean por el mismo pastel. Y han decidido seguir los pasos de quienes pretenden tirar el pastel por la ventana y en consecuencia modificar las estrategias de conquista.

A esta situación se le llama "ser sintomático" de una realidad tan honda que atraviesa la vida española mucho más que los independentistas catalanes, cuyo futuro es incierto en este momento. Y Pedro Sánchez se ve obligado a nadar entre la sensatez de Rajoy y la revolución de Iglesias, porque estamos hablando de una auténtica revolución desde las urnas y en el momento oportuno: tal es la demolición del "espíritu del 78" en su totalidad. Rajoy desprecia a este tipo de la coleta y su maximalismo, Sánchez no acaba de saber cómo responderle para que no se meriende sus votos, Lara cada día se sube más al caballo de este inesperado adversario, los nacionalistas se preguntan qué piensa de ellos, y los demás partidos asisten a esta ensalada de la perplejidad diciendo arbitrariedades. La UE calla. Porque otros países del grupo ya tienen sus propios neopartidos preocupantes. El G20 aplaude a Rajoy porque ha hecho los deberes perfectamente, pero nadie comenta en la mesa ovalada las consecuencias de la perfecta obediencia a los señores del dinero público de los contribuyentes sureuropeos, con la señora Merkel metiéndonos miedo a todos. El aplauso a Rajoy es estremecedor, y eso que comprendo su razón de ser y que nuestro Presidente esté satisfecho de poder sentarse entre los poderosos del momento. Sí, dinerito a salvo, salvación bancaria, multinacionales sonrientes, la bolsas resistentes, qué maravilla? pero los perjudicados en la bancarrota más abyecta, abriéndose el abismo entre ricos y pobres cada día más, aunque intenten explicárnoslo. Síntoma, cómo no.

Y cruel realidad. Porque el síntoma no es sólo hipotético. Se trata de un síntoma absolutamente objetivo de lo que sucede en la calle, aunque los biempensantes de turno lo maldigan y maldigan la misma realidad objetiva por la sencilla razón de que no es como debiera ser: la crisis no tendría que provocar la barbarie económica que provoca, esta crisis parece mentira que sea síntoma de manifestaciones, de quejas sin tregua, de rostros iracundos y de niños hambrientos. Qué mala suerte lo de las hipotecas mandadas a paseo, hay que ver en qué ha ido a para aquel 15M de marras, acampado en Sol, tan molestos los que llevaban tiendas de campaña y se reunían para criticarlo todo. Gente desarrapada, educada en el bolchevismo más radical. Pues bien, aquí están aquellos polvos con sus lodos. Unos lodos tan objetivos que es de pura lógica que se hayan convertido en síntoma y terrible realidad para el nacimiento de Podemos y el liderazgo de Pablo Iglesias. La injusticia siempre acaba por pasar factura, sobre todo a las clases medias que pagan los platos rotos de los dueños del gran dinero. ¿No recuerdan con nostalgia aquellos tiempos de los mileuristas?

Si a todo esto le suman nuestra fascinante y repugnante historia de la corrupción no solamente política porque también es ética y moral, entonces la realidad sintomática del grupo y de su líder aparece de la más absoluta sensatez, porque lo insensato sería que no surgiera el grito, aunque lleve coleta y juegue discursos demagógicos. Por supuesto que populistas, faltaba más. Pero nos preguntamos qué tipo de juegos juegan los de la cúpula dorada. No son populistas porque son absolutamente elitistas. Y uno se pregunta qué es peor. Entre la realidad sintomática del abismo social y económico que nos han obligado a organizar, y la corrupción de los "parecidos mejores", uno comprende perfectamente la aparición de Podemos y de su líder con reminiscencias castristas y chavistas, aunque piense también que muy probablemente se trate de una solución casi apocalíptica. Pero la inseguridad que me produce la aparición del grupo y de su líder, tengo que compararla con la inseguridad provocada por los recortes imparables. Esta es nuestra condena histórica: estar sometidos a extremismos a cual peor, cuando la mayoría de nuestros ciudadanos son buena gente donde la haya. ¿Solución? Intentar "el final de la escapada".