Hay que huir, por el bien de la propia república y de cualquier forma de gobierno, de visiones adanistas y paradisíacas. Nada peor para la misma república que se la vea con mirada bucólica e infantiloide. En España, la palabra "república" está demasiado cargada. Para unos, es símbolo de caos y miedo. Para otros, nada menos que representa la tierra prometida o el fin de todos los males del mundo. La república es una forma de gobierno en la que se elige al presidente de la misma. Más allá de eso, y si nos ponemos maximalistas, dicha república puede ser totalitaria e infame o un ejemplo a seguir. Lo que me molesta de quienes se ponen a gritar vivas a la república es su rencor y su simpleza argumental. Me refiero a quienes gritan o simplemente agitan la tricolor sin más razones que esa agitación y exhibición de bandera. No me refiero a quienes en verdad se detienen a reflexionar sobre el tema y se definen como republicanos. Sin duda, la república es un sistema de gobierno de lo más natural, incluso lógico. Ahora bien, tampoco caigamos en el error de creer que la república va a ser reeditada. Es decir, que vamos a tirar del hilo de aquella república fallida de 1936. Algunos, por lo visto, siguen asociando o confundiendo república española con frentepopulismo, y siempre con un cierto ánimo de revancha. Habrá que dar lustre a eso que llaman república. Por un lado, quienes la temen o la rechazan como sinónimo de caos y desastre y, por otro lado, quienes la conciben como la llegada del mesías. La república como la niña de mis ojos, o la muchacha tierna que fue violada por el chusco militar fascista. Sin duda, para evitar esta distorsión de lo que es tan sólo un sistema político con un marco jurídico determinado, habrá que limpiar el concepto de república, pues le sobran pulgas, ácaros y roña de antaño. Algunos, los más bastilleros, ya sacan a relucir las afiladas guillotinas para rebanarle el pescuezo a Felipe VI. Olé, mi niño. Con ese espíritu no se va a ningún lado. Con esa mala sangre sólo se va a la confrontación torpe, burda y chusca.

No me siento, para nada, monárquico. Tampoco especialmente republicano. Sólo quiero un gobierno decente, sea coronado o peinado con la raya al costado. Está de más confesarlo. Y qué más da en este caso los sentimientos de cada cual, pues ya sabemos cómo acaban las aventuras políticas trufadas de sentimentalismo y emoción a raudales. Suelen acabar en traición y en catástrofe. En un dramón de narices. De hecho, en los últimos tiempos, las actitudes de algunos de los miembros de la realeza han sido detestables. Cierto. Como lo han sido las de multitud de políticos elegidos por nosotros, pueblo soberano. Nosotros, los puros de corazón. Ahora bien, si uno se centra en las manifestaciones a favor de la Tercera República, se dará de bruces con lo más panfletario y primario y con un frentepopulismo nada sugerente. Un flaco favor para el sistema republicano, que se ve reducido a una serie de tópicos de posguerra de los que hay que ir deshaciéndose, más que nada para que la propia república no se vea lastrada por una moral de trincheras. Cayo Lara se equivoca cuando establece la dicotomía entre monarquía o democracia, cuando todos sabemos que existen repúblicas bananeras que se disfrazan de democracias, pero que en realidad están dirigidas por déspotas sudorosos y tiranuelos con chándal tricolor. Como también existen países coronados que están fundamentados en un sistema democrático más o menos sólido y fiable. Con ello quiero decir que la monarquía no tiene por qué ser sagrada e inamovible. Mañana podemos despertarnos republicanos, de acuerdo. Lo que fastidia es el bucolismo con el que algunos se expresan cuando se refieren a la república.

Se ha abierto un debate, pues bienvenido sea ese debate si, en verdad, es debate de altura y no acaba degenerando en un lanzamiento masivo de objetos al terreno de juego. Eso poniéndonos discretos y finos. Vamos a ver cómo reina Felipe VI. Si es un tipo de fiar. Para empezar, la abdicación de Juan Carlos I ha supuesto la salida de la realeza de sus hijas y yernos. Toda una labor de limpieza que Juan Carlos I, cuco él, ha realizado con su abdicación. Si la monarquía comienza a dar señales de putrefacción, será la hora de plantearse un cambio de tercio. Pero me temo que la palabra "república" sigue causando tirria a unos, y a otros hipnosis. Y la res publica no se merece semejantes patetismos. Es cosa más seria. Ahora bien, hasta entonces, seamos monárquicamente pragmáticos.