Desde que en 1948 se proclamó el estado de Israel, se produjo el exilio de 3,5 millones de palestinos, de acuerdo con los datos proporcionados por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriento Próximo UNRWA. La diáspora del pueblo palestino los diseminó entre Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Jordania y resto de países árabes del Golfo (Egipto, Irak y Libia). Tras estos hechos, la intervención militar se extendió al Líbano provocando una guerra civil que arruinó un maravilloso país, que en palabras de mis amigos libaneses se había ganado el sobrenombre de la "Suiza de Oriente".

La guerra del petróleo de 1974 y la primera Guerra del Golfo son efectos colaterales. Desde entonces, Occidente sigue temblando ante la amenaza expansionista del terrorismo integrista que nació como respuesta a Israel y a las políticas americanas de financiación de los talibanes en Afganistán, con el objetivo de hacer frente a la invasión rusa. Ello supuso el nacimiento de Al Qaeda. La posterior invasión americana televisada del Iraq dictatorial, que carecía de armas atómicas, ha concluido con la creación del Estado Islámico (IS) que ocupa Iraq y buena parte de Siria. En otras palabras, un paradigma de lo que no debe hacerse en materia de relaciones políticas internacionales, de acuerdo con lo que se enseña en las facultades de Ciencias Políticas.

Este breve relato de los hechos trata de contextualizar el nuevo posicionamiento de la alta responsable de política exterior y seguridad la Unión Europea, Federica Mohguerini, a favor del reconocimiento del Estado palestino, a la que España se adhiere a regañadientes. Y no es de extrañar teniendo a Gustavo de Arístegui como ideólogo español.

Comparto la tesis de Virginia Tilley explicada en su excepcional libro Palestina/Israel: un país, un Estado. La autora sostiene la imposibilidad de la vertebración de dos estados uno palestino y otro israelita por la fragmentación del territorio palestino consecuencia de la sistemática expansión de las colonias israelíes. Esta política hace inviable el asentamiento de un Estado palestino soberano. La soberanía se define en el Derecho internacional por unos límites territoriales, población concentrada y ordenamiento jurídico común. Por tanto, la citada ocupación israelí lo inhabilita desde el momento en que ese pretendido Estado palestino estaría ubicado entre carreteras construidas por el Estado israelí que atraviesan territorios sin población palestina. Las ciudades árabes se verían separadas las unas de otras a modo de islotes inconexos, carentes de comunicaciones y sin accesos directos entre sus respectivas poblaciones. Además, carecerían de recursos económicos por cuanto los cincuenta años de ocupación judía han subordinado el débil mercado palestino a la economía de Israel.

Otro argumento que hace inviable la existencia de dos estados es la imposibilidad de desmontar las colonias israelíes en Cisjordania que, no olvidemos, incluye la parte este de Jerusalén. Entre ambas poblaciones suman más de 500.000 colonos/judíos de una población total de ocho millones de habitantes. Su reubicación en un Estado de Israel supondría un coste económico y político inasumible para los ortodoxos judíos. Como muy bien explica Tilley la política expansionista judía se basa en fomentar un "traslado suave" de la población palestina; esto es, su emigración a Jordania, ante la axfisiante ocupación.

Israel sigue proponiendo la solución de los dos estados, mientras trabaja en la línea contraria: sigue extendiendo octubre 2014 su ocupación al resto de territorios en los que viven los palestinos con la complicidad de la Agencia Judía y la Organización Sionista Mundial. Además, como explica la autora, la soberanía palestina se encuentra con otro grave problema: la política hídrica de Israel que consume el 93% de los acuíferos de Cisjordania. Y como sabemos, el agua en esta ubicación geográfica, es más valiosa que el oro.

La existencia de dos estados no acabaría con la amargura y frustración de los palestinos, por cuanto el papel jugado por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), no ha sido bien visto por sus propios compatriotas. Su vuelta a Palestina supuso que se fragmentase entre la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y otros movimientos; ademas, se diluyó su fuerza de acción por no haber sabido canalizar una corriente de opinión unánime. De otra parte, las continuas actividades hostiles y terroristas de Hamas y el Jihad islámico han boicoteado cualquier paso adelante que se conseguiese por la vía de la negociación. Simultáneamente, esta importante desunión entre los palestinos ha sido utilizada por los judíos para justificar que la Intifada era contraria a los últimos procesos de paz.

La idea de un solo Estado que propone Tilley supondría compartir la Tierra Santa entre palestinos y judíos, pero no resuelve el caballo de batalla palestino: el retorno de los 600.000 árabes (ahora palestinos de corazón) expulsados en 1948, al que Israel se opone frontalmente.

Para quienes deseen conocer mejor esta cuestión, recomiendo la lectura del historiador israelí caracterizado por su visión conciliadora de Israel y el mundo árabe, Avi Shlaim. El muro de hierro: Israel y el mundo árabe.