02 de agosto de 2014
02.08.2014
Diario de Mallorca

El modelo sueco de Pujol

El president perpetuo de Cataluña proponía como referente de su país a Suecia, como si el ejemplo de la exigencia fiscal escandinava pudiera ser gobernado por Mobutu

02.08.2014 | 06:30
El modelo sueco de Pujol

Escena 1. Entrevista codo a codo con Pujol, a solas en la inmensidad de la Generalitat, envueltos en un mural tachonado de Tàpies. El president ya ha anunciado que no vuelve a presentarse, y que deja Convergència en manos de Artur Mas. Hace balance, el sonido del teléfono sobre la mesa interrumpe una pregunta. Pujol agarra el aparato y sostiene una conversación inquietante, sin inmutarse ante la presencia de un periodista que escucha solo una mitad del diálogo. "Sí,..., ya te dije que no era de fiar. Nunca quise a esa persona y nos ha engañado... Hemos de cambiar de procedimiento,..." Y así durante un par de minutos. La transcripción no hace justicia al tono, desde luego no era un intercambio sobre táctica política, sino el discurso del padre padrone. En una situación de abierta incomodidad, el entrevistador estuvo a punto de abandonar la sala por discreción. El juego de las preguntas y respuestas se reanudó sin pausa, Pujol continuó impartiendo lecciones a Cataluña y a España.

La confusión de lo público y lo privado exige una diferenciación previa entre los dos ámbitos, en la que Pujol nunca incurrió. Después de su sorprendente ascenso a primer presidente electo de la Generalitat en los albores de los ochenta, el titular del gobierno catalán se enfrentaba a la indefinición ideológica de la coalición CiU, y a su propuesta concreta para Cataluña. Con el cinismo que ha quedado como su única virtud no lesionada por la ocultación de millones de euros, el recién llegado pregonaba el modelo de la socialdemocracia sueca. El hombre que en 34 años no "encontró nunca el momento adecuado" para pagar los impuestos, se colocaba bajo la advocación de la exigencia fiscal escandinava, que basa su prosperidad en gravar de modo implacable los ingresos elevados. En su huida hacia adelante de décadas, imaginaba que en Estocolmo podía gobernar Mobutu, un referente más próximo a la experiencia de Pujol en el poder.

Las novelas de Stieg Larsson y sus decenas de epígonos han perturbado la visión planetaria de la rigidez legal escandinava, pero Pujol erigía a Suecia como el parangón del reparto equilibrado de las cargas. El máximo defraudador de Cataluña no limitaba su fascinación nórdica al rigor fiscal hacia las grandes fortunas, exceptuando la suya. Extendía el aprecio al área cultural. Instalado ya en la Generalitat y sin necesidad de justificar su programa, explicaba en la revista Catalònia que "Suecia es un país de ocho millones de habitantes, su lengua no es universal, pero contribuye, sin duda, con la aportación de sus prosistas, de sus autores teatrales, de su cine". En su fervor letrado, no explicaba cómo iba a promocionar la actividad artística sin pagar los impuestos que, según Oliver Wendell Holmes, "compran civilización".

El fondo de Warren Buffett ha garantizado legalmente una rentabilidad por encima del veinte por ciento en las últimas décadas. Suponiendo que los millones ocultados por Pujol fueran realmente cuatro, y que su rentabilidad sin cargas impositivas haya alcanzado la mitad del citado interés, en 34 años han pasado a 120 millones de euros. Mientras ejecutaba esta pirueta delictiva según propia confesión al margen de las prescripciones y del conocimiento de su familia, Pujol obligaba a su hermana a repartirse religiosamente al cincuenta por ciento el piso legado por la madre de ambos. Y siempre con su insoportable voluntad de didacticismo a cuestas, criticaba a los líderes del PSOE por haberse vuelto a casar. En su visión tridentina, la izquierda española había degenerado cuando entró en juego el club de las segundas esposas. Ahora bien, el matrimonio único pujolista facilita el ejercicio de la corrupción, porque nada hay más peligroso para una estructura mafiosa que los cambios bruscos en el accionariado.

Aplicando a Pujol la misma sangre fría que él impuso a sus finanzas, ya solo queda por decidir cuántos hijos del president entrarán en la cárcel, y si lo harán a tiempo de limitar el desprestigio de las autoridades por su inacción casi secular. En cambio, la imagen de la transición ha quedado liquidada sin remedio. El president catalán no ha tenido la suerte de Suárez, inmune tras sus trapicheos con Mario Conde. Los únicos ganadores son los dos fiscales de Banca Catalana, Carlos Jiménez Villarejo y José María Mena. Tenían razón, por lo que no se les hizo justicia.
Escena 2. Cena en pequeño comité con Miquel Roca i Junyent, en un ámbito esencialmente catalán. El eterno número dos de Convergència narra la visita en compañía de Jordi Pujol a uno de los ministros económicos más sobresalientes del felipismo. Una vez en su despacho del ministerio, el titular de la cartera pregunta a sus visitantes catalanes cómo han afrontado una determinada operación financiera de la Generalitat. El president le explica que ha sido harto dificultoso, para ajustarse a la legalidad. El ministro liberalsocialista le replica autosuficiente que "la próxima vez nos lo dices. Esto lo arreglamos aquí a través de Luxemburgo". Pujol se muestra estupefacto y, a la salida del encuentro, agarra del brazo a Roca sin dar crédito y repitiendo "¿qué ha dicho?, ¿qué ha dicho?" Cuesta encajar esta perplejidad con la desfachatez de un defraudador a escala estratosférica. Tal vez el expresident catalán, que no ha incorporado a su antiguo adjunto al equipo de defensa a diferencia de la Infanta, es antes que nada un consumado actor.

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