Existe gran consenso sobre la evidencia de que la abdicación del Rey es en sí misma un impulso reformista, una incitación al cambio democrático. El monarca ha sido consciente de que existe en la sociedad una clara demanda de modernización, que debe ser encomendada a la siguiente generación. Sin embargo, el mensaje no debe ser tergiversado: nuestra democracia, que forma un edificio magnífico que ha rendido frutos espectaculares a nuestra sociedad, requiere reformas, algunas estructurales, y una tarea de actualización y embellecimiento, pero no una reconstrucción total tras la previa demolición. Este es el quehacer que nos aguarda, con la corona renovada al frente. Y deberían perder toda esperanza quienes proponen empezar desde cero. Ninguna democracia madura comete semejante sinrazón, que supondría un descabellado derroche de energías. Y aunque pueda ser legítimo abanderar opciones revolucionarias, siempre pacíficas, no parece que éste sea el camino preferido por la inmensa mayoría de los críticos actuales del sistema político, que rechazan sus imperfecciones pero que al mismo tiempo postulan una respuesta constructiva a las deficiencias.