Opinión
José Carlos Llop
Bustos
Para que luego digan que Mallorca no está a la moda. La biblioteca de Can Pueyo -Can Poio, en lenguaje palmesano- está presidida por un busto o cabeza del emperador Augusto que su actual propietaria quiere poner a la venta, o sacar a subasta. Se habrá cansado de verlo, o de que sus ojos glaucos la miren cuando cruza la sala. Augusto, el artífice de la pax que lleva su nombre, está ahora en boca de algunos nacionalistas catalanes, que no quieren que en Tarragona se le recuerde en su segundo milenio, supongo que por imperialista. Y, hablando de nacionalistas catalanes, la biblioteca de Can Vivot -Can Sureda, en lenguaje palmesano- está presidida por una pintura de Felipe V -alias el Coco-, tan de moda en este año 14. (Habría que pensar por qué las dos mejores bibliotecas privadas -la de Campofranco (Can Poio) y la de Vivot, dos marquesados borbónicos- pertenecían a filipistas ilustrados o partidarios del rey tan desamado ahora). Nadie va a vender el retrato de Felipe V que preside la biblioteca de Can Vivot y que está muy cerca de la Plaza Mayor, donde hay un busto del periodista Gabriel Fuster Mayans, Gafim, que estos días apareció con un plátano en la mano y coronado por un cable de electricidad que se tensaba sobre su testa. Lo del plátano, a Gafim, le habría hecho gracia. Lo de los cables, quizá también. Conocía su sociedad mejor que nadie, y aunque aquélla y la de ahora tengan poco que ver, en lo del cable eléctrico sobre el busto siguen siendo la misma. Él escribía sobre su ciudad y su sociedad en una sección del diario Baleares titulada ´Plaza Mayor´: de ahí que el busto esté donde está.
Al emperador Augusto le gustaban mucho los higos y de hecho parece que murió envenenado por un cestillo de dicha fruta. Otros aseguran que fue con ciruelas-claudia, pero yo creo que eso se afirma desde que vimos Yo, Claudio en televisión y supimos que la mujer de Augusto, Livia, era una pérfida dama que abogaba por liquidar a su marido en favor del malvado Tiberio. Yo no sé si a Gafim le gustaban o no los plátanos, pero imagino que sí. Era gimnasta y hombre saludable y a los hombres saludables de aquella época, la fruta les gustaba mucho y variada. En la fotografía que vi, el plátano, tan amarillo, quedaba muy bien en la mano de bronce: parecía un cetro del Paraíso Terrenal. Al fin y al cabo tanto el cetro como el plátano tienen el denominador común de lo fálico y a Gafim, la desnudez -andar o nadar desnudo- le gustaba.
Gafim es un hombre al que no se hace mucho caso. Un hombre, quiero decir, sobre el que no se vuelve. Tuvo su momento en vida, pero la muerte lo hibernó. Ni siquiera haber escrito un par de libros en catalán -libros que Moll le publicó en su colección ´Les Illes d´Or´- le ha salvado de la desmemoria voluntarista. Queda el busto y estos días pasados, un plátano en la mano. El hombre que, entre otras muchas cosas por y para la cultura de la isla, creó los premios Ciudad de Palma y los hizo bilingües en pleno franquismo, es un busto con un plátano. Y quienes pasan ante él no tienen, ni tendrán, idea de todo lo que hizo. Lo normal: lo mismo ocurre ante el busto de Quadrado en los jardincillos de Palau Reial y casi otro tanto con la estatua de Maura, bajo el ficus de la Plaça d´Es Mercat. Curiosamente todos conocen las habilidades del hondero balear de s´Hort del Rei y los hay, incluso, que buscan reproducciones en las tiendas de souvenirs y se encuentran con un boomerang australiano y un consolador de madera de olivo. Sic transit.
Con las estatuas pasan estas cosas y otras peores. O alguien les rompe un brazo -como a uno de los centuriones de la Rambla hace unos años-, o la turbamulta las arroja por tierra, o las decapita para poner sobre el cuerpo otra cabeza reinante. Ocurría a veces con las estatuas de Roma y algunas de ellas parecen hijas del doctor Frankenstein, el tronco de una, los brazos de otra y la cabeza de una más. Los anticuarios romanos hicieron su agosto con el cardenal Despuig, vendiéndole bastantes restos arqueológicos que más tenían de resto que de arqueología. Pero la cabeza de Augusto no procede de la colección Despuig, sino que -lo contaba documentadamente el cronista Bartomeu Bestard el pasado domingo- se encontró excavando en Pollentia, Alcúdia, hace ya varios siglos y de mano en mano, como la falsa moneda, fue. Hasta instalarse definitivamente en la biblioteca de Can Pueyo o Can Poio, una de las mejores, repito -con la de Can Vivot o Can Sureda-, de Mallorca.
De vez en cuando nos ponemos nerviosos cuando algo se vende o quiere venderse fuera. Entonamos jeremiadas y caemos en la melancolía o bilis negra por el paraíso perdido. Eso, siempre que no haya un interés personal -es decir, una comisión- en la venta. El argumento emocional de que lo compren nuestras instituciones a veces surge efecto y otras no. Pero suele acudirse a él cuando el bien a perder -aunque apenas nadie supiera antes de su existencia- es el de otro particular que no es, claro, quien se rasga las vestiduras. Que la isla se haya vendido a sí misma durante más de medio siglo no tiene importancia. Que siga hablándose de todo en términos económicos, tampoco. Pero que el busto o cabeza de Augusto pueda salir de aquí, se dice, es una oprobiosa ofensa que demuestra el paupérrimo estado de nuestra cultura. Lo que hubiera dicho Augusto al oír lo de ´nuestra´, mientras otros defensores de nuestra cultura -¡cuántas tonterías se dicen en tu nombre!- intentan impedir que en la antigua Tarraco se celebren actos de homenaje al emperador que tanto hizo por la ciudad. Gafim -el íntimo amigo del poeta Rosselló-Pòrcel, a quien éste dedicó su maravilloso poema Auca- habría escrito sobre el asunto un artículo mucho mejor que éste, que no es más que un homenaje a su recuerdo, con o sin plátano en la mano. Con o sin busto de Augusto.
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