Mircea Eliade es el filósofo que con mayor claridad ha explicado algo que atañe a un concepto básico del urbanismo: la fundamental diferencia que existe entre el espacio sagrado y el espacio profano. Su pequeño tratado sobre la cuestión (1957) se convirtió de inmediato en imprescindible en todas las escuelas de arquitectura y de urbanismo. No existe, en la historia del hombre, asentamiento que no se organizara en torno a un espacio dotado de atribuciones singulares que lo convirtieran en algo respetado por la comunidad. Así ocurría tanto en los poblados prehistóricos como en la acrópolis de Atenas, pero también podemos verlo en las plazas de muchos pueblos, donde se concentran ayuntamiento, iglesia, mercado u otros edificios públicos. Estos son espacios donde reside la memoria común de la población, y sin los cuales aquel pueblo o aquella ciudad perderían buena parte de su identidad. En la Grecia clásica, las ciudades costeras (Miletos, Agrigento, Siracusa) acostumbraban a situar este espacio, con sus edificios públicos, en un lugar preeminente, visible desde los barcos que se acercaran a ellas.

En Palma existe un espacio especialmente sagrado. Es el que durante milenios se ha mostrado al visitante que se aproximara por mar. Donde hoy vemos la catedral se alzó, hace dos mil años, un templo romano. Mil años más tarde aquel templo se había convertido en mezquita, y luego en iglesia. La ubicación de estos templos se elevaba sobre una muralla que apoyaba su base en las rocas marinas. A lo largo de veinte siglos este espacio fue enriqueciéndose: hace mil años -a la caída del Califato- se construyó el castillo de los valíes de Mallorca, que sigue en pié; hace setecientos se empezó a construir la catedral gótica -la cuarta en altura del mundo y la única al borde del mar- y hace quinientos se empezó la muralla renacentista, sin duda una de las más grandes y potentes de Europa, preparada para detener el avance turco. Este enclave constituye, todavía hoy, uno de los conjuntos monumentales más imponentes del mundo. Para los que habitamos Palma es nuestro principal espacio sagrado, coincide con el punto de fundación de la ciudad, y hemos sido capaces de mantenerlo y protegerlo hasta el siglo XX. No es un capricho, ni una cuestión baladí: es el corazón de la ciudad.

El primer puerto de Palma fue la rada natural de Portopí, y, siglos más tarde, comenzó a configurarse el muelle urbano, con el que la ciudad convivió amablemente durante otros tantos siglos. Pero a mediados del siglo XX el puerto inició una etapa de expansión, y se planteó la necesidad de conectarlo con el aeropuerto mediante una vía rápida. Fue el primer paso de una profanación: el conjunto sagrado, por primera vez en su larga historia, fue separado del mar. La catedral gótica dejó de mirarse en él, y pocos años después pasó a reflejarse en el estanque de un parque urbano.

Algunas personas (a veces con cargos públicos) proponen, como justificación de este tipo de actuaciones, que hay que aceptar el, así llamado, progreso. Esta opinión suele ser el resultado de una equivocada definición de la palabra progreso, y responde, más bien, a un elemental ejercicio de contabilidad mercantil: se trata de vender parte del alma (de la ciudad o de las personas que la habitamos) a cambio de supuestas mejoras funcionales o económicas, de corto plazo. Este es un error a menudo irreparable, que ha sido tratado profusamente en la literatura universal: desde Prometeo hasta Adán y Eva o Fausto, son puntualmente castigados por su insensata ambición corta de miras.

En 1960 el Moll Vell tenía una superficie de unos 80.000 m2 y mantenía una convivencia equilibrada con los espacios más cualificados de la ciudad. Pero en los cincuenta últimos años su superficie se ha cuadriplicado: ha crecido otros 250.000 m2. Esto significa que nuestro puerto -considerando sólo el antiguo muelle- invade el mar a razón de unos 5000 m2 al año. El penúltimo episodio ocurrió a comienzos del siglo XXI.

Bajo el pretexto de la urgente necesidad de almacenar contenedores de carga, la Autoridad Portuaria de Baleares, con la oposición manifiesta del Colegio de Arquitectos (Diario de Mallorca de 29 de julio de 2003) y de otras entidades ciudadanas, decidió ocupar el mar a los pies de la catedral gótica en una superficie de otros 60.000 m2 con la excusa de que se necesitaba ese espacio para depositar contenedores. Pero la supuesta prisa era un mero pretexto, porque para esa fecha las mercancías ya no necesitaban ser depositadas, como antaño ocurría, a la espera de que vinieran camiones a recogerlas. Los contenedores viajaban ya con ruedas y motor, eran camiones-contenedor, de modo que la urgencia no era tal. Pero sirvió para consumar una agresión flagrante a un entorno monumental único en Europa: dinero público fue empleado para invadir el mar y construir una explanada industrial a los pies de las murallas renacentistas iniciadas por Felipe II en el siglo XVI, la catedral gótica iniciada por el rey Jaume II de Mallorca a comienzos del siglo XIV, y el castillo de la Almudaina construido en el siglo XI. Varias empresas extranjeras hicieron propuestas millonarias de inversión para explotar las superficies ampliadas, en tan privilegiado solar, con usos lucrativos. Hasta se habló de instalar un nuevo casino. Hoy puede contemplarse esa explanada de más de 200.000 m2 ganados al mar, casi vacía, infrautilizada, a la espera de los nuevos usos. No faltan las ofertas.

Así las cosas, la Autorida Portuaria acaba de presentar un proyecto proponiendo una nueva ampliación. En él se reconoce la no-necesidad de contenedores al pie de la Catedral (Diario de Mallorca, 27 de abril de 2014) y se dispone el traslado de las actividades de descarga al muelle de Poniente, donde se llevaría a cabo otra ampliación. Esto debería ser para la ciudad una buena noticia, porque, díganme: una vez reconocida la no-necesidad de la anterior ampliación, ya ejecutada, ¿no creen que esta debería ser una excelente oportunidad para eliminar tan desafortunada plataforma y recuperar el trozo de mar que bañaba el conjunto monumental?

Pues bien; no parece que esto entre en los planes de la Autoridad Portuaria (¿desprenderse de 200.000 m2 en primera línea y a la vez en el centro de la ciudad?). En vez de devolver al mar la zona robada con la burda excusa de los contenedores, lo que la citada Autoridad propone ahora para la "ya inútil" explanada tiene poco que ver con actividades portuarias y mucho con usos lucrativos. ¿Qué les parece? Fabricamos solares en el mar y obtenemos interesantes beneficios. Se propone ahora construir, sobre aquella plataforma "inútil", edificios comerciales u hoteleros. Y aún más: se propone seguir invadiendo el mar bajo la catedral con un nuevo puerto deportivo de alto nivel. La justificación ahora, tan burda como la anterior, descubre la verdadera razón de la (supuestamente inútil) plataforma: la venta o alquiler de solares en primera línea, y de amarres de lujo, serviría para financiar la ampliación (cuya necesidad parece asimismo discutible) en la zona Oeste.

Pero miren, señores de la Autoridad Portuaria: si este fuera un argumento, ¿por qué no plantearse cubrir el gasto público en general -del estado, de las autonomías, de los ayuntamientos- permitiendo la aparición de solares ganados al mar en cualquier otro tramo de la costa? ¿Verdad que esto les parecería aberrante? Pues bien, aun aceptando la dudosa necesidad de ampliar el puerto de mercancías, ¿consideran ustedes que este negocio al pie de la catedral es la manera lógica de afrontar su financiación? ¿Son ustedes conscientes del daño irreparable que esto significaría para esta isla, no ya sólo desde el punto de vista cultural sino incluso -para hablar en su mismo idioma- desde el punto de vista económico?

Y ¿por qué entonces esta aberración, que sería impensable en cualquier tramo de la costa de Mallorca, sí es posible en este caso? Pues vean ustedes, ciudadanos: la explicación es que la Autoridad Portuaria, desde un punto de vista meramente jurídico, puede permitírselo. La Ley de Puertos (33/2010 de 5 de agosto y RD 2/2011) convierte al puerto de Palma (uno de los considerados de interés general) en un pequeño reino de taifas independiente, con autonomía para tomar decisiones „aunque afecten al conjunto de la ciudad y a sus habitantes„ con la sola justificación de autofinanciarse. Necesitamos ampliar para poder seguir ampliando.

Pero, señores de la Autoridad Portuaria, ¿se dan ustedes cuenta de lo que están proponiendo a la ciudad? El punto de vista crematístico no es el único a considerar. Los aspectos culturales o urbanísticos deben ir por delante. El puerto de Palma no es un espacio independiente y ajeno a la estructura de la ciudad, y las decisiones que se tomen sobre él afectan de manera directa al conjunto urbano. La ubicación de esta plataforma invadiendo el mar por fuera del Moll Vell no podía haber sido elegida con peor acierto, ya que se sitúa ante de uno de los conjuntos monumentales más importantes de Europa. Pero la idea de convertir esta plataforma en un solar lucrativo al servicio de un puerto deportivo de lujo -con sus comercios, hotel, restaurantes- banaliza definitivamente este entorno. Y, por si fuera poco, todo esto no es gratis: lo pagamos entre todos los ciudadanos, porque nos quitan un trozo de mar que forma parte esencial de un espacio sacro que merecería ser especialmente protegido.

Permítannos decirles que su actitud recuerda a unos versículos del Nuevo Testamento (Evangelio de Mateo, capítulo 21, versículos 12-17; Evangelio de Marcos, capítulo 11, versículos 15-18; Evangelio de Lucas, capítulo 19, versículo 45; Evangelio de Juan, capítulo 2, versículos 13-25): "Se acercaba la Pascua. Jesús subió a Jerusalén y halló en el templo vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y cambistas sentados. Hizo un azote de cuerdas, y los echó a todos del Templo con las ovejas y los bueyes, tiró las monedas de los cambistas, volcó las mesas y dijo a los mercaderes: Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado".